Kiefer, materia y escombro
Arte

Kiefer, materia y escombro

La herencia de un mundo perdido

Anselm Kiefer, pintor y escultor alemán, nació en 1945 en Donaueschingen, con la suerte de haber pasado únicamente sus dos primeros meses de vida bajo el estruendo de la Gran Guerra. Las imágenes que marcaron la memoria del autor son la devastación restante de un mundo que había amenazado con desaparecer.

Estudió artes en las academias de Friburho y Karlsruhe luego de decidir que éste sería su rumbo y dejar la carrera de derecho y lenguas romances. Graduándose en 1969 y mudándose en 1971 a Walldürn, produjo una parte de su cuerpo de obra en ese lugar y otra en Neckar, Odenwald y Kreis, ríos y montañas alejados de la civilización en Alemania hasta los primeros años de la década de los noventa.

Desde entonces, la herrumbre, el polvo y el abandono que recubre el pasado envolvería sus creaciones. Al heredar del expresionismo la idea de ir más allá de la forma, decidió salir del lienzo, haciendo que la obra abandonara su realidad para invadir la del espectador. Su capacidad escultórica generó un vínculo fuerte entre pintura y materia.

En 1993, habiéndose mudado a Francia, Kiefer se dirigió a una fábrica de seda abandonada cerca de Barjac, al sur del país. En el año 2000 comenzó a transformar el lugar, haciendo que su obra tomara la forma de una serie de construcciones. 47 edificios, un anfiteatro, torres, puentes y hasta un laberinto de túneles, tomaron el lugar para transformarlo en el mundo que habita en la memoria de Anselm Kiefer.

ELEMENTOS

Los materiales que utiliza varían desde paja, vidrio, arena, ceniza, arcilla y plomo, hasta madera y otros elementos orgánicos. El documental Por encima de sus ciudades hierba caerá (1967), muestra algunos de sus procesos poco ortodoxos e impresionantes, con los que añade una constante en sus trabajos: la materialidad. Muchas veces sus piezas quedan a mitad de camino entre la escultura y la pintura, exagerando las búsquedas matéricas de otros momentos históricos del arte. A veces también recoge elementos del mundo real, objetos que interviene para integrarlos a la obra.

Shevirath Ha Kelim (2009). Foto: P A Black

Hace instalaciones, esculturas y pinturas cuyos temas son una amalgama que intenta desplegar un mapa de lo humano, a través de su mitología, literatura y ciencia, pero sobre todo estableciendo un camino en el que confluyen el pasado, el presente y las posibilidades futuras de la historia.

SU GENIO

Considerado dentro del neoexpresionismo, una corriente que respondía al minimalismo y al arte conceptual de los setenta, su propuesta es conocida por expandir las posibilidades que planteaba el expresionismo abstracto en cuanto a la espiritualidad humana ligada a la experiencia estética. La vuelta a la figuración propia del neoexpresionismo, considerada eslabón entre el modernismo tardío y posmodernismo temprano, representaba objetos reconocibles de una manera áspera y violenta.

Kiefer no trata de seguir este mismo camino, ni utilizar el colorismo representativo de la abstracción estadounidense, sino de centrarse en su manejo enérgico de los materiales, ya no desde lo muscular de trazo, sino desde sus procesos intensivos y experimentales. El resultado son figuras ancladas en una sedimentación que recuerda a los hallazgos arqueológicos de un mundo perdido.

Sus pinturas consisten en capas superpuestas que generan un relieve que recuerda al desgaste del tiempo. Establece un diálogo en que el espectador vuelve a ver paisajes vinculados a la Alemania en guerra, pero no bajo el estatismo temporal de las fotografías, sino bajo el sedimiento y en calidad de aquello que se ha abandonado.

En Reflexiones sobre pintura, alquimia y nazismo: una visita a Anselm Kiefer (1998), de la revista del Instituto Americano de Conservación, hay diálogos sobre los materiales inestables y diversos que emplea. Estos guardan una relación conceptual con la obra.

Las órdenes de la noche (1996). Foto: Seattle Art Museum

Kiefer dice utilizar materiales que emiten una energía cuando se usan. A menudo la sensación de que pronuncian un rasgueo o una sensación punzante o desgarradora, es un elemento llamativo. El plomo lo utiliza por su paso de líquido a sólido y su relación simbólica con la alquimia. Con él suele coronar la última capa del lienzo, transformando los colores por medio del calor.

OBRA

Los procesos a los que somete sus piezas no están centrados en un resultado final inmodificable. De hecho, es consciente de que cambiarán con el tiempo y tendrán diferente color, al igual que cualquier objeto. Le interesa mantener un modo de realizar sus obras que no las sujete al tiempo y que, a pesar de las preocupaciones del museo Tate o de los conservadores de arte, sean inestables.

Caminos de la sabiduría mundial (1978) es una obra de 2.39 por 1.96 metros donde Kiefer reúne rostros de intelectuales, poetas y líderes políticos de la historia alemana, pero con la intención de producir una genealogía del mal, en un camino que lleva a la ideología nacionalsocialista.

En una de sus obras que congrega elementos naturales, Varus (1976), presenta el bosque de Teutoberg, testigo de una batalla de alemanes contra germanos. En contraposición con la pintura bélica, el carácter humanista se encuentra en el retrato avergonzante de una batalla que se perdió. Los nombres de las personas involucradas están puestos sobre el lienzo sin ningún detenimiento, como recordatorio de aquello que no se debe repetir. No se representa la batalla en sí, sino la ausencia de los muertos y la presencia casi fantasmal de los árboles y la sangre derramada.

Los caminos de la sabiduría mundial (1978). Foto: Guggenheim Museum Bilbao

La suma sacerdotiza (1980) es una instalación que consta de dos estanterías llenas de libros, aproximadamente 200, hechos con plomo. El nombre de los ríos Tigris y Éufrates de la antigua Mesopotamia, cuna de la civilización occidental, sobresale en las estanterías. El plomo se utiliza en relación a la búsqueda alquímica de la transformación de oro, pero algunos de los libros están desgastados con ácido, doblados y quemados. La obra habla del conocimiento usando el simbolismo de los libros, pero también del camino recorrido por este conocimiento desgastado por la reinterpretación y el tiempo. Señala que será olvidado en algún momento, o que lo que mantiene todo este cúmulo de información en la actualidad, es más inestable de lo que parece.

En uno de sus paisajes en gran formato, La Bohemia yace junto al mar (1996), habla de muerte, utopía y renovación desde la desolación. El título hace referencia al poema de Ingeborg Bachmann, en que expresa un anhelo por una sociedad utópica, el fin de los problemas; sin embargo lo hace desde una consciencia de esta imposibilidad. El camino central es uno de los elementos más utilizados por Kiefer, y alude al romanticismo. Haciendo esta referencia, alude también a la perfección buscada por el arte y la propaganda nazi, en una reflexión en la que nos podría indicar que el camino hacia una sociedad utópica podría ser erróneo. Las flores marchitas sugieren la muerte y renovación de ese pasado, y la esperanza de un futuro mejor.

La capacidad de Kiefer puede ser entendida desde la idea de que se inspira en la demolición, pero más todavía de que construye a partir de ella. Un ejercicio en el que se habla al espectador de su propia finitud.

Por sus piezas atraviesan las maneras en que el mundo fue visto, desde la cábala hasta la alquimia y otros tipos de misticismo, pero también desde la física que intenta descubrir los mecanismos del universo. Si se exige un significado final de la obra de Kiefer, podría ser el de recordarnos los esfuerzos que ha tenido al humanidad por encontrarse a sí misma, y el esfuerzo apenas imaginable de vencer a la muerte y permanecer en el mundo.

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