La era del Antropoceno
Reportaje

La era del Antropoceno

Los vestigios de la actividad humana en la Tierra

La actividad humana es una “nueva fuerza telúrica que en poder y universalidad puede compararse con la mayor de las fuerzas de la Tierra”, escribió en 1873 el geólogo y paleontólogo italiano Antonio Stoppani adelantándose a los daños que ahora en el siglo XXI resultan visibles en el planeta.

En la época de Stoppani no se tenían registros puntuales del impacto de las acciones de las personas sobre la tierra y la atmósfera, aunque ya habían transcurrido ciento cincuenta años desde la invención de la sembradora del inglés Jethro Trull, que contribuyó a la mecanización de la agricultura y la expansión de la frontera agrícola. Al mismo tiempo aparecieron los hornos siderúrgicos que usaron el coque como combustible, sustituyendo al carbón vegetal, así como los telares mecanizados que inauguraban el trabajo en serie. En 1774 arrancó sus motores la primera máquina de vapor, comenzando, con las primeras exhalaciones de humo, la Revolución Industrial.

A pesar de estos avances que cambiaron por completo la forma de producir y de aprovechar los recursos naturales, la huella del hombre aparecía aún tenue en algunas zonas de la Tierra. Es a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando se intensifican y aceleran los impactos, con tal alcance que actualmente no existe una sola región que esté libre del daño ocasionado por la acción humana.

Así sea en el cielo o en la tierra, en los mares o en los ríos, hay vestigios antropogénicos que modifican drásticamente las condiciones del planeta: se reducen con celeridad las poblaciones silvestres de animales, lo mismo pasa con vegetaciones nativas; en los mares hay presencia abundante de plásticos e hidrocarburos y exceso de nitrógeno; las aguas subterráneas están contaminadas con metales pesados, agroquímicos y restos fecales; en la atmósfera se acumulan gases tóxicos que debilitan la capa de ozono, alentando el calentamiento global que derrite los hielos de los polos; el nivel del mar aumenta e inunda zonas costeras. Los límites continentales cambian, y ocurre algo similar al interior de tierra firme con la excavación de profundas minas a cielo abierto y con los bancos de materiales pétreos que consumen montañas completas; la desecación de lagos y ríos transforma la fisonomía terrestre desnudando amplias zonas. Y la temperatura promedio de la Tierra va en aumento.

La fuerza del humano, como un colosal choque de placas tectónicas, está cambiando el horizonte terrestre. Así lo reconoce la comunidad geológica internacional y, después de analizarlo y de encontrar pruebas científicas, asume el surgimiento de una nueva era, el Antropoceno.

La bomba atómica provocó cambios en el clima y geografía de las zonas de prueba. Foto: nationalinterest.org

La aparición del Antropoceno tiene una fecha y hora exacta, planteó el investigador Alejandro Cearreta, integrante del departamento de Estratigrafía y Paleontología de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España, y el único hispanoparlante del Grupo Internacional de Antropoceno conformado por 38 expertos. Aquel momento del génesis es el 16 de julio de 1945, a las 5:30 de la mañana, cuando se detonó la primera bomba atómica.

Para aceptar que se trata de un tiempo geológico diferente tiene que encontrarse evidencia científica en el globo terrestre que compruebe la variación climática, geográfica y biótica respecto a la era inmediata anterior. Las pruebas se acumulan en el suelo y la atmósfera a partir de aquella fecha, cuando en el desierto de Nuevo México, en Estados Unidos, comenzaron las detonaciones. Después de quinientas explosiones atómicas durante más de una década (algunas fueron para probar la letalidad, otras para confirmarla al arrasar con poblaciones), la radioactividad cubrió primero el globo terráqueo y después se depositó en la superficie; 75 años más tarde, es decir, en este año 2020, los isótopos radioactivos se alojan en el subsuelo, en los mares y en los seres vivos.

Hay más indicios que corroboran el surgimiento de la nueva Era, fortaleciendo los argumentos geológicos: en la costa vizcaína de España, se formaron estratos de arena cementada que contienen fragmentos de escoria industrial y ladrillos, residuos llamados tecnofósiles. Esta playa con el singular sedimento es uno de los aproximadamente diez lugares en el mundo donde se petrificaron los fragmentos inconfundibles de la actividad humana para formar un estrato que confirma el cambio en el tiempo geológico.

LA HORA DEL HOMO, UNA ÉPOCA DE INCERTIDUMBRE

Paul J. Crutzen obtuvo en 1995 el premio Nobel de Química junto al mexicano Mario Molina al comprender la formación de los agujeros en la capa de ozono por el uso de aerosoles. Cinco años después de su galardón, viajó a la ciudad mexicana de Cuernavaca, Morelos, donde se encontró con el biólogo norteamericano Eugene F. Stoermer, experto en el análisis de los lagos. En el encuentro, tras analizar la devastación ocasionada por las actividades económicas, coincidieron en que había surgido un nuevo tiempo geológico al que llamaron Antropoceno.

Esta idea la imprimieron en la edición número 41, publicada en mayo del 2000, de News Letter Global Change, el boletín oficial del Programa Internacional Geosfera-Biosfera del Consejo Internacional para la Ciencia. El artículo de dos hojas hace un recuento de las reflexiones de diversos expertos en geología, quienes abordaron en diferentes momentos aspectos del cambio climático y la degradación ambiental, aún sin brindarle algún calificativo.

El investigador Paul J. Crutzen, quien estudió la formación de agujeros en la capa de ozono con Mario Molina, considera que el Antropoceno comenzó con la revolución industrial. Foto: ru.sm.news

Dos años después, Crutzen comprendió que no sólo se trataba de ideas dispersas, sino que se estaba transitando por un profundo cambio en el “comportamiento normal” de la Tierra. Entonces publicó en el 2002, en la revista Nature, su hipótesis sobre el tiempo del hombre en la que parafrasea a Stoppani: “Los seres humanos se han convertido en una fuerza geológica poderosa, tan es así, que es necesario designar una nueva época geológica para describir con precisión este desarrollo. Esta nueva época de los seres humanos, el Antropoceno, comenzó con la Revolución Industrial a finales del siglo XVIII. La humanidad seguirá siendo una fuerza ambiental predominante durante miles de años”.

Alejandro Cearreta, profesor titular de micropaleontología de la Universidad del País Vasco, estudioso de la transformación histórica del medio litoral así como de su caracterización actual y regeneración ambiental, recordó que para establecer las fronteras entre los diversos tiempos geológicos deben presentarse variaciones drásticas del clima entre las diferentes etapas. Esto es: hace 600 millones de años la Tierra se mantuvo caliente la mayor parte del tiempo, en condiciones de invernadero, con registros breves de condiciones frías o frigoríficas. En cambio hace 70 millones de años, en la primera mitad del Cenozoico (era de los animales nuevos), el planeta estaba en condiciones de invernadero (caliente) y la segunda mitad era un mundo frío.

Pero en los últimos 2.6 millones de años se presentaron condiciones frías y cambios climáticos numerosos, rápidos e intensos. En el Holoceno (cuyo significado es todo lo reciente) también se presenta una variabilidad, aunque en los últimos miles de años se mantuvo una estabilidad climática que permitió la evolución cultural de los humanos, es lo que nos tiene aquí”, recordó Cearreta.

Actualmente se padece una crisis climática debido a las emisiones de bióxido de carbono. Alrededor de 8.9 giga toneladas se dispersan en la atmósfera propiciando el incremento promedio de 0.5 grados centígrados de la temperatura media. La mitad del CO2 permanece en la atmósfera y el resto lo absorben el fitoplancton y la vegetación. Es un gas de efecto invernadero que favorece el calentamiento global.

El cambio climático, sostiene el experto Cearreta, es una de las manifestaciones de los “límites planetarios” entre eras geológicas, causada por una serie de procesos que son característicos del hombre; de algunos impactos hay información precisa como los agujeros en la capa de ozono, de otros no se tiene la información suficiente. La carencia de datos coloca a la clase científica en una zona de incertidumbre: “Del efecto de los nuevos materiales y de las sustancias que generamos de modo activo, no tenemos información suficiente. En cuanto a la acidificación del océano y los flujos de nitrógeno y fósforo, estamos en una zona de incertidumbre porque estamos produciendo abonos y fertilizantes de manera artificial que están llegando al mar y no tenemos los datos completos del impacto”.

Foto: nationallinterest.org

LA “GRAN ACELERACIÓN”, EVIDENCIA CIENTÍFICA

En 2009 se constituyó formalmente el Grupo Internacional de Geología (al que pertenece el doctor Alejandro Cearreta) para buscar en el planeta el estratotipo, el sitio físico donde se observen los patrones que definen al Antropoceno.

Encontrar la prueba era imprescindible para demostrar que no se trataba de un concepto cultural, de una definición de moda o de una invención de los académicos para justificar sus salarios.

Sí existen evidencias del Antropoceno, una de ellas es el cambio climático, pero hay quienes lo califican como un tema político”, reconoció Cearreta.

A diferencia de Paul J. Crutzen y de otros geólogos, Cearreta descarta que sean el neolítico y la revolución industrial los momentos de inicio del Antropoceno. Si bien es cierto que hace 2.6 millones de años “el humano adquiere niveles de sofisticación cultural con capacidad técnica para modificar y modelar el medio que le rodea a partir del diseño de herramientas de piedra y de la domesticación de los animales y de las plantas”, esta presencia no se extiende por todo el planeta; existieron zonas donde no hay vestigios del neolítico.

Además la agricultura y ganadería que surgieron en el oriente medio, tardaron más de tres mil años en extenderse más allá del Mediterráneo. Existieron otros centros de población prehistórica en China hace nueve mil años, uno más en África subsahariana; también hubo presencia humana en el golfo de Guinea hace cuatro mil años, así como en la zona andina y en México en la América actual. Por esta dispersión en el espacio y en el tiempo, “no puede ser la base del Antropoceno, porque no es sincrónico, es decir, todo el planeta tiene que entrar simultáneamente en cualquier nudo de tiempo geológico, sea una era, un eón, un piso o un periodo”, aleccionó el geólogo.

Lo mismo ocurre con la revolución industrial: comenzó en Gran Bretaña, se difundió como una mancha de aceite hacia Europa; en España llegó al final del siglo XIX. En este siglo XXI los dos países que representan la revolución industrial son China y la India. "Los demás estamos en la fase postindustrial”, no existe una sincronía que avale el comienzo de la nueva era.

Para definir el Antropoceno los geólogos se tienen que basar en las reglas científicas, “en la misma terminología, en los mismos mecanismos para definir cualquier tiempo geológico”. No hay excepción para aplicar el rigor metodológico.

Alrededor de 8.9 giga toneladas de bióxido de carbono se dispersan en la atmósfera. Foto: Behance / Sivakumar S

A partir de la década del cincuenta del siglo pasado es cuando se presentan diversas variables que coinciden en tiempo y espacio dejando una marca imborrable en el planeta: el crecimiento de la población y de la producción de mercancías, la presión sobre los recursos naturales y la respuesta de la Tierra ante la actividad humana; la concentración de bióxido de carbono, la destrucción de bosques, el aumento en las concentraciones de nitrógeno y de metano, la estratificación de los océanos, la basura en el mar... están dejando una huella permanente.

El Antropoceno, define el experto español, “es el momento en que somos capaces de transformar al planeta y de sacarlo de su variabilidad característica respecto al tiempo geológico anterior.

La Tierra (continúa el experto) no se encuentra en la variabilidad típica del Holoceno; no es estática, pero tiene una variabilidad característica. Si paráramos los proceso humanos el mundo volvería a la cuenca de variabilidad normal del Holoceno, pero a mediados del siglo XX la Tierra se salió de su inercia, progresando hacia otro estado”, el estado que ahora se vive, o se padece.

La evidencia destacable, además de las anteriormente señaladas, es la presencia de isótopos radioactivos presentes desde el jardín de las casas hasta el fondo de los océanos, ya sea que estos isótopos hayan sido creados artificialmente por el humano o sean radioactivos naturales enriquecidos por el hombre. “Hay una distribución desde el polo norte hasta el sur, en diferentes concentraciones. El pico mayor está en las latitudes medias del hemisferio norte y otro pico menor en las latitudes medias del hemisferio sur. La mayor parte de las explosiones atómicas se efectuaron en el hemisferio norte pero tiene una distribución global y la prueba está en los sedimentos estudiados”.

Las prácticas nucleares, el accidente de Chernóbil en Rusia, los basureros tóxicos, continúan contaminado.

Con el Antropoceno aparecieron también nuevos nombres y conceptos; uno de ellos es el de los tecnofósiles, compuestos por residuos industriales que se acumulan en los estratos. “El aluminio, el cemento y los plásticos son elementos que, a partir de 1950, se presentan con un crecimiento exponencial; en este momento se fabrica tanto plástico cada año que equivale al peso corporal de toda la humanidad. Estos son materiales susceptibles de acumularse y de permanecer como registro geológico. La concentración de microplásticos está en las latitudes medias; el plástico es un elemento con interés estratigráfico, se puede dar seguimiento desde la aparición de este material hasta la fecha actual, analizando los estratos recientes de la Tierra”, afirmó Cearreta. Y como prueba, una playa vizcaína, su región.

Los tecnofósiles se componen de residuos industriales que se acumulan en los estratos del suelo. Foto: Behance / Niko Photographisme

ESTRATOS DE TECNOFÓSILES

En zonas tropicales y subtropicales han aparecido formaciones de arena cementada combinada con desechos industriales como la escoria (residuo de procesos metalúrgicos) junto a fragmentos de ladrillos y vidrios.

Nikole Arrieta, investigador del Departamento de Química de la Universidad del País Vasco, analiza estas formaciones, a las que les llaman beachrocks, algunas de éstas aparecidas en las costas vizcaínas.

Su presencia en latitudes templadas como la nuestra es rara, hay entre ocho y diez casos en todo el mundo. Entre los diferentes sedimentos se ha formado un cemento. La arena, en vez de estar suelta como en las playas normales, forma rocas”, declaró Arrieta para el portal Cuaderno de Cultura Científica en el artículo ¿Son las beachroks una prueba del antropoceno?

En el texto, publicado en 2017, se destaca el análisis de Arrieta de los materiales atrapados en estos estratos: “hemos encontrado escorias de fundiciones de la revolución industrial, incluso residuos con sellos de empresas europeas que al venir con sus barcos echaban sus escorias. Por ello, en las playas encontramos los llamados tecnofósiles o vestigios de la actividad humana, en este caso desechos industriales de empresas internacionales que ayudan a estimar la edad de la beachrock”.

La cantidad de escoria, desde la perspectiva de Arrieta, es desorbitada. “He colaborado con distintos investigadores de reconocido prestigio de universidades de Estados Unidos y Australia, y todos quedan sorprendidos al ver las fotos del emplazamiento”.

A los desechos metalúrgicos se suman los tecnológicos. La amplia conectividad de las sociedades contribuye a la huella geológica. Se calcula que por lo menos cuatro mil millones de personas están concentradas en las urbes, todas ellas con un teléfono celular en la mano y con acceso a Internet. Esta conectividad les permite conocer de forma simultánea los lanzamientos de nuevos productos que son adquiridos y desechados al mismo tiempo. En un lapso breve se presenta un comportamiento uniforme a nivel global: un producto nace, se consume y desaparece con una velocidad inusitada; a la brevedad se convertirá en un tecnofósil.

El planeta, reiteran los expertos, se encuentra en una situación ambiental distinta a la que presentó en el Holoceno, y el hombre es la razón de ese cambio. Otra de las pruebas es la extinción masiva de la fauna.

Beachrocks, formaciones de arena cementada combinada con desechos industriales. Foto: Flickr / Dietmar Down Under

LA DEFAUNACIÓN, ERRADICACIÓN DE LOS ANIMALES SILVESTRES

Los animales en estado silvestre han reducido sus poblaciones, sus territorios y su talla. Cada vez son menos y más pequeños. En algunos sitios del mundo donde se han extinto los grandes mamíferos, aparecen otras especies de menor tamaño, como los ratones. Científicamente está comprobada la relación que hay entre la disminución de las manadas de animales silvestres, el aumento de las poblaciones humanas y el incremento de las colonias de roedores; y con ellos las enfermedades.

Rodolfo Dirzo Minjarez es un ecólogo mexicano reconocido por sus descripciones de la fauna y su vinculación con el cambio climático; fue discípulo del Nobel Mario Molina, quien le asignaba la tarea de contar cada hoja de las plantas de Los Tuxtlas, su tierra, para registrar el comportamiento en cada época del año. Es investigador de la Universidad de Stanford, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México y actualmente colaborador de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio).

Dirzo argumenta que, si para el abatimiento de la floresta existe el término deforestación, para la desaparición de especies de animales en el mundo podría aplicarse “defaunación”.

El impacto humano es visible; así como dejaron su huella los asteroides, los sedimentos que estamos dejando ya hacen perceptible la presencia humana”, declaró.

La tasa de pérdida de los ecosistemas forestales tropicales está subiendo, también están aumentando la degradación de la tierra y el declive en el número de especies animales; son tres indicadores que sostienen la teoría del surgimiento de la era del hombre.

La “defaunación” es una amenaza invisible. A pesar de que los animales tropicales son carismáticos, “ese afecto no tiene un esfuerzo paralelo para desarrollar un estudio profundo y saber el estado que guarda la fauna y la vegetación… y qué papel juegan”.

La primera “defaunación” ocurrió hace diez mil años, desde entonces la reducción de los animales en estado salvaje es mayor. Para establecer el ritmo de esta disminución en la vida silvestre, contra el crecimiento de especies domesticadas y el aumento de la población humana, los investigadores calculan el peso total de cada grupo, lo que definen como biomasa.

Bajo esta medición, hace 10 mil años, la biomasa de los animales en estado silvestre era de 300 millones de toneladas; al comienzo del siglo XX era similar, sólo que una parte ocupada por fauna domesticada y por la humanidad, de tal forma que para los animales estabulados se calculó un peso de 175 millones de toneladas. Los humanos, por su parte, pesaron poco menos de dos millones de toneladas y el resto (123 millones de toneladas) correspondieron a animales silvestres.

Foto: Behance / Emily Giglio

En el año 2015 la situación es ampliamente diferente: se calcula una biomasa total de mil 850 millones de toneladas, de las cuales mil 400 millones corresponde a los animales domesticados, 427 millones de toneladas a los humanos y solo 23 millones a los animales en vida silvestre.

¿Cuáles son los factores de la “defaunación”? La explotación directa como la cacería, la destrucción de los hábitats, el cambio del uso de la tierra, la fragmentación del ecosistema, la presencia de especies invasoras patogénicas y el cambio climático.

La tasa de disminución de las especies silvestres en las últimas cuatro décadas, a nivel global, se calcula en un 25 por ciento para el 2010”,

Se carece de información genética, aceptó Rodolfo Dirzo, pero al observar el rango geográfico se puede dimensionar la pérdida de hábitat. El jaguar habitaba desde el sur de los Estados Unidos hasta la Patagonia al sur de Argentina; en la actualidad su rango es una franja en el occidente de México, en la península de Yucatán y una población en el norte de Argentina. “El jaguar existe como especie, pero las poblaciones ya no se encuentran en sus sitios originales”, enfatizó el ecólogo mexicano.

En África pasa lo mismo. Los elefantes poblaban el sur del continente, pero ahora sólo pequeños polígonos; ocurre igual con el hipopótamo y el rinoceronte. “Las especies existen aún (aclara Dirzo), pero las poblaciones se han reducido”.

Acepta, como lo hacen otros expertos, que se está atravesando por la sexta extinción planetaria.

LAS PANDEMIAS, OTRO RASGO DE LA ERA

La mega fauna del Pleistoceno, hace 10 mil años, desapareció. Las causas: el enfriamiento global, las enfermedades y la cacería.

Tiempo después desaparecieron el pájaro dodo, la cuaga (subespecie de la cebra común), el tigre de Tasmania y, por poco, estuvieron a punto de la extinción el lobo gris mexicano, el oso negro y el bisonte.

Desde el año 1500 hay evidencia de la extinción de 338 especies; si se suman las que están en peligro de extinción el número sería de 617 especies. De esas extinciones, 197 ocurrieron de 1900 a 2020”. Con la intervención del hombre las tasas de pérdida son cien veces más altas que en un contexto natural.

Ilustración: Hessie Ortega

Rodolfo Dirzi continúa: “El peso y tamaño de un animal refleja su vulnerabilidad. En el Pleistoceno el tamaño corporal era mayor, se fue reduciendo hasta hacerse más pequeño o desaparecer. La actividad humana lastima a las especies grandes y favorece a las pequeñas, como los ratones”.

La “defaunación”, asegura el experto mexicano, es un problema de gran magnitud; millones de animales están en declive y el fenómeno ocurre en todas partes. “Estamos entrando a un proceso de ratización (un término más acuñado por el ecólogo). Es una metáfora, los mamíferos pequeños en general están aumentando sus poblaciones. No es culpa de los roedores, sino de los humanos porque ponemos basura en todos lados”.

Donde existe una gran perturbación del suelo, como en las montañas de Santa Rita, Estados Unidos, la presencia de roedores es del 55 por ciento. En Jalisco, México, hay un incremento de presencia de ratones del 53 por ciento; y en Chiapas el aumento es del 66 por ciento en los territorios perturbados.

¿Qué consecuencias surgen? ¿La fauna que se está perdiendo significa algo para la salud humana?, se preguntó Rodolfo. La respuesta la encontró en África.

En el este del continente hay presencia de la peste bubónica, la peste del medievo. La hipótesis plantea que ante la disminución de la fauna de gran talla y el cambio de la flora, aumentan las poblaciones de ratas y con ellas la cantidad de patógenos, por lo que podrían dispararse las enfermedades.

Para confirmarla, el equipo de Dirzi realizó mediciones en zonas donde excluyó a los grandes mamíferos. Midió el crecimiento de las plantas y el aumento de las poblaciones de ratas. Después las capturó. De cada rata obtuvo parásitos alojados en el pelo y la piel, extrajo muestras de sangre, analizó las heces y la orina, las midió y les colocó un arete para seguir su andar.

Con la colaboración del Centro de Control de Enfermedades de los Estados Unidos se analizó molecularmente el tipo de patógenos que portaban los roedores, con un resultado parcial. En el organismo de las ratas se alojan: Bartonella spp, Borellia recurrentis, Anaplasma, Theilera, Coxiella, Hepatozoon, Rickettsia africae, Trypanosoma sp, Leishmania sp, Orthopox virus y Yersinia pestis, ésta última, la bacteria de la peste bubónica.

Donde no hay animales grandes los roedores tienen el doble de presencia”, resume el ecólogo Rodolfo Dirzi.

Foto: Archivo Siglo Nuevo

CICLO INTERRUMPIDO

El atolón Palmyra está lejos de todo. La distancia al lugar más cercano es de cinco mil kilómetros; en barco, desde Honolulú, se requieren por lo menos cinco días para arribar a cualquiera de los catorce islotes en el Pacífico. Este aislamiento propició la adaptación de un grupo de especies de aves que anidaban en la copa de los árboles nativos, hasta que llegó el hombre.

En la Segunda Guerra Mundial, a mediados del siglo XX, se pavimentaron pistas de aterrizaje y se anclaron barcos militares. Dentro de ellos había ratas y semillas de palmas cocoteras.

Estos dos elementos menguaron la diversidad biológica de las islas Palmyra. Las palmas cocoteras se adaptaron con prontitud, lo mismo hicieron las ratas que trepaban hasta el penacho de las plantas donde anidaban las aves nativas. Los roedores consumieron los huevos y las palmas invasoras desplazaron a la flora nativa. La diversidad en una de las islas menguó drásticamente. ¿Qué ocurrió?

En otro de los atolones menores, donde no desembarcó el hombre, se preservó la vegetación original. Las aves continuaron con su consumo de moluscos y peces, al perchar en la floresta defecaron hacia el suelo; su desecho contenía nitrógeno natural. El nitrógeno cubrió las hojas de las que se alimentaron los animales terrestres, también ese mismo nitrógeno derivó en el mar con la corriente de las lluvias favoreciendo la nutrición de las algas y del plancton del que se alimentan los peces y las mantarrayas. En uno de los atolones donde hay cocoteras no hay presencia de rayas ni peces ni aves. En el atolón donde no hay ratas ni cocoteras el panorama es opuesto.

En el Antropoceno la naturaleza es un bien que se aprovecha con fines económicos. Cuando se descubre un nuevo organismo la pregunta es ¿qué utilidad se puede obtener? Bajo esta apreciación los recursos naturales son limitados.

Hay evidencia suficiente de que una nueva era surgió desde la detonación de la primera bomba nuclear, y en menos de un siglo se alteraron las condiciones de un planeta.

Conforme las eras geológicas son más cercanas a la aparición de la humanidad, su temporalidad se reduce porque, primero, se tiene más información y de manera inmediata en los estratos superiores de la Tierra, pero también porque los cambios son más acelerados y coinciden con la acción humana, tan potente como cualquiera de las fuerzas de la naturaleza.

El aumento en las enfermedades y de la temperatura, son resultado de esta naciente era, donde el hombre es el centro del universo.

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