La penca de la terraza
Gastronomia

La penca de la terraza

Metáfora de la producción de miel de una sola abeja

Ilustración de portada por: Hessie Ortega

Una legendaria empresaria se resistía a aceptar que nosotros, viejos, andamos ya por los meandros del río de la vida, en cuya corriente principal navegan los adultos jóvenes en lanchas rápidas intentando dominar el amazonas de la vida y sus furiosas turbulencias. Ella se oponía a esa metáfora que nos margina, a considerar siquiera que la vida se marchita (no sólo en los cuerpos, sino en los espíritus humanos).

Hoy todo mundo es joven, hasta los viejos de quienes no se habla como tales, sino usando un rimbombante circunloquio: “personas de la tercera edad”. La ley de la vida es otra, y es de acero inquebrantable. A aquella prometí hace tiempo un texto, que ahora escribo.

En una esquina en la terraza de la casa (su casa) habitaba por una penca de agave, hojas de un azul pastel grisáceo despampanante, ribeteadas con una fina hilera de agudas espinas color tinto oscuro, casi café tabaco. Los nietos que se acercan al cactus siempre oían el grito de los abuelos: “¡Cuidado con las espinas!” y, entonces, cautelosa y respetuosamente, cruzaban flanqueando de lado, guardando su distancia.

Un día súbitamente apareció en la penca un hermoso tallo con los colores terciados del verde-gris de las hojas y el tinto oscuro de las espinas. Comenzó a crecer y a crecer y, en un mes, era un largo tallo de más de dos pisos de altura, pujando por ascender al cielo. Luego, en pocos días, comenzó a bifurcarse generando ramas a izquierda y a derecha alternadamente. En la punta de esas ramas brotaron una especie de muñones irreconocibles. Y, al otro día, los muñones eran una florida flor amarilla. En la medida que crecían el tallo, sus ramas y sus flores, la suculentas hojas de la penca desfallecían, se arrugaban decaídas, y se convertían en hojas marchitas color café oscuro.

Ilustración: Hessie Ortega

Floreaban las alturas y, abajo, la penca envejecía en la maceta. Y aquello que era el desfallecimiento, abajo era la exuberancia floreciente arriba. Pronto, abejas, abejorros y colibríes comenzaron a rondar las flores en búsqueda de la dulzura del agave. Y las lavandas de la terraza comenzaron a ser abandonadas por las abejas que partieron hasta las flores de la penca.

Desde allá emprendían el vuelo al lugar desconocido de su colmena, cargadas de miel. En tanto, poco a poco, los primeros muñones en florecer quedaban yertos, marchitos, sin la vida que se habían llevado (volando) abejas y aves. Las desfallecidas flores que habían quedado sin néctar eran sustituidas por la siguiente floración del tallo.

En la terraza de la casa, las abejas cumplirían con una de las finalidades de su existencia: producir una cucharadita de miel, luego de haber recorrido (en sus ires y venires) hasta 500 kilómetros de vuelos. Esa miel será puesta en la mesa de algún viviente humano. Y de esa mesa arrancaría una parafernalia de actividades y consumos, una inasible abigarrada complejidad histórica: civilizaciones. En la terraza de las civilizaciones mueren pencas humanas al por mayor (para el mes de agosto, entre 130 y 150 mil al día), mientras en las alturas de esas agonías y fallecimientos florecen diariamente entre 320 y 350 mil bebés.

De manera que (ante mis ojos, y en sólo dos meses) había ocurrido una imperceptible y trágica metamorfosis vital: de los minerales en la maceta y del agua de riego, se había alimentado un cactus hasta tener la fuerza suficiente para levantar un enorme tallo de cinco metros de largo; arriba floreó hasta desfallecer la penca; entonces vino la abeja que succionó las flores hasta dejarlas exánimes, mientras se llevaba su ínfima cuota de mieles a la colmena, para fallecer ella misma tras un mes de arduo e ininterrumpido trabajo.

Ilustración: Hessie Ortega

Un humano degustaría aquella cucharada cafetera de miel y, feliz, proseguiría con su vida (que aquí ya no seguimos; pero que, aunada a la miles de millones de sus colegas humanos, está por dejar exhausto al planeta entero, como una penca marchita suspendida en el espacio estelar). En el capullo cerrado de la vida, invisible a nuestros ojos, ocurre esta metamorfosis de vida-muerte. Esa magnificente y misteriosa metamorfosis está teniendo lugar ahora mismo, en este mundo nuestro que nos angustia por su actual incertidumbre radical.

Hay en ese ciclo de vida-muerte una abigarrada concatenación de usos y consumos impagos

(donaciones) hasta llegar a Homo Sapiens (sitio donde las donaciones escasean). A saber: los humanos usan las abejas; las abejas, las flores; las flores, las pencas; las pencas, el agua y la tierra de la maceta. Litósfera, biósfera, antropósfera, como matrushkas de vida, feroz y trágicamente empotradas unas sobre otras.

Los viejos somos las huellas del marchitar de la vida cuando la vida ha florecido por encima de nosotros, arriba. Ley de vida. Insensato rechazarlo o intentar escapar a semejante proceso cósmico, envejecimiento y tragedia nuestra.

Somos los agonizantes (Agón, en sentido griego: lucha fiera) de vida; y, al serlo, vivimos (y también morimos) creando mundos y civilizaciones. Los viejos, como la penca marchita de la terraza, somos el testimonio mismo de la vida que, al erguirse, se ha hecho patente en las marcas de envejecimiento que exhibimos a lo largo y ancho de todo nuestro cuerpo, piel entera. Sólo hay que saber mirar por arriba de nosotros, a las alturas, para ver las huellas de nuestro florecimiento.

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