Cortés ante el Popocatépetl
Nuestro mundo

Cortés ante el Popocatépetl

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En sus Cartas de relación, Hernán Cortés escribe maravillado sobre cosas que va encontrando a su paso desde la isla de Cozumel; muchas veces a otras las nombra con sólo ojos de administrador. Se asombra con las pirámides pero no con los guajolotes, ni con las ropas de los indígenas ni con el hecho de que los naturales se cuelguen grandes piedras o piezas de metal en los labios, la nariz y las orejas. Muchas jornadas después lo impresiona el mercado de Tlaxcala.

De Tlaxcala sale hacia Tenochtitlan robustecido con miles de tlaxcaltecas y otros aliados. Necesitan pasar la cadena montañosa con las cumbres del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Todo esto lo narra en su segunda carta, del 30 de octubre de 1520, en tanto está ahora en las inmediaciones de Tlaxcala, su refugió tras la derrota de la noche triste. Allí escribe el pasaje de las sorprendentes montañas que contempló antes.

Al ir escribiendo se ubica meses atrás de 1519 y en Cholula y narra: “Que a ocho leguas de esta ciudad de Churultécatl están dos sierras muy altas y muy maravillosas, porque en fin de agosto tienen tanta nieve que otra cosa de lo alto de ellas si no la nieve, se parece. Y de la una que es la más alta sale muchas veces, así de día como de noche, tan grande bulto de humo como una gran casa, y sube encima de la sierra hasta las nubes, tan derecho como una vira, que, según parece, es tanta la fuerza con que sale que aunque arriba en la sierra andaba siempre muy recio viento, no lo puede torcer.”

Luego quiere compartir su asombro con el rey. Le cuenta que mandó diez de sus hombres a escalar el Popocatépetl. La nieve y el frío no los dejan llegar a la cumbre y relata: “Y porque yo siempre he deseado de todas las cosas de esta tierra poder hacer a vuestra alteza muy particular relación, quise de ésta, que me pareció algo maravillosa, saber el secreto, y envié diez de mis compañeros, tales cuales para semejante negocio eran necesarios, y con algunos naturales de la tierra que los guiasen, y les encomendé mucho procurasen de subir la dicha sierra y saber el secreto de aquel humo, de dónde y cómo salía. Los cuales fueron y trabajaron lo que fue posible para la subir, y jamás pudieron, a causa de la mucha nieve que en la sierra hay y de muchos torbellinos que de la ceniza que de allí sale andan por la sierra, y también porque no pudieron sufrir la gran frialdad que arriba hacía, pero llegaron muy cerca de lo alto, y tanto que estando arriba comenzó a salir aquel humo, y dicen que salía con tanto ímpetu y ruido que parecía que toda la sierra se caía abajo, y así se bajaron y trajeron mucha nieve y carámbanos para que los viésemos, porque nos parecía cosa muy nueva […]”

Muchos decenios después, en 1700, en pleno virreinato, cuando Cortés era considerado héroe (según dice Antonio Alatorre) Ignacio Castorena escribe que el “ínclito don Hernán Cortés”, que el “heroico conquistador”, que “el siempre heroico Hernán Cortés, Hércules segundo”, ascendió al Popocatépetl: “subió a un monte […] De sus ardientes cenizas, capaces por su materia sulfúrea, faltándole pólvora al ardimiento de su valor, la fabricó su industria”.

Sin embargo, el idealizado Cortés de Castorena no fue al volcán por azufre para fabricar su pólvora. En la penúltima página de la tercera carta, el conquistador repite el tema del Popocatépetl y aquí queda claro que fueron sus hombres quienes, en una segunda o tercera exploración, encontraron el azufre. Más aún, en la cuarta, del 15 de octubre de 1524, lo vuelve a referir. Le dice al rey: “[…] y para el azufre, ya a vuestra majestad he hecho mención de una sierra que está en esta provincia, que sale mucho humo; y de allí, entrando un español 70 u 80 brazas, atado a la boca abajo, se ha sacado con que hasta ahora nos habemos sostenido”.

Pólvora habemus.

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