Construir con prevención
Arquitectura

Construir con prevención

La edificación de la nueva normalidad

Las normas para resguardar la salud de la población y eludir a la pandemia de COVID-19, tropiezan con el diseño arquitectónico de los edificios públicos y privados evidenciando, en este contexto, la inadaptabilidad de los inmuebles donde se convive. Asimismo la selección de materiales con mayor preponderancia de la estética y el confort sobre la seguridad, favorecen la vida y proliferación de los virus. La colocación de escudos plásticos en los sitios donde se atiende a la gente no sólo dificulta la comunicación, sino que fundamentalmente aquel material posibilita la existencia del virus durante 72 horas, contrario al propósito por el que se impusieron en las barandillas de los negocios; las superficies de madera, plástico o cartón (en sus presentaciones simulando madera) tendrán que sustituirse por materiales como el cobre y la plata, que inhiben la proliferación de patógenos, si es que se desean atenuar las infecciones.

Por otra parte, la disposición de señalamientos en el suelo para distanciar a las personas limita la capacidad de aforo y las excluye. Las largas filas afuera de los bancos demuestran que estos inmuebles no estuvieron diseñados para situaciones como la que se vive actualmente; los individuos tienen que esperar en la vía pública, separados unos de otros por metro y medio, de tal forma que la hilera queda expuesta a los contaminantes ambientales.

Con la pandemia no únicamente el comportamiento humano se está modificando, de la misma forma la arquitectura tendrá que adecuarse a la nueva normalidad donde la sana distancia y la higiene son preponderantes.

ARQUITECTURA HIGIÉNICA

Las empresas proveedoras de materiales comienzan a resaltar sus productos con cualidades sanitizantes: techos que absorben sustancias tóxicas regresándolas a la atmósfera como gases inofensivos, llaves de baño y puertas automatizadas que se accionan sin contacto con la superficie y acabados de cerámica que inhiben el crecimiento de bacterias dañinas, son algunas de las propuestas en el mercado; pero ante el destino ineludible de convivir por siempre con la presencia de epidemias, las modificaciones tendrán que ser más profundas, cambiando el concepto, diseño y modelos arquitectónicos.

Foto: vox.com

La arquitectura nunca ha sido ajena a las transformaciones sociales, los ejemplos cunden en la historia. En México, durante la época colonial, “no había baños privados ni públicos. Los arquitectos diseñaban las casas con grandes cocinas y estancias, pero de los aseos o cuartos de lavar ni hablar. No obstante, Gustavo Curiel narra en Ajuares Domésticos. Los rituales de lo cotidiano, que la casa del capitán Joseph Cristóbal de Avendaño, remodelada por el arquitecto Cristóbal de Medina Vargas en 1672, tenía un baño con agua fría y caliente; lo que se consideraba una rareza”, recordó la escritora mexicana Tayde Bautista en su ensayo De los baños públicos.

Con la valoración de la higiene comenzaron a construirse baños públicos, primero mixtos, después separados. En Estados Unidos los primeros baños interiores destinados a cada sexo aparecieron en 1850, y después se cuestionó la segregación por género como clara manifestación de los roles sociales, pero ahora esa valoración tendrá que reencausarse en la protección a la salud.

La inclusión de personas con alguna discapacidad modificó los espacios en los baños, ampliándolos y agregando accesorios para facilitar la movilidad: rampas, pasamanos, e incluso su ubicación en la planta baja de los edificios fueron algunos cambios ocurridos. La colocación de repisas de plástico en los baños destinados a hombres para que pudieran cambiar el pañal de sus hijos o hijas, es otro ejemplo de adecuación del diseño arquitectónico conforme los tiempos. ¿Cómo tendrán que ser los baños ahora en el contexto de las epidemias?

PREVIENDO EL FUTURO

La arquitectura tiene que mediar entre las necesidades percibidas del momento y las necesidades desconocidas del futuro; entre las necesidades inmediatas de nuestros cuerpos y el deseo de crear algo que durará más allá de las generaciones”, escribió en junio de este año el periodista Kim Tingley para The New York Times.

En 2014, Ciudad de México ofrecía poco más de cinco metros cuadrados de áreas verdes por cada habitante. Foto: Archivo Siglo Nuevo

En su artículo La arquitectura podría ayudar a adaptarnos a la pandemia, citó una de las recomendaciones del Instituto Estadunidense de Arquitectos que propone trasladar al exterior las actividades humanas, “y reconfigurar los muebles para mantener a las personas más separadas en interiores”.

Pero ¿cómo lograrlo en países donde la mayoría de la población es de escasos recursos, donde las ciudades carecen de espacio urbano, donde prevalecen los edificios de condominios carentes de áreas verdes, donde los servicios públicos como agua potable y eficiencia en el drenaje son realidades adversas con o sin pandemia?

Respecto a las áreas verdes urbanas, indispensables para mejorar la calidad del aire, la recreación y el mantenimiento de las ciudades, están en riesgo por el aumento del asfalto y del concreto, confirma el reporte de la Secretaría del Medio Ambiente federal. En este documento reciente refiere que, “de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, se recomienda que para mejorar la calidad de vida de los habitantes de las ciudades se proporcionen nueve metros cuadrados de espacio verde por habitante”; una proporción que ha disminuido, ya que en el 2014 el organismo citado recomendaba 16 metros cuadrados de espacios con vegetación. En aquel año, Ciudad de México sólo ofrecía poco más de cinco metros cuadrados, lo que representó una disminución amplia, ya que en el 2009 se calculaba que cada habitante de la capital de la república contaba con al menos 13 metros cuadrados de áreas verdes. Otras urbes mexicanas como Guadalajara y Monterrey destinan a sus habitantes entre tres y cuatro metros cuadrados de espacios abiertos. ¿Cómo exigir que las actividades sociales se trasladen del interior de los edificios hacia el exterior si los espacios abiertos disminuyen?

REDUCIR LA MIGRACIÓN

La concentración de la población en las ciudades, aunada a la planificación urbana que excluye las áreas abiertas, es otro de los factores que inciden en la proliferación de las enfermedades. El hacinamiento es el virus de la arquitectura que despliega una serie de fenómenos adversos para la salud. Para contrarrestarlo tendría que promoverse la estadía en las zonas rurales donde, por cierto, no se cuenta con servicios elementales de educación o de empleo, razones de la migración hacia las ciudades.

Foto: EFE / Ciudad de México

En las llamadas metrópolis modernas se desestiman las alternativas de movilidad y transporte: las rutas urbanas de pasajeros pretenden la rentabilidad excediendo la capacidad de carga de los camiones, los cuales cubren cientos de kilómetros con trayectos ensortijados en unidades inadecuadas por su deplorable estado mecánico; en contraparte, las ciclovías o paseos peatonales son escasos.

La creación de panteones a las afueras de las ciudades fue una respuesta para eliminar las pandemias en el medievo; los muebles empotrados dentro de las casas fue otra alternativa para evitar la acumulación de polvo y pelusa detrás de los armarios de antaño; la fuente infecciosa que resultaban ser los ríos donde se vertían los desechos humanos disminuyó con la creación de drenajes y colectores. Los ejemplos confirman que la arquitectura tiene respuestas para enfrentar las enfermedades aunque, mal empleada, puede exacerbar los males que azotan a la humanidad.

En este contexto impera la necesidad de modificar los modelos arquitectónicos, lo que conlleva un cambio en las leyes de desarrollo urbano adecuado a los tiempos de pandemia.

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