La cara de la música
Arte

La cara de la música

Cuando las portadas de álbumes se convirtieron en arte

Hoy en día sería una necedad afirmar que la industria musical sólo involucra, precisamente, a la música. Y es que abundan las colaboraciones de músicos con destacados cineastas para realizar atractivos videos, con bailarines que dejan boquiabierto al público en las presentaciones en vivo, con diseñadores de moda que hacen de los intérpretes personajes memorables, con artistas plásticos y digitales que llevan los conciertos a otro nivel, entre muchos otros creativos que hacen de cada proyecto una experiencia que rebasa los límites de lo sonoro. Quizás el primer acercamiento de la música popular hacia otras disciplinas artísticas, fue el diseño de las portadas de álbumes.

Desde 1910, aproximadamente, se distribuían discos de 78 revoluciones por minuto (RPM), capaces de almacenar una sola pieza con una duración de tres a cinco minutos, los cuales se vendían en envolturas de papel o cartón que, acaso, contenían el nombre del sello discográfico. A partir de la década de los veinte, las disqueras comenzaron a vender álbumes muy parecidos a los de fotografías, para que los coleccionistas de 78 RPM pudieran guardar sus adquisiciones musicales. En los treinta, ya era común encontrar a la venta estos álbumes con discos seleccionados por las mismas productoras, ya sea con temas de un solo intérprete o compilaciones de algún género. Por lo general, los álbumes consistían en una especie de carpeta hecha de imitación de piel, con compartimentos en el interior para guardar cada disco por separado.

Esta no era la manera de empacar música hermosa”, pensaba Alex Steinweiss, uno de tantos melómanos que, afortunadamente, terminó trabajando como el primer director de arte del sello discográfico Columbia. Su trabajo era realizar anuncios publicitarios para la compañía, pero su propuesta fue más allá: diseñar una portada para cada álbum. La empresa se arriesgó a invertir en esta idea, naciendo así la primera portada que cambiaría para siempre la forma de vender música. Se trataba de una compilación de temas del dúo Rodgers and Hart, lanzada en 1938, que se presentaba al público con una fotografía de la marquesina del Teatro Imperial de Nueva York, enmarcada con círculos concéntricos de color rojo, creando una imagen bastante atractiva.

La idea de las portadas aumentó las ventas de la disquera en un 900 por ciento. Alex Steinweiss se mantuvo activo desde ese momento hasta 1973, generando más de dos mil portadas a lo largo de su carrera, casi todas ellas hechas a mano. Si bien podría decirse que sus diseños eran más decorativos que artísticos, en el sentido de que su función central era llamar la atención sin ahondar en un concepto más complejo, sentó un precedente importante.

Canciones exitosas de Rodgers and Hart (1939)

LA ERA DEL VINILO

Con la llegada de los vinilos LP (de larga duración) en 1948, la comercialización de música grabada se disparó por su practicidad (ya no era necesario cambiar de disco para escuchar cada canción). La mercadotecnia se propuso sacarle provecho al tamaño de este nuevo formato, de 30.5 centímetros de diámetro, para promocionar la imagen pública de los artistas, de modo que los fanáticos identificaran su música favorita con el rostro de sus creadores.

La estrategia fue tan exitosa que, en 1959, se añadió una categoría a los premios Grammy dedicada al diseño de empaque de un álbum. El ganador de ese año fue el pintor Nicholas Volpe por el retrato de Frank Sinatra que realizó en la portada del disco Frank Sinatra sings for only the lonely, donde el cantante luce un maquillaje basado en el payaso de la ópera Pagliacci. Cabe mencionar que Volpe es considerado el artista estadounidense que más ha pintado celebridades, sobre todo estrellas de Hollywood.

Pero The Beatles fueron los primeros en desafiar este culto al rostro de los artistas en las portadas. Antes de ellos, eran pocas las excepciones a la fórmula de colocar una fotografía del intérprete o de los miembros de una banda. Una de esas excepciones fue Otis Reading con su disco Otis Blue, donde aparece una joven mujer blanca. Sin embargo, para el periodista musical Peter Dogget, esta decisión responde a la necesidad comercial de disimular que el compositor era afroamericano; The Beatles, en cambio, eligieron quitarse protagonismo visual movidos por una ambición creativa: querían que el empaque del álbum fuera un producto artístico. Para ellos, cuya fama se extendía por todos los continentes, no era un riesgo que sus caras no ocuparan la mayor parte de la portada.

Así, en 1967 se lanzó el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el álbum más icónico de la banda, con una portada diferente a todo lo que se había visto hasta entonces. En ella se muestran The Beatles con coloridos trajes militares. Detrás hay un collage que forma un ‘ejército’ de personalidades influyentes en política, filosofía, arte, música, etcétera, todos ellos inspiración para los miembros de la banda, cuyo nombre se encuentra al frente escrito con flores. La dirección artística de esta particular imagen estuvo a cargo del curador Robert Fraser, quien trabajó de la mano del artista pop Peter Blake y la escultora Jan Haworth. El costo del proyecto fue de tres mil libras, la portada más cara jamás producida hasta el momento.

Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Foto: highresaudio.com

A partir de ese momento, el furor por el arte visual en los álbumes no se hizo esperar. Ese mismo año, The Who lanzó The Who sell out con una creativa portada que hace referencia a la exitosa trayectoria de la banda. El diseño se conforma por cuatro parodias de anuncios publicitarios, cada una interpretada por un integrante y fotografiada por David Montgomery. La intención de la agrupación era admitir cómica y abiertamente que, pese a su postura antisistema, el capitalismo finalmente se había apoderado de esa rebeldía para convertirla en un producto vendible en la industria de la música. Se trata de un concepto que va más allá de explotar retratos o diseños vistosos para llamar la atención.

DE LAS GALERÍAS A LAS MASAS

Tanto el fotógrafo David Montgomery como el pintor Nicholas Volpe se especializaban en retratar celebridades, así que podría decirse que las portadas que realizaron eran una extensión más de su campo de trabajo. Pero, poco a poco, artistas cuya obra estaba bien posicionada en el mercado y no estaba enfocada en mostrar a personajes de la farándula, comenzaron a considerar las portadas de álbumes como un medio completamente válido para plasmar su creatividad.

En la década de los sesenta y principios de los setenta estuvo en boga el arte pop, así como ciertas exploraciones en el arte conceptual y los performances. Estas corrientes buscaban activamente borrar las barreras elitistas que confinaban el arte a las galerías y a los museos, dejando a los espectadores en una posición pasiva, por lo que las portadas se convirtieron en un medio idóneo para bajar a las obras de ese pedestal y conseguir una comunión más cercana con un público más extenso que, además, gozaría de una experiencia visual y auditiva al adquirir sus vinilos.

Andy Warhol, el máximo exponente del arte pop, dejó una huella imborrable en este ámbito. En 1967 diseñó una de las portadas más reconocidas de todos los tiempos: la de The Velvet Underground & Nico, que consiste en la ilustración de un plátano sobre un fondo blanco. La colaboración fue tan importante que la primera edición ni siquiera mostraba el nombre de la banda, sino solamente la firma de Warhol. Además era interactiva, pues se podía retirar la cáscara del plátano para revelar un fruto rosado: una clara referencia fálica. El disco abordaba temas sumamente transgresores en ese tiempo, como las desviaciones sexuales, el sadomasoquismo y la prostitución, por lo que la portada también debía tener ese arrojo creativo.

The Velvet Underground & Nico (1966). Foto: cbc.ca

Algo similar ocurrió con Sticky Fingers (1971) de The Rolling Stones, también creada por el artista pop, que muestra un acercamiento a la entrepierna de un sujeto que viste un pantalón de mezclilla. La primera edición contenía un cierre real en el pantalón que revelaba ropa interior al bajarlo por lo que, al igual que The Velvet Underground & Nico, se convirtió en un preciado artículo de colección.

La colaboración de artistas visuales con músicos se fue haciendo cada vez más común, y prevalece hasta nuestros días. Algunas portadas realizadas por artistas destacados son: el single Without you (1983) de David Bowie, diseñado por el reconocido artista urbano Keith Haring; First Record (1984) de The Offs, por la leyenda urbana Jean-Michel Basquiat, que es un caso especial porque la banda es muy poco conocida mientras que Basquiat tiene un lugar preponderante en el art brut (arte marginal); Daydream nation (1988) de Sonic Youth, con una obra del aclamado pintor Gerhard Richter; Think Tank (2003) de Blur, que presenta un stencil de Banksy, el artista urbano más exitoso en la actualidad; Artpop (2013) de Lady Gaga, a cargo de Jeff Koons, uno de los creativos contemporáneos mejor vendidos; por mencionar tan sólo algunas de las tantas colaboraciones valiosas que existen para deleite del público.

Por otra parte, hubo portadas que, si bien no fueron llevadas a cabo por creadores de renombre en el mercado del arte, se convirtieron en la obra más reconocida de su autor. Es el caso del diseño de In the Court of the Crimson King (1969) de la banda de rock progresivo King Crimson, donde aparece la obra El hombre esquizoide del siglo XXI realizada por el programador computacional Barry Godber, el único amigo del compositor Pete Sinfield que sabía pintar. El artista apenas alcanzó a ver su pintura publicada en el álbum, pues falleció un año después, a los 24 años de edad, de un ataque fulminante al corazón.

Otro ejemplo es el diseñador gráfico Peter Saville, cuyo trabajo más conocido es la portada de Unknown pleasures (1979), de la banda de post punk Joy Division, que consta de una imagen simple pero potente: curvas blancas sobre un amplio fondo negro. Las líneas están basadas en las ondas de radio emitidas por el púlsar (estrella de neutrones) CP 1919, registradas en la Enciclopedia de Astronomía de Cambridge.

In the Court of the Crimson King (1969). Foto: nacionrock.com

LAS PORTADAS COMO CARRERA ARTÍSTICA

Como ya se ha mencionado, el diseño de las portadas alcanzó una gran preponderancia en la industria musical, por lo que tampoco es de extrañarse que algunos artistas hayan basado su carrera mayormente en este rubro que prometía una difusión de amplio alcance. Destacan dos figuras: el colectivo inglés Hipgnosis, conformado por Storm Thorgerson y Aubrey Powell, y el artista francogermano Mati Klarwein.

Hipgnosis fue responsable de una de las portadas más memorables que han existido: Dark side of the moon (1973) de Pink Floyd. El propio Thorgerson explicó que la banda les dio bastante libertad creativa al sólo indicarles que querían un diseño “limpio, elegante y gráfico”. Inspirados en la imagen de un libro de texto, utilizaron el concepto de refracción de la luz para hacer referencia al impresionante show de luces que la agrupación utilizaba en vivo. Como prisma, emplearon un triángulo al tratarse de una forma que evoca la ambición y, hasta cierto punto, la locura, los cuales eran temas relacionados directamente con las letras del álbum.

Con el éxito de The dark side of the moon, otras bandas solicitaron los servicios de los entonces estudiantes de cine. Entre sus clientes desfilaron Led Zeppelin, Electric Light Orchestra, Genesis, UFO, AC/DC, Black Sabbath, Peter Gabriel, XTC, entre muchos otros más.

Su trabajo se caracterizaba por fotografías fuertemente manipuladas, ya sea con efectos como la doble exposición, trucos en el cuarto oscuro, retoques con aerosol o técnicas innovadoras de montaje. Es decir, fueron pioneros en la manipulación fotográfica, conocida también como photoshopping, que hoy es tan común en la fotografía digital tanto comercial como artística.

Por su parte, Mati Klarwein, denominado por Andy Warhol “el pintor desconocido más famoso del mundo”, se encargó de insertar en el imaginario colectivo la estética de lo psicodélico, que tanto auge tuvo en los sesenta y setenta. Y es que sus obras son la cara de álbumes tan visualmente sugerentes como Bitches brew de Miles Davis, Abraxas de Carlos Santana o el disco homónimo de Jimi Hendrix, que conforman tan sólo sus obras de 1970.

Jimi Hendrix (1970). Foto: arthur.io

De padre judío, Klarwein se mudó con su familia a territorio palestino, huyendo del exterminio nazi en Alemania, cuando aún era menor de edad. Después vivió en París, Nueva York y Mallorca. A lo largo de su vida tuvo acercamiento con el judaísmo, el cristianismo y el islam, absorbiendo una diversidad cultural que es latente en sus obras, cargadas de simbolismos que hacen referencia a los elementos espirituales de distintas culturas.

Ese tema recurrente fue bien recibido por los representantes de la música psicodélica que, más que un género distinguible por un sonido particular, se caracterizaba por una exploración que tenía que ver con la exaltación de experiencias de psicodelia, término griego que significa “que manifiesta el alma”. Esos experimentos sonoros, donde predominaba la improvisación, no se limitaban a los cánones occidentales y se enriquecían con un bagaje de influencias más variado. De esta forma, intentaban adoptar elementos musicales de culturas africanas y asiáticas para inducir a un estado mental más libre, sobre todo en públicos que pudieran estar bajo el influjo de drogas.

Con la obra de Mati Klarwein se puede concluir que las portadas de álbumes pasaron de tener una función utilitaria y decorativa, a ser la mirada con la que se topa el público cuando busca indagar en el alma sonora de un nuevo disco que llega a sus manos.

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