Mi más sentido pésame
Opinión

Mi más sentido pésame

Miscelánea

Como de entre mis manos te resbalas

Oh, como te deslizas vida mía…

Francisco de Quevedo

Con enorme tristeza, le notifico pacientísimo lector, que así nomás, sin previo aviso ni preparación alguna para enfrentar el salto al vacío, envejecí; y aún no se si me decida a aceptar tan violenta realidad. Se me ocurre pensar todo esto mientras como sola en un restaurante.

El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”, dijo García Márquez, el problema es que a mi la soledad me gusta sólo cuando la administro yo: ahora sí, ahora no; pero no cuando la vida me la impone: los hijos que se han ido, los nietos que me quieren de lejitos, mis compañeros de letras que durante treinta años llegaron cada jueves a compartir sus textos, sus libros, su inteligencia y su entusiasmo, ahora puntuales cada jueves, aparecen en mi pantalla para sesiones virtuales.

Tengo la impresión de que ya les gustó, porque se niegan a salir del confinamiento. Todo eso, más una casa que sin nadie con quién compartirla, me va quedando muy grande. Pero bueno, estaba en que me sentía desgraciada comiendo sola en el restaurante, cuando frente a mí, ocupó otra mesa una familia: papá, mamá y dos varoncitos: un adolescente que con bocinas en los oídos y el teléfono en la mano, estaba en otra dimensión. El papá y el pequeño no despegaron los ojos del futbol que se jugaba en las pantallas del restaurante, y la mamá disfrutaba la compañía de su familia con cara de asco.

Difícilmente cruzaron entre ellos tres palabras durante la comida. Esos están más solos que yo, me consolé. Puede ser que mi estado de ánimo ande afectado por la reciente noticia de mi vejez y por la muerte de tres amigos cercanos que ni siquiera murieron por ese asesino serial que llaman virus, sino simplemente porque estaban vivos y pues ya se sabe, lo único que se necesita para morir, es estar vivo. No debería quejarme, he tenido una larguísima y aceptable vida. El caprichoso azar que pudo arrojarme en cualquier rincón oscuro, me depositó en nuestro planeta en un momento en que éste era todavía joven, verde y abundante.

Tuve un padre atrabancado y una madre cenzontle que cantaba y lloraba en la misma proporción, cuatro abuelos que me enseñaron cosas tan fundamentales, como que las etiquetas de la ropa van del lado de la espalda, y que hay que lavarse las manos después de comer y antes de ir al baño. Dos maridos... (uno a la vez, claro), cuatro hijos, siete nietos y muchos libros que me abrieron las puertas del mundo y me siguen proporcionando aventuras fascinantes. Crecí entre árboles frutales y matas de café.

Un tren que pasaba al fondo de los herbazales, estimulaba en mi imaginación toda clase de fantasías. Por las noches me arrullaron los grillos y capturé luciérnagas. Arrullé preciosas muñecas, jugué a la comidita, salté la cuerda, y la escuela fue una de mis grandes alegrías, y no porque me gustara estudiar (que sí me gustaba) pero lo mejor eran los juegos y las compañeras entre las que descubrí la amistad, pero también el chisme y la envidia que me acompañarían para siempre.

Me incendié en la arena ardiente de mi mar jarocho, aunque los días siguientes ardiera en calentura por la insolación. Así fue como la vida me fue viviendo, siempre en tiempo presente, no había espacio para futurear. Los viejos eran mis abuelos, cuando ellos murieron, mis padres se hicieron viejos también y qué curioso, nunca se me ocurrió que si seguía de terca vive y vive, envejecería yo también.

No debería quejarme y sin embargo me quejo; las cuentas siguen sin salirme, me dijeron que los viejos eran sabios, y yo sigo jugando a la comidita. Ahora me siento un barco con los motores a todo lo que dan, sin más puerto que el panteón. Cosa extraña es el hombre: nacer no pide/ morir no quiere.

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