Alberto Giacometti
Arte

Alberto Giacometti

Un arte esencial que enlazó presente y pasado

Las figuras delgadas y texturas agrestes parecen sacadas de vestigios de alguna cultura de la antigüedad. La razón de que el trabajo de Alberto Giacometti recuerde a objetos arqueológicos, es que tiende un hilo que conduce su obra desde la modernidad hasta referencias lejanas, pero también, que su búsqueda trata de ir a lo esencial del ser humano.

El autor sabía que la representación de la esencia humana era una tarea compleja, sin embargo, también pensaba que era un sendero necesario. Hoy ofrece uno de los acercamientos más interesantes al tema desde la escultura y el arte del siglo XX.

Giacometti nació en Borgonovo, Suiza, cerca de la frontera italiana, el 10 de octubre de 1901. El escultor tuvo una infancia que le permitió utilizar materiales y el taller de su padre para dar rienda suelta al talento que desde entonces comenzaba a consolidar. Su formación fue facilitada por ser el mayor de los cuatro hijos del pintor postimpresionista Giovanni Giacometti.

Es conocido por abarcar la pintura, el dibujo y la escultura. Su primera pieza escultórica la realizó a los 13 años y fue Cabeza de Diego con base, en la cual representaba a su hermano, quien se convirtió en un ayudante constante y que aparece en otras obras.

Esa obra surgió de nuevo en 1925, pero ya con señales de una de las características más importantes de su cuerpo de trabajo. Además de dialogar con la escultura egipcia, de donde toma sus formas estilizadas y su simetría, coloca color rojo que después raspa de la superficie para hacer que parezca antigua. Un juego infantil que de hecho se convertiría en uno de sus principales sellos: una comunicación incesante con el pasado.

El motivo de la cabeza apareció de nuevo a finales de los años treinta, tiempo en que centró su mirada en sus entonces modelos: sus hermanos y la artista Isabel Rawsthorne.

Cabeza de Diego con base (1914-1915). Foto: culturespaces.com

RUPTURA VANGUARDISTA

Es obvio que, como muchos modernistas, Giacometti no estaba interesado en la representación fidedigna de las formas. Rechazó después el uso de modelo y, en su lugar, para continuar con su búsqueda creativa y filosófica, utilizó dibujos compuestos por líneas caóticas y obsesivas. Estos tenían un carácter preparatorio, pues ayudaban a definir las formas que luego serían trasladadas al material sólido.

Otra de sus prácticas estaba ligada a la escultura terminada, que tomaba como base para realizar dibujos donde la reproducía de memoria. Es evidente que no se desligaba de la gran posibilidad que tiene el dibujo. Algunos de ellos están separados de sus cuadernos de apuntes para ser trabajados en tinta y pluma, y adquirir el estatus de obra en sí misma.

En 1922 asistió a la Escuela de Bellas Artes de Ginebra. Fue alumno del escultor Antoine Bourdelle, relación de la que surgió el interés del suizo en la experimentación creativa de la época. En ese tiempo realizó trabajos que dialogaban fuertemente con el cubismo y el surrealismo, siendo este último movimiento en el que se dio a conocer como uno de los principales exponentes.

En La mujer cuchara (1927), pieza monumental de yeso y posteriormente fundida en bronce, Giacometti hace uso de una estética que se aparta progresivamente de las abstracciones cercanas al cubismo. En ella se encuentra la figura simplificada de la mujer, que a la vez guarda relación con la forma de una cuchara ceremonial de la cultura Dan, en homenaje a la fertilidad.

El artista Salvador Dalí, por entonces miembro de los surrealistas, consideró que la escultura Bola suspendida (1930) fue la primera que llamó la atención del grupo, como un prototipo del “objeto de funcionamiento simbólico”, una de las formas en que se expresaba el movimiento surrealista con objetos intervenidos y que denotaban significados inconscientes. El contenido adscrito a la escultura fue reconocido como erótico y violento, debido a sus formas cuasi genitales. Estos temas son de interés para una lectura desde la concepción del inconsciente y, por lo tanto, atractivos para los surrealistas, pero guardan también relación con el antropólogo y pensador francés Georges Bataille.

Bola suspendida (1930). Foto: guggenheim-bilbao.eus

Lo que caracteriza al hombre moderno, según el autor, “es que en su retorno a lo primitivo está constreñido a la consciencia, y aun cuando apunte a encontrar en sí los mecanismos del inconsciente, siempre tendrá conciencia de aquello a lo que apunta”. Este pensamiento se relaciona con el devenir y con la manera en que el humano pende de un hilo entre lo que ha marcado a la humanidad misma y lo que implica la modernización.

El vínculo de Giacometti con el surrealismo terminó en los años cuarenta, cuando el grupo consideró que el autor volvía demasiado hacia a los temas de la figura humana y la naturaleza.

LA INDIVIDUALIDAD FUERA DE MOVIMENTOS ARTÍSTICOS

A Giacometti le ocurrió lo mismo que a Giorgio de Chirico; ambos tenían una visión única, pero que no podría separarse de forma abrupta del arte africano y el clásico. Y, sin embargo, su manera de ver las artes los mantiene en un halo de misterio. A través de sus piezas se percibe al individuo como producto de una línea temporal de la que no es posible separarlo.

Las figuras de Giacometti se tornaban cada vez más delgadas y cada vez más pequeñas. Una de las razones fue la perspectiva con la que quería representar modelos lejanos, como en Figura en una base doble (1935/1945).

Las razones conceptuales de esto son aducidas por algunos teóricos, como el comisionado de arte Philippe Büttner, como un gesto que brinda mayor presencia al espacio que rodea las figuras.

Pero no sólo se trataba del espacio, sino que carcomía las formas con su cincel. Una vez que la pieza era terminada en tono realista, Giacometti sustraía material de las superficies, como escarbando hacia el interior.

Alberto Giacometti rodeado de algunas de sus esculturas. Foto: christies.com

La constante del escultor más presente en su obra, es esta mirada hacia el interior, una búsqueda introspectiva que lo enlaza con los debates filosóficos del existencialismo y la fenomenología, lo que lo llevó a comulgar y entablar amistad con autores como Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre y Jean Genet.

Incluso en 1937 Giacometti ya realizaba pintura con ese afán representativo. La madre del artista abandona los colores de sus inicios cercanos al postimpresionismo de su padre, para utilizar tonos sobrios y sombríos, así como líneas agresivas que lo emparentan con el artista Francis Bacon.

El cubo y el rostro (2017) de George Didi-Huberman gira en torno a una sola escultura de Giacometti. Ejemplifica el nivel de profundidad a la que se puede llegar en el análisis de sus obras. El cubo, última obra surrealista de Giacometti, guarda una relación con aquella figura que aparece en el grabado Melancolía I (1514) del renacentista Alberto Durero. El modernista quedó fascinado con ella.

La figura geométrica se ve reflejada en la forma de la cara de algunos dibujos de Giacometti, en una manera simplificada del rostro o de la cabeza humana. En El cubo y el rostro, se habla de que esta pieza es una especie de figura fantasmal que se lee en forma psicoanalítica. En el grabado Melancolía I se presenta el reflejo de un cráneo, la consciencia de la muerte frente a la que se presenta el personaje principal. Mientras que en El cubo de Giacometti, se erige una especie de monumento a la memoria del padre del mismo artista, que guarda relación con la forma del ataúd.

No sólo puede retornar al espectador a las múltiples sensaciones que surgen naturalmente ante el tema de la muerte, sino que, como el resto de la obra de Giacometti, utiliza aspectos de la condición humana para plasmarlos en el cuerpo humano como incisiones o como rastros de lo que es ineludible.