¿Cuál raza?
Opinión

¿Cuál raza?

Miscelánea

Es deseable que el espíritu impulse a la música y otras artes y ciencias y otras formas de hacer que renazca la vida, permitan a nuestro país escapar de la pudrición que no es destino inexorable. Sé que es un deseo pueril, ingenuo, pero en él creo, pues he visto que esa mutación se concrete.

Granados Chapa

¿A qué van al Zócalo si el 15 de septiembre nomás va la pura raza? Así le oía decir a mi abuela materna, feroz discriminadora. Cuando ella decía la pura raza, se refería al pueblo. Esos que “son como animalitos a los que hay que darles alimento” AMLO dixit.

Juicios tan elementales formaron mi idea del mundo: chiquito, limitado, ignorante; hasta que el tiempo hizo su labor. Libros, el contacto con otras culturas, otros mares, otros modos de ver el mundo; y siempre, en todo lugar, encontré seres humanos igualitos a mí. “Y acaso no sangro si me pinchan, me río si me hacen cosquillas y si me envenenan me muero?” dice Shylock ¿Acaso la dulzura del amor y el dolor del desamor no nos igualan? ¿A la hora de maltratarnos, hizo el virus alguna diferencia por razas o ideologías? ¿Acaso la íntima necesidad de poner un nombre a ese inefable misterio que llamamos Dios, Jesús, Jehová, Alá; no nos iguala?

El mismo Dios que creo al lobo, creo al cordero, y a cada uno le dio su espacio y su tiempo. Imagino que en la insondable vastedad del universo; nos ha sido dado el planeta Tierra para que cada ser humano construya su identidad de acuerdo a las condiciones geográficas y sociales en las que le toca nacer: piel oscura y resistente para protegernos de los ardientes soles, piel descolorida para la gente del frío, doraditos y lindos, los latinos que tuvimos la suerte de nacer en tierras que propician la alegría. Y todo debió ser bueno y justo hasta que religiones, ideologías y fronteras empezaron a constreñirnos. Invasiones, conquistas, guerras, esclavitud, avaricia, poder; consiguieron enfermar el alma humana hasta el punto de que en pleno siglo XXI es necesario quemar banderas para que el mundo se entere de algo tan obvio como que “la vida de los negros importa”.

En nuestro México, mágico en su diversidad de etnias, culturas, formas de pensar, de creer, de amar; la esperanza de ser un país multicultural e incluyente, se aleja cada día más. En lugar de la amplitud de miras que correspondería a una sociedad que a fuerza de los años, empezaba a ganar lucidez y tolerancia, (y conste que la palabra tolerancia me resulta intolerante y preferiría hablar de respeto) justo cuando comenzábamos a eliminar del lenguaje calificativos clasistas como naco, indio, pelado, raza; retrocedemos ante una nueva fragmentacion; vulgar, pequeña, pero dañina. Ahora resulta que me descubro chaira cuando trato de colarme el banco sin hacer fila y le digo al policía que trata de impedirmelo: “usted no sabe quien soy yo”. En este momento en que escribo soy absolutamente chaira porque quiero salir a patear a los trabajadores que armados con una sierra cinta están echando abajo un árbol centenario cuyas ramas se saltaban la barda del vecino para dejar caer sus mangos en mi jardín.

Entiendo que ellos hacen su trabajo, pero son tan dañinos como si hubieran estudiado en el extranjero. También tengo mis momentos fifís, como cuando apuntalo mi frágil autoestima con algún trapo de marca. Clasemediera y neoliberal cuando lucho para conseguir mejores formas de estar en la vida: libertad, trabajo, educación, salud y la seguridad de caminar por mi ciudad sin el riesgo de morir en medio de una balacera.

Todos iguales, todos mexicanos, pero debo reconocer que hay chairos pura raza, por ejemplo los que mandan al diablo las instituciones, los machines que se niegan a usar el tapabocas, los que piensan que cuando la corrupción es poquita no es corrupción. En cuanto a mí, la única discriminación que todavía no he logrado erradicar, es la que sigo haciendo entre personas buenas y personas malas. Pero, ¿quién juzga?

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