El solitario de Palacio
Opinión

El solitario de Palacio

Jaque Mate

René Avilés Fabila ofreció en 1971 una descripción de un presidente en el sistema político autoritario del México del viejo PRI. Publicada en el sexenio de Luis Echeverría, ubicada en el movimiento estudiantil de 1968 durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, El gran solitario de Palacio mostraba a un mandatario aislado por los aplausos y la lambisconería. En un momento, narra el autor, “el Presidente quedó solo, solitario en el Palacio, con su grandeza a cuestas; con su compromiso ante la historia”.

Los presidentes de aquellos tiempos vivían en una burbuja. No escuchaban las quejas de los ciudadanos, no tenían una oposición que cuestionara sus políticas. Estar fuera del presupuesto era vivir en el error.

Este aislamiento se fue desvaneciendo con el tiempo y con el advenimiento de la democracia. Los grupos de oposición se hicieron cada vez más visibles y agresivos. Carlos Salinas de Gortari decía que ni veía ni escuchaba a los legisladores que lo interpelaban ruidosamente en sus informes de gobierno, pero claro que le molestaban. Vicente Fox no pudo entrar al Palacio Legislativo en su último informe de gobierno. Felipe Calderón fue acosado sistemáticamente en sus presentaciones públicas por activistas que protestaban contra él. Enrique Peña Nieto sufrió la mayor desaprobación que cualquier presidente en la historia y a partir de su tercer año tendió a aislarse en Los Pinos para asistir sólo a eventos muy controlados.

Andrés Manuel López Obrador parecía haber dejado todo esto atrás. No únicamente ha tenido siempre una notable cercanía con el pueblo, particularmente con los más pobres, sino que es un gran comunicador. Sus conferencias diarias le permiten hablar directo a la gente, sin pasar por los medios de comunicación. Su control de las dos cámaras del Congreso le ha dado la posibilidad de legislar con comodidad y sin tener que quedar bien con ningún grupo de oposición.

Sin embargo, López Obrador no ha tardado en caer en la trampa y convertirse en un nuevo solitario de Palacio, como Díaz Ordaz, como Echeverría. No ha ocultado su nostalgia por los tiempos del viejo PRI. En sus discursos ha hablado acerca de las maravillas del desarrollo estabilizador de 1952 a 1970, con una visión idílica muy alejada de la realidad. Es la misma época que describe René Avilés Fabila en su novela. El presidente se escondía en Palacio Nacional, protegido por una muralla de aduladores, mientras el país sufría convulsiones que no podía entender.

Hoy, el presidente vive en soledad en un edificio museo. Sus conferencias de prensa revelan que no entiende la situación fuera de los muros de Palacio. Juzga que su gobierno ha tenido un desempeño magnífico en la contención de la COVID-19 y en la economía. Considera que repartir migajas es lo único que los pobres necesitan para vivir felices. No piensa necesario que tengan empleos. Está convencido de que los pobres son como animalitos que solo necesitan ser alimentados por el dueño.

Su séquito político le rinde constante pleitesía, la cual alimenta su idea de que el país vive una cuarta transformación que lo colocará a él en el panteón de los próceres nacionales. Pero el presidente está solo. No entiende la realidad de millones de mexicanos. No sabe por qué hay quienes se atreven a cuestionarlo y únicamente acierta a insultarlos. Son los síntomas del solitario de Palacio.

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