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Gámez Pérez y la narrativa migratoria
Entrevista

Gámez Pérez y la narrativa migratoria

Criado en la periferia de Barcelona como hijo de un emigrante andaluz, cuando las heridas del franquismo todavía estaban frescas, Carlos Gámez Pérez (1969) encontró en la ciencia un sendero que lo condujo al escenario literario y así cubrir su necesidad inherente de acercarse a las humanidades.

La ciudad que forjó su infancia difiere de la narrada en letras de escritores como Enrique Vila-Matas, Félix de Azúa o los referentes del boom latinoamericano, pues es una Barcelona poblada de migrantes, más cercana a la imagen retratada en las novelas de Juan Marsé.

Y es que Gámez Pérez gusta de la sensibilidad en la literatura. Aunque confiesa que el oficio de escritor surgió en su ser hasta los 25 años de edad, cuando fue arrestado en Nicaragua por portar estupefacientes. En aquella soledad presidiaria mató el tiempo con el ritmo de la pluma y recibió una lección que lo marcaría de por vida. No obstante, acepta que su condición de europeo lo convirtió en privilegiado dentro de esos calabozos.

Doctorado por la Universidad de Miami, ahí trabajó la literatura desde una mirada científica, su estancia en Norteamérica le permitió comprender otras aristas del movimiento migratorio. “El inmigrante que triunfa en Estados Unidos deja de serlo, pero la mayoría de los inmigrantes no tienen esa suerte. No tienen cuatro mil dólares para pagar una casa ni tienen dinero para pagar dos coches”.

Su novela más reciente, Malas noticias desde la isla (2018), es una crítica a la visión europea sobre la inmigración; fue publicada por Katakana Editores, una casa con sede en Miami para los escritores hispanohablantes.

A partir de un reality show, Gámez Pérez crea un concurso para responder a la pregunta de cómo los países del primer mundo poseen los inmigrantes necesarios para que sus economías funcionen. El certamen ofrece un premio donde el ganador tendrá la oportunidad de entrar legalmente en Europa.

Así, los personajes cargan en hombros sus inéditas historias de vida, provenientes de distintos lugares, pero unidos en el sitio común del estrecho de Gibraltar, donde en su condición de inmigrantes superan las pruebas impuestas por las autoridades de Occidente.

Foto: Katana

El escritor también recibe al lector con los diferentes conceptos que se desprenden de la migración, pues un inmigrante es aquel que se traslada desde su país de origen a otro, mientras que el emigrante se muda a un sitio diferente dentro de su misma nación.

En palabras de Gámez Pérez, quien se va de su tierra es porque no tiene expectativas y ha decidido desprenderse de sus raíces para construirse un futuro en otras latitudes. Al final, la novela también intenta una reconciliación histórica: recobrar la esencia africana de la literatura española.

¿Cómo ha impactado en tu vida el fenómeno de la migración?

La migración de mi padre a Barcelona es muy común en la España de los años sesenta. Un país muy empobrecido después de la Guerra Civil y que pretende industrializarse desde un gobierno totalitario, dictatorial, donde el empresariado y los militares tienen la sartén por el mango. Pero hay unas masas de gente pobre que necesitan progresar y se les da esa oportunidad porque les interesa. Y entonces Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia crecen con esa inmigración. Pero eso da lugar a la creación de gente con identidades que no saben definir, porque ni eres del campo ni eres de la ciudad. En mi caso, al criarme en Barcelona, que es la capital de Cataluña, hay un componente de identidad nacional muy difícil de gestionar: la lucha entre España y Cataluña en la que nunca te ves representado. Eso no te permite entender toda la inmigración internacional que hay hoy en día tanto en Europa como en América (sobre todo de Latinoamérica hacia Estados Unidos y Canadá), pero sí te permite cierta empatía. Es evidente que no tienes la misma experiencia, porque esas experiencias actuales de miles de kilómetros son muy duras, porque hay un tema de idioma muchas veces. Los inmigrantes de hoy en día tienen mucho el problema de aprender la lengua del lugar al que acceden. Pero sí, me sensibilizo con esa situación, de ahí surge la idea de la novela (Malas noticias desde la isla).

¿Cuál es la génesis de Malas noticias desde la isla? En la novela retratas un escenario africano donde la migración es el pan de cada día.

Me gustó mucho cuando fui a hacer la presentación a México, porque encontré gente que conectaba con la idea de la novela. La literatura española, en general, es muy realista, pero la tradición fuerte latinoamericana es el fantástico. Entonces, lo que mi novela intenta es recuperar esa parte de leyenda que viene de la España árabe, que es la España que se suele esconder.

Tánger es la ciudad en la que se desarrolla Malas noticias desde la isla. Foto: Behance / Aurélien Buttin

La narrativa realista española es muy afrancesada. Lo que intento recuperar, a partir de una profesora que tuve en la Universidad de Miami (Gema Pérez), es a una serie de autores que sí estuvieron en diálogo con la narrativa africana. De todas las narrativas europeas, la que es más africana es la española, que tiene una influencia de ocho siglos y además esa fantasía de narraciones, tanto africanas como judías, es la que va a llegar a América, a Cien años de Soledad con Melquíades y es la que llega a México. La importancia de África es la de recuperar esa parte de la cultura española que es la influencia africana, porque creo que la influencia latinoamericana la tenemos clara.

¿Por qué elegir precisamente la ciudad de Tánger para desarrollar tu historia?

Tánger es una ciudad mítica para los europeos, no tanto para los africanos porque es una ciudad libre. No es de nadie. No es ni de los españoles ni de los franceses por temas coloniales. Al final será marroquí y evidentemente es la ciudad de Juan Goytisolo, que es la primera figura que reivindico porque él sí es un escritor que se posiciona fuerte por recuperar todo el legado africano de la cultura y de la literatura española. Además, es un escritor muy bien considerado en Latinoamérica por ese esfuerzo y esa búsqueda del neorrealismo. Tánger es uno de los lugares donde los musulmanes expulsados de España se refugiaron cuando salieron de la península Ibérica. También hablo de Tetuán y de Fez; son las tres ciudades de Marruecos que tienen un diálogo continuo con la cultura española y el cual en algún momento se rompe.

¿Qué perspectiva tienes de lo que sucede en el estrecho de Gibraltar y las vallas situadas en las ciudades fronterizas de Marruecos?

A mí me da vergüenza la idea del ilegal, que a los inmigrantes les provoca mucha rabia porque ninguna persona puede ser ilegal. La cosa es que la legalidad de tu país no permita que esa persona resida, pero eso es sólo lenguaje. En el momento en que dices que una persona es ilegal es como si dijeras que no tiene derecho a vivir, y las vallas representan eso. La historia de mi generación es un sueño que se convierte en pesadilla, porque mi generación española quiere ser posmoderna, europea, muy abierta y liberal, pues venimos de una dictadura y nos da mucha vergüenza. Pero en el momento en que te unes a esa Europa, resulta que es un club privado de ricos y lo que te piden es que te quites de encima a todos los pobres que te pueden venir, que básicamente son los africanos que entran por el estrecho de Gibraltar y por eso se construyen esas vallas. Todo eso forma parte de la España moderna, porque además, y eso lo trato en la novela, hay mucho elemento tecnológico.

Foto: Behance / Vincent Roché

Hay todo un control de las pateras (pequeñas y medianas embarcaciones saturadas de inmigrantes) que se montan en el momento en que llegan muchos inmigrantes. También está el sistema de las vallas y les pusieron una serie de cuchillas que en España llamaron concertinas, para que quienes llegaran arriba, después de seis metros, se cortaran. Esos son sucesos que cuando los ves en los noticiarios te avergüenzan, te avergüenza ver a esos chavales pasar por eso. Ahora es muy común eso de la expulsión en caliente. La legalidad dice que, en el momento en que entras a un país como España, si quieres pedir asilo tienes derecho, pero ahora mismo tienen un pacto con la policía marroquí y al momento en que han cruzado la valla los pueden devolver, aunque ya estén en territorio español. El territorio español también es muy gracioso, porque forma parte de la colonia; Ceuta y Melilla son dos ciudades que se conceden a España porque no se quiere que el estrecho de Gibraltar lo domine sólo el Reino Unido o que quede en manos africanas. Son como migajas del colonialismo, pero son territorios españoles en el continente africano y es lo que crea mucho la tensión, porque esas vallas están construidas en territorio africano.

Al principio de la novela citas a Virgilio: “Largo tiempo anduvo errante por tierra y por mar, arrastrado a impulso de los dioses”. ¿Qué significa para ti esa frase de la Eneida?

La frase de Virgilio es porque para mí Eneas es el primer inmigrante. Virgilio es quien crea esa mitología del inmigrante, porque para crear la genealogía de Roma, dice que los romanos vienen de los troyanos, y estos tienen que dejar su ciudad en el momento en que los aqueos la destruyen. No es una cosa muy diferente de lo que les sucede a muchos africanos que están en países en guerra, cuyas ciudades las destruyen y tienen que huir, como les pasa a algunos personajes de mi novela. Entonces, la frase de Virgilio nos recuerda eso, nos recuerda también que la vida da muchas vueltas y que puede pasarte como a los troyanos, que te creas rico y poderoso, y que por azares políticos de la vida te quedes sin nación y tengas que ir a buscar tu tierra a otro lugar. Eso es el empuje del inmigrante, porque desde la experiencia que tengo, desde mi padre hasta los migrantes actuales, todo lo que puede no emigra; las redes sociales y culturales las tiene allá donde nace, y los amigos y la gente con quien se crió los tiene ahí. La persona que da el paso y se va de su tierra es porque no tiene expectativas, porque no tiene futuro y se va para construírselo. Es un sacrificio muy grande porque si pudiera no se iría. Es lo que escuchaba de mi padre: “No tendría que haberme ido de mi pueblo”. Y es lo que oigo a veces cuando me he encontrado africanos en España: “Es que yo no tendría que haberme ido de mi tierra”. Por eso me sirve la Eneida, me sirve Eneas, que es quien precisamente tiene que dejarlo todo atrás para crear algo nuevo. Es de lo que se enorgullece Virgilio y por eso cree que Roma nace de allí.

Foto: Behance / Sébastien Thibault

También abordas el tema de la prostitución infantil...

Hay un tema mío con Goytisolo, que es un autor al que amo y respeto profundamente, y más a un año y medio de haber fallecido, pero también es cierto (y esto pasó en Tánger) que muchos escritores como él y como otros franceses abusaban de los chicos jóvenes. Es decir, ellos son gays pero sus amantes son muchas veces chicos menores de edad, una práctica muy común en Tánger durante los años sesenta y setenta. Entonces ahí hay una crítica, por eso mi primer personaje tiene que ser un chico que necesita eso, un chico como los que a veces iban con ellos, que necesita prostituirse para salir adelante. Es una situación que te encuentras en Marruecos, un país sumido en la pobreza, que es muy desigual y a veces te recuerda a España por las diferencias entre familias ricas y los muy pobres. A partir de ahí describí esa situación y recordaba ese tema, y hay un cierto homenaje a Goytisolo pero también hay una crítica porque esa es una posición de poder: un intelectual europeo en una ciudad como Tánger, está en una situación de poder frente a un chico de 17 años que tiene que prostituirse para salir adelante en la calle.

¿De dónde viene la crítica que haces a los medios de comunicación?

A veces en España cuando ha habido temas de pateras, y en Estados Unidos sucede también, o ataques a las vallas, los medios te lo venden como si fuera una invasión. La sensación es: “¡Es que nos están invadiendo!”. Pero luego ves los números y hablas con los inmigrantes, porque detrás de este libro hay un trabajo de entrevistas. Tengo buenos contactos en el barrio del Rabal, que es el barrio de más inmigración en Barcelona, y también conozco gente en Lavapiés, que es el barrio con más inmigración en Madrid. Me entrevisté con muchísimos inmigrantes, que es la idea de la novela porque la narradora parece que está escuchando las voces de los que hablan y esa es la estructura que copié. De la experiencia de escucharles intenté construir personajes que dieran la sensación de qué sentía yo cuando escuchaba todas esas historias. Descubrí que la mayoría de la gente que ha venido a España, incluso por inmigración ilegal, ha sido en avión. Han tomado el avión y entrado por el aeropuerto. Entonces es un poco loco pensar que el hombre mayor de setenta u ochenta años, pone la televisión en la noticias y piensa que es una invasión. En Francia pasa muchísimo más o en Alemania, es la sensación que te dice: “¡Oye! ¡Nos están rodeando! ¡Nos están invadiendo!”. Y hay como un bombardeo. Evidentemente el periodista es un trabajador, pero ahí hay unos intereses porque hay una línea de información en cada medio y un juego político muy claro. Es muy difícil gobernar un país (hay un personaje que está inspirado en eso) donde el 20 o el 30 por ciento de la población no tiene derecho a votar porque es inmigrante y no tiene la nacionalidad. Eso da mucho miedo a los países europeos y a Estados Unidos. El juego de los medios viene ahí, por eso juego con el tema del reality; el dueño del reality es el dueño de los medios, el tipo que controla las noticias, una suerte de Berlusconi español y también está inspirado en Florentino Pérez, en estos tipos que tienen mucho poder y control de medios, que principalmente son los que gestionan y deciden qué tipo de información nos llega.

Foto: Behance / Aurélien Buttin

Pascal Quignard dice: “Todo bebé que nace ya ha emigrado”, en referencia a que los seres humanos somos originarios de una tierra prometida que es el vientre materno. ¿Por qué nos cuesta tanto entender y aceptar la migración?

Creo que eso está en el ser humano de forma milenaria, es el drama de Caín y Abel: el sedentario, el que consigue quedarse en su tierra y hace cierta fortuna, y el nómada que se tiene que mover. Lo que pasa es que siempre hemos pensado que el progreso es algo positivo, pero tiene un precio que siempre pagas. Es ese mito griego del fuego, de cuando creas un invento o construyes algo, vas a pagar un precio. Hay una historia en mi novela que habla de los primeros seres humanos que se van de África. Toda la humanidad se esparció por el planeta porque hubo un momento en la historia en que unos tipos arriesgaron el pellejo y salieron de África. Cuando esos tipos salen no hay fronteras, no hay hombres en una frontera controlando, ni intereses, porque no hay estados-nación en los que unos empresarios se quieran quedar, o hay un sedentario que tiene unas tierras y no quiere moverse. Pero el momento en que nos movemos actualmente, es mucho más complejo, más difícil y con más intereses. Sigue habiendo ese miedo al que viene de fuera, al desconocido. Lo tenemos todos los seres humanos, porque está nuestra tribu y “ellos”. Ese miedo está inculcado en nosotros porque somos seres sociales y nuestros cercanos son la gente en la que confiamos, pero no confiamos en el tipo que viene de cinco mil kilómetros y no sabemos de dónde ha aparecido. La novela intenta ser muy realista en el mismo sentido de que los inmigrantes no son malos por ser inmigrantes, pero tampoco son buenos. Los inmigrantes son como todos: personas. Abogo por una fenomenología de los actos: juzga a la gente por lo que hace o por lo que te hace, mucho más que por las imágenes que puedas tener.

Es como el pensamiento de Jiddu Krishnamurti, quien mencionaba que confundimos el amor con el temor.

Precisamente, el temor que tenemos a los inmigrantes es porque creemos que nuestro amor sólo es a nuestros seres queridos cercanos y pensamos que el que viene de fuera les puede hacer daño. Es quizá como dices, un amor con temor, y quizá deberíamos pensar, como dice Krishnamurti, de manera más abierta, sin tener miedo de desarrollar ese amor con nuestros seres queridos, incluyendo a gente que no sabes de dónde viene.

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