Siempre en domingo
Opinión

Siempre en domingo

Miscelánea

Hay que inyectarse cada día de fantasía,

para no morir de realidad.

Ray Bradbury

En el eficiente mundo donde perder el tiempo era delito social, muchas generaciones nos esforzamos denodadamente en ser productivos y exitosos, entendido el éxito en términos de dinero.

Time is money, era la consigna. La sociedad siempre vio con malos ojos la holgazanería. El sobresalto del despertador cada mañana, la carrera contra reloj. "Los lavanderos lavan la ropa de los peluqueros y de los meseros, los meseros atienden a los peluqueros y a los empleados del lavadero mientras comen, y los peluqueros cortan el pelo a los lavanderos y a los camareros”. Eso era lo que entendíamos por civilización hasta antes de la pandemia. Perseguir la chuleta toda la semana y anhelar el domingo  para levantarnos cuando buenamente abríamos los ojos con un día por delante de dolce far niente.

Aunque no siempre fuera merecido, descansábamos pantufleando en piyama por la casa, y sin prisas, desayunábamos en familia: café huevos, chilaquiles, y hasta algún lujito extra como una concha con nata o dos tamales oaxaqueños. Volver a la cama después del desayuno con una buena novela o echarnos frente a la tele para ver cuatro o cinco capítulos de alguna serie; eso era un ocio disfrutable porque uno sabía que al día siguiente era lunes y volvería al trabajo, a los compromisos, a la intensidad de la vida que hacía del domingo la joya de la semana.

Vivir en el circuito cerrado que nos impuso el confinamiento fue otra cosa. Bien lo advertía Lyn Yutang: “Y cuando el hombre encuentre los ratos de ocio pendientes de la mano, se verá forzado a pensar más acerca de los medios de gozar sabiamente de ese ocio, conferido a él contra su voluntad”.

Ante el encierro forzoso que nos impuso el fantasma sin fronteras del virus, el ocio perdió todo el encanto; porque ¿qué se hace cuando un día tras otro siempre es domingo? ¿Qué se hace sin el verde del camino, el café con los compañeros de oficina, o la convivencia de los niños en la escuela? La oficina, la escuela, el taller, aún con sus exigencias, no son sólo centros de trabajo. Es ahí donde socializamos con generosidad, lealtad, respeto; y también con envidia y deslealtad; en fin, todo aquello que nos define como humanos.

Cuando vi en EuroNews el regreso de los niños a la escuela en Alemania, pensar en los nuestros me provocó una punzada. Entraban los alemancitos a las aulas como aves en libertad. Disciplina y estudio pero también convivencia, juegos y de vez en cuando algunas trompadas; como en la vida. Durante el confinamiento lo que único que me calmaba era ocuparme para distraer un ocio que se iba convirtiendo en pesadilla. El sólo pensamiento de salir a ahogarme de contaminación del periférico, me parecía tentador.

Limitado al día domingo o a unas vacaciones que siempre parecían muy cortas, el ocio gozaba el prestigio de ser inspirador. Cuentan que echadote en su tina de baño, Arquímedes descubrió que el agua se desplazaba cuando él se introducía en ella. Fue tal la emoción que corrió desnudo por la calle gritando el famoso ¡Eureka!

Otro echadote bajo la sombra de un árbol, fue Newton, a quien al caerle una manzana en la cabeza descubrió la Ley de gravedad. A mí, las ideas más geniales me llegan cuando estoy en la regadera, el problema es que para cuando me seco ya las olvidé.

Encerrada y ansiosa, no tuve una sola idea memorable. Lo más creativo que me ocurrió fue pasar Siete Años en Tibet, con Brad Pitt. Asistir a la ceremonia de coronación de Isabel II y en la boda de Lady Di. Naufragar en Titanic, y un sexo agotador con la serie Affaire. Algunas noches, cuando la programación era mejorcita, hasta llegue a viajar a la luna. Dado que la realidad es siempre una molestia, lo invito pacientísimo lector, a instalarse en la fantasía: vamos muy bien, ya no hay corrupción, hemos abatido la pobreza y podemos presumir de que somos ejemplo para muchos países del mundo.

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