La economía al ras de un virus
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La economía al ras de un virus

Los estragos de la pandemia en el sector informal

El destino que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) predice para las personas que laboran en el sector informal en América Latina es funesto: “morir de hambre o por el virus”, sostiene; porque quienes integran esta rama de la economía viven al día, sin ingresos suficientes como para ahorrar y sobrevivir al encierro temporal, sin servicios de salud adecuados o seguros médicos que les permitan enfrentar la pandemia. Los comerciantes informales tienen que salir a la calle todos los días, con o sin epidemia, para ganarse el sustento. Esta realidad los enfrenta al dilema planteado por el organismo internacional. El problema se magnifica cuando se sabe que la economía informal es el motor del 90 por ciento de los empleos en los países de ingresos bajos y medios, como México.

En su informe sobre la economía informal y la COVID-19, publicado en mayo de este año, la OIT calcula que por lo menos mil 600 millones de habitantes del mundo, con actividades económicas calificadas como informales (vendedores ambulantes, trabajadores domésticos, comerciantes y agricultores, entre otros) es el sector más afectado por la pandemia; en especial las mujeres que tienen mayor representación en esta área.

Los trabajadores informales no tienen un medio para reemplazar el ingreso que perciben al día. “No trabajar y quedarse en casa significa perder sus medios de vida”, sostiene el informe citado.

El problema no es menor porque, de acuerdo a sus estimaciones, la economía informal es la que está moviendo al mundo. En este año se calcula que por lo menos dos mil millones de trabajadores participan en este sector, y ellos representan el 62 por ciento de la fuerza laboral global. “El empleo informal representa el 90 por ciento del empleo total en los países de ingresos bajos, el 67 por ciento en los de ingresos medios y el 18 por ciento de los países de ingresos altos”.

Foto: Durango

Y más: ocho de cada diez empresas en el mundo navegan en el mar de la irregularidad. Son los que arriesgaron su capital para montar esa fondita a mitad de cuadra donde trabajan los integrantes de la familia, son los dueños del puesto de gorditas o de tacos, son la tienda de regalos, son los que pregonan productos en la calle, son los que lavan el auto, quienes asean el hogar o quienes montaron su taller de hojalatería, son los agricultores que generan alimento para los citadinos, son los mismos también que han mostrado su solidaridad evitando el despido en la medida de lo posible.

La OIT pone el acento en los trabajadores del campo. Más de 500 millones de agricultores que producen alimentos para el mercado urbano viven el riesgo constante de la paradoja: quedarse en casa y morir de hambre, o salir y morir por el virus. El cierre temporal de los centros de abasto y las medidas de contención social impuestas para proteger a la población, impacta a los agricultores con mayor fuerza de como lo haría el virus. “Los mercados de alimentos desempeñan un papel fundamental para garantizar la seguridad en muchos países, tanto como fuente de alimentos como un lugar para que los pequeños agricultores vendan sus productos; su cierre conducirá a una mayor inseguridad alimentaria y pobreza”, refiere el documento de la OIT.

La situación genera un dilema para los gobiernos. Los golpes a la economía han sido contundentes para cientos de millones de trabajadores, en tanto el coronavirus ha cobrado la vida de 200 mil personas hasta abril de este año. ¿Acaso será por eso que a mediados de septiembre el sector salud de México determinó que 27 estados de la república cambiaban el estatus del semáforo epidemiológico de rojo a amarillo? La catástrofe económica avanza con mayor celeridad que el virus.

Las mujeres conforman la mayoría del grupo de trabajadores informales. Foto: El Universal

LA RESPUESTA A TODOS LOS NIVELES ES: DINERO

Los empresarios formales, representantes de las grandes industrias, han exigido del gobierno mexicano respaldo financiero para salvar la crisis; a cada petición pública el presidente mexicano responde “no” y reiteradamente se refiere a la época de los rescates financieros, como el Fondo Bancario de Protección al Ahorro (Fobaproa) que vino a cubrir el desfalco de los banqueros en los sexenios de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo.

Por su parte, la OIT dice sí al respaldo financiero público hacia los empresarios, pero a los informales: “Los gobiernos deben ofrecer respuestas inmediatas para abordar las consecuencias de la pandemia COVID-19 sobre la economía informal en sus primeras etapas, mientras apunta a áreas que necesitan una inversión sostenida en el futuro para garantizar el bienestar y el trabajo decente de los trabajadores y empresas en la economía informal”.

Un intento por cubrir esta recomendación son los créditos para estimular y reactivar la economía, “créditos para el bienestar”, entregados por el gobierno a la población. Al 21 de septiembre de este año, la administración federal reportó la entrega de 24 mil millones de pesos repartidos en pequeñas localidades del país, beneficiando a 997 mil 746 personas con 25 mil pesos cada una. Sin embargo, la entrega de este crédito no va del todo dirigida a informales, porque entre los requisitos para ser beneficiado se tenía que reportar a algún trabajador inscrito en el Instituto Mexicano del Seguro Social, por lo tanto, no se cumple a cabalidad lo que propone la OIT.

De no respaldarse con amplitud al trabajador informal, la pobreza podría incrementarse en un 21 por ciento al final de la pandemia, calcula el organismo internacional.

La pobreza podría incrementarse en un 21 por ciento al final de la pandemia. Foto: Durango

ACORRALADOS

Los riesgos específicos asociados con COVID-19 exacerban las principales vulnerabilidades de los trabajadores pobres en el sector informal de la economía. En las zonas urbanas, incluso si se quedan en casa, estos trabajadores y sus familias siguen expuestos al virus debido al hacinamiento y las malas condiciones de vida que hacen que el distanciamiento físico sea casi imposible. Falta del acceso al agua corriente no solo limita las posibilidades de lavarse las manos, a menudo obliga a las mujeres a hacer fila para beber agua, poniéndose en peligro a sí mismas y a su comunidad. Los trabajadores de la economía informal, especialmente en las zonas rurales, están mal informados sobre el virus, sus síntomas y medidas preventivas como el distanciamiento físico. Si ellos continúan trabajando, generalmente no tienen acceso a personal ni a equipos de protección y estaciones de lavado de manos. El distanciamiento físico es difícil de aplicar por quienes trabajan en la informalidad”, señala el informe de la oficina de la Organización de las Naciones Unidas.

EL PESO DE LA ECONOMÍA

La pandemia pone al descubierto la vulnerabilidad de los millones de personas que se ganan la vida en la economía fuera de la ley, “y sirve como recordatorio de la necesidad crucial de hacer la transición del informal a la economía formal”, reitera el análisis de la OIT.

¿A quiénes les conviene la informalidad? La propia organización internacional recuerda que el trabajar al margen de la legalidad es un obstáculo para el desarrollo y para la reducción de la pobreza; formalizar el empleo es la alternativa para el desarrollo, para obtener un estado de bienestar, pero la transición parece un camino obstruido intencionalmente.

Al salir de la crisis de COVID-19, debe haber un determinado movimiento en esa dirección”, recomienda la OIT, sin considerar la variable corrupción en el caso mexicano, que está metida en la médula como un cáncer social que impide la concreción de un Estado benefactor, como ocurre en las economías capitalistas donde los altos impuestos se aplican al sector salud para que este servicio sea universal.

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