La vida de Calabacín
Cine

La vida de Calabacín

Una historia de adversidad y esperanza

Calabacín es un niño pálido de pelo azul y nariz roja. Las paredes de su cuarto están llenas de dibujos de casas que flotan entre nubes, gallinas y un superhéroe con el que representa a su padre ausente, mismo que dibujó también en un papalote. En el suelo hay libros, colores y latas de cerveza que su madre ha dejado por la casa. Una de ellas se convertirá en un objeto que atesora como un recuerdo de ella.

La vida de Calabacín es una película franco-suiza en animación stop-motion, estrenada en 2016. Lo más atractivo de ella es que no se aleja de su tono infantil para mostrar lo difícil que puede ser la vida de un huérfano. Por ella desfilan temas como el abandono, el abuso y la violencia familiar, sin necesidad de escenas sórdidas o decadentes, pero con la valentía de tratarlos de forma clara y directa.

Es dirigida por el suizo Claude Barras, ilustrador y cineasta que cuenta con estudios en antropología e imagen digital. El creativo había hecho antes cortometrajes en animación de dos dimensiones hasta 2006, cuando debutó en el stop motion con El genio en una lata de ravioles. Posteriormente haría Calabacín (2010), un corto donde se presenta al personaje y que funge como piloto para rodar su primer largometraje: La vida de Calabacín.

La comedia y drama es una adaptación de la novela Autobiografía de un Calabacín (2002) de Gilles Paris. Cuenta con un guión escrito por Céline Sciamma, una importante directora y guionista francesa que ha sobresalido por su producción de época Retrato de una mujer en llamas (2019).

Fue nominada a Mejor Largometraje de Animación en los Premios de la Academia, y seleccionada como Mejor Película de Lengua Extranjera en la edición 89 del mismo evento. Además se presentó en Cannes en la quincena de los realizadores del festival en 2016.

Claude Barras. Foto: lexpress.fr

LA ORFANDAD

La película comienza con un día común en la vida de Ícare, que pronto se presentará por el apodo que le puso su madre: Calabacín. Su ambiente se muestra desordenado, con dibujos en las paredes y cuadernos por todos lados.

En las primeras escenas, Calabacín recoge las latas de cerveza que su madre deja por la casa, y hace una torre con ellas mientras su papalote vuela anclado a su ventana. La relación que tiene con su mamá no se explica más que con escasas acciones, pero es notorio cómo él se esconde de ella y espera no molestarla. Se entiende que existe una falta de atención y que ella sufre de alcoholismo, además de que muestra cómo intenta golpearlo cuando él hace ruido con las latas.

El padre de Calabacín los abandonó, y cuando la madre fallece en las primeras secuencias, da inicio la nueva vida del niño. Él debe dejar su casa mientras hay una tormenta y los colores vivos del principio se oscurecen.

La vida de Calabacín cuenta con música de la multiinstrumentista Sophie Hunger, cuya participación acompaña las partes emotivas del relato de manera sutil. Cabe destacar la canción El viento nos llevará, que abre los créditos finales y que parece contener la carga emocional que se muestra en distintos momentos del filme.

La música establece un tono melancólico que acompaña, durante diversas escenas, a los personajes, quienes finalmente son niños que no muestran estas emociones complicadas todo el tiempo, sino que se divierten y se olvidan de sus problemas en distintas ocasiones, e incluso le dan sentido a sus experiencias a su manera, expresándolas y compartiéndolas de vez en cuando. Ya que se han acostumbrado al orfanato, su nuevo hogar, deben lidiar ahora con lo pasajeras que pueden resultar sus relaciones en el mismo.

Se hace hincapié en la manera en que los niños en situación de orfandad pueden verse afectados más por las pérdidas. Ya sea de una maestra que se ha tenido que ir para atender su embarazo, o la posibilidad de que una niña se quede con su tía y por lo tanto no vuelva al orfanato.

Foto: bandassonoras.com

Cuando alguno de ellos está en posibilidad de ser adoptado, los demás sienten una pérdida renovada, lo que se presenta en momentos donde mantienen silencios un tanto prolongados después de darse cuenta de ese sentimiento de soledad. Una de estas poderosas escenas destaca entre las demás al mostrar a estos pequeños viendo fijamente a un niño que es levantado por su madre tras un pequeño accidente.

LO VISUAL

Los adultos que aparecen en esas escenas se ven desvinculados de la realidad que viven los niños, o prefieren ignorarla por ser dolorosa, lo que los aleja de ellos y no les permite entenderlos.

En su diseño de personajes y escenarios, La vida de Calabacín utiliza colores vivos y texturas propias de lo hecho a mano, que remiten a la inocencia y la ternura. Se pueden apreciar telas de los vestuarios o detalles como una curita que tiene uno de los niños. Algunos objetos son de madera, y los edificios tienen paredes en las que se notan las capas de pintura. Los escenarios fueron realizados a detalle, así como elementos como pósters ilustrados de forma minimalista que aportan personalidad a lugares y personajes.

Cada niño tiene una forma diferente de cabeza y colores en su cabello o ropa que destacan su personalidad; todos tienen problemas que los distinguen de los demás. En Calabacín, el azul se nota en sus párpados, que, como los de los demás niños del orfanato, se notan con ojeras.

Simon, que es un niño más grande, se distingue por tener un poster de un cráneo que dice “metal” y por utilizar color rojo en su ropa.

Mientras que Alice, una niña que ha sufrido abuso sexual, esconde la mitad de su cara con el cabello para ocultar una cicatriz en su ojo. Beatrice sale del edificio cada que escucha a alguien llegar, con la esperanza de que sea su madre.

Foto: bandassonoras.com

RESILIENCIA

La vida de Calabacín recobra los colores vivos al poco tiempo de presentarse la situación de su protagonista. No se queda en un tono pesimista, sino que establece que la importancia de esta historia se encuentra en cómo los personajes hacen frente a las situaciones que se les presentan, por crudas que sean.

Calabacín, como el resto de los niños, juega y, a pesar de estar apesadumbrado cuando empiezan los cambios en su vida, encuentra una forma, infantil por supuesto, de explicar lo que le ha sucedido, aunque al principio cree que su madre está viva y quiere regresar con ella.

Simon, personaje con el que Calabacín interactúa al llegar al orfanato, es un niño de mayor edad y con intereses más cercanos a la adolescencia. Se relaciona de manera más bien agresiva con los demás, pero en cuanto Calabacín le hace frente, cambia su actitud abusiva a una de mayor complicidad. “Somos iguales, ya no hay nadie que nos quiera”, le afirma.

Una de sus funciones es descubrir la razón por la que cada niño está allí, así que al momento en que el protagonista puede compartir la respuesta a esta pregunta, Simón se abre de la misma manera y confiesa que sus padres se drogaban mucho.

Camille, una niña que llega tiempo después, es en quien descansa el conflicto principal, pues los niños intentarán salvarla de una tía que espera adoptarla solamente para obtener apoyo económico del gobierno.

La vida de Calabacín es una historia llena de ternura donde el sufrimiento no está presente todo el tiempo, sino que, como en la vida real, los niños no terminan de comprender la magnitud de los eventos por los que pasan, y encuentran un nuevo significado para los cambios que viven.

Es una historia sencilla y divertida, con una resolución de conflictos también bastante simple, que sobresale por el hecho de hablar sobre el sufrimiento de los niños sin ser condescendiente con ellos. La película cree en la capacidad de comprensión por parte de su público, y toma la responsabilidad de tratar ciertos temas duros.

Calabacín termina su historia enviando una carta: “Querido Simon, tú decías que el hogar era un sitio para aquellos que ya no tienen a nadie que les quiera. Estás equivocado porque nosotros no te hemos olvidado. Ni hemos olvidado a los demás”.

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