¿El burro o el elefante?
Reportaje

¿El burro o el elefante?

Biden y Trump: la recta final

Cuatro años han pasado desde que Donald Trump, como candidato de los republicanos, sorprendió al mundo al derrotar en el Colegio Electoral a la aspirante demócrata Hillary Clinton, quien tenía una clara tendencia a favor en el voto popular, pero cuyo aparente favoritismo sólo se quedó en eso.

Ahora todos los estadounidenses que gozan del estatus de ciudadanos con mayoría de edad, están llamados a las urnas nuevamente con una misión: elegir entre el elefante (partido Republicano) o el burro (partido Demócrata). Algo que sería menos caótico en otras circunstancias dentro de la Unión Americana, sino se vislumbraran tiempos de extrema polarización, crisis económica y sanitaria, a consecuencia de los resultados de una administración a manos de un empresario cuya gestión ha sido polémica, aplaudida y rechazada.

El sí o el no a la continuidad del gran elefante (Donald Trump) al frente de la Casa Blanca tendrá repercusiones no sólo en Estados Unidos, debido a que la balanza siempre tiene su contrapeso. La "antítesis" del republicano, al menos en cuanto al manejo y entendimiento de lo que debe ser la política estadounidense, tiene nombre y apellido: Joe Biden. Según lo describen analistas, se trata de un funcionario de carrera, cauteloso y más diplomático, que busca conquistar el Colegio Electoral que definirá la presidencia estadounidense.

La carrera no es sencilla para los contendientes por la Casa Blanca y los votantes son el vivo reflejo de ello, pues los discursos de ambos políticos no parecen atraer intereses más allá de sus bases electorales ya definidas y las necesidades son tan dispares como la megadiversidad sociocultural que históricamente ha definido a Estados Unidos.

POLÉMICA ESTRATEGIA VS. CAUTELOSA ESTRATEGIA

Las estrategias electorales parecen compartir algunas similitudes sutiles, sin embargo, existe un abismo entre ambas que resulta evidente, incluso para quienes desconocen de manera detallada lo que cada uno propone desde su trinchera.

Podemos comenzar por ejemplificar los discursos de Trump y Biden en temas raciales, que difieren en lo que muchos considerarían absurdo por la incompatibilidad de ideologías.

Donald Trump representará al partido republicano. Foto: Behance / Piotr Lesniak

Tantas veces se ha escuchado al gran elefante de la Casa Blanca dando discursos xenófobos, clasistas y racistas en la televisión y Twitter; no es secreto que Trump fielmente representa, al menos hasta ahora por sus resultados electorales del 2016, a un sector estadounidense muy específico, el cual está compuesto principalmente (con sus excepciones) por ciudadanos de mediana y avanzada edad que pertenecen a la clase trabajadora, emprendedora, mayoritariamente blanca y conservadora.

Biden, por su lado, en su discurso como demócrata apela a la unidad totalitaria y muestra de ello es su lema de campaña, una frase sencilla pero con gran poder dentro de la sociedad estadounidense: We the people (Nosotros, el pueblo), preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos de 1787.

Su estrategia apunta a la diversidad. Una prueba fue designar a la senadora por California, Kamala Harris (quien se describe como afrodescendiente pese a que sus padres son de ascendencia india y jamaicana) como su candidata a la vicepresidencia, quien propone, entre otras cosas, apoyos a migrantes y el mantener el Programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés), mismo que el elefante ha buscado desaparecer en más de una ocasión.

El discurso de Trump evolucionó ligeramente. El miedo y la división siguen siendo el eje central de su narrativa, pero ahora el enemigo del pueblo es otro, y con ese mismo discurso él seduce a la comunidad hispana, y no sólo a los votantes blancos.

Si parafraseamos al elefante en un discurso dado en agosto en el estado de Florida, el socialismo produce pobreza, genera odio, división, tiranía, y es ese el enemigo que los votantes deben impedir.

¿Pero a quién representa el socialismo según el político republicano?

Cuando dio inicio la convención republicana en agosto, y Trump, pese a la pandemia, celebró un mitin masivo para agradecer su nominación como candidato a la reelección en un voto unánime, el optimismo prometido en días anteriores dio un giro de 180 grados, que si bien fue drástico, no terminó siendo del todo sorpresivo dada la tan característica personalidad del presidente.

Los enemigos de la Unión son diversos, y presentar la posibilidad de que estuvieran ya en suelo americano, como parte de una estrategia electoral, no era algo que no se contemplara. Recordemos la narrativa del 2015 cuando calificó a la comunidad mexicana como el némesis estadounidense.

Joe Biden, representante del partido demócrata. Foto: Behance / Piotr Lesniak.

Pero ahora son los del partido representado con la figura del burro, quienes según Trump, "quieren quitar los fondos a la policía, dejar pasar indocumentados, poner fin al muro de la frontera común con México"; esa es la línea principal contra los que califica como "una izquierda radical" que se han apoderado del partido Demócrata y buscan empujar al país hacia un "régimen socialista" y que tiene un plan para conseguirlo: la COVID-19 y el voto por correo.

El discurso se ha vuelto estratégico, principalmente dirigido a la comunidad cubana y venezolana-estadounidense. “El socialismo o nosotros”, se escuchó decir a Donald Trump durante la convención. El objetivo no era más que infundir miedo pero también obtener votantes.

Sobre esa misma línea el analista político Antonio Michel aseguró que los discursos del presidente únicamente tienen como fin el afianzar su base electoral, misma que difícilmente puede ampliarse.

Un caótico Donald Trump dejó en Cleveland, durante el debate presidencial, lo que Michel considera “una proyección de su personalidad” y reforzó la idea de que el republicano no presentó nada nuevo a otros eventos celebrados con anterioridad a la fecha del cara a cara contra Biden.

El analista recordó que en aquella ocasión el elefante se presentó hostilmente atacando a su rival político con temas personales, tales como su trastorno del habla y la adicción de Hunter Biden, hijo del demócrata, mientras que él (lo que asegura representar) se mostró a América con su conocida “picardía y aire de arrogancia”, pero recalcó que sus afines ya lo conocían así en el 2016 y es algo que les agrada.

Que no se guíe por los protocolos, que sea impulsivo; a su base no la pierde, ellos lo defienden porque creen que (Trump) ha sido buen presidente y ha sabido complacer a esos grupos que lo apoyaron”, puntualizó Michel.

Trump necesitaba de ese debate para sacudirse una campaña presidencial que se estaba volcando en su contra, principalmente por los temas raciales, la pandemia y la crisis económica, pero que pese a los choques de frente, se mantiene estable.

El debate de septiembre, al igual que a lo largo de su carrera presidencial de cuatro años al frente de Washington, fue caótico. No obstante, poco se compara con lo vivido en este año y ese cara a cara fue la muestra concreta.

El presidente se había vanagloriado de su gestión en Washington, “la economía va mejor que con Obama (antecesor de Donald Trump)” se le ha escuchado decir frecuentemente, “la generación de empleo ha sido la mayor en la historia de los Estados Unidos”. En cambio son tendencias que se mantenían por la administración federal previa (de Barack Obama), dijo Michel.

Donald Trump trabajando en una sala de conferencias mientras recibe tratamiento después de dar positivo por COVID-19 en el Centro Médico Militar Nacional Walter Reed en Bethesda, Maryland. Foto: EFE Bethesda

En primer lugar, la pandemia vino a suponer un revés total para las políticas que el elefante estaba mostrando a la Unión Americana y al mundo. Un cierre total obligatorio de los mercados mermó la salud de los estadounidenses y consecuentemente su economía.

Ya no importaba si las finanzas tenían un crecimiento exponencial; la recesión era inminente, por lo que entró a relucir su más polémica estrategia de campaña: la politización de la pandemia.

El enemigo invisible del SARS-CoV-2 fue un duro golpe en el discurso político de Trump, pero el mandatario que se muestra como un negacionista de lo que los expertos científicos han dicho en diversas áreas, no tardó en rebajar la gravedad de la pandemia, y así pronto polemizó, acción que impactó fuertemente a la sociedad y a los mercados internacionales.

Rebajar la COVID-19 y comparar su gravedad con la gripe común, fue el inicio de la estrategia política negacionista, que fue compartida por algunos miembros de su partido.

Como era casi lógico y esperado, el cara a cara de septiembre abrió precisamente con el tema de la pandemia (algo desventajoso para el presidente con un país que supera los ocho millones de contagios confirmados y más de 200 mil muertes), pero Trump de manera tajante se jactó de que su gestión evitó más muertes, pero la forma en que presentó su política en Cleveland, con constantes gritos e insultos, alertaron a más de un aliado y partidarios republicanos.

Biden fue cauteloso en ese primer encuentro. Hasta llegaron a considerarlo sumiso ante la efusividad del presidente que constantemente lo interrumpía, sin embargo, el demócrata buscó apoyarse en las ideologías del partido sin ser demasiado agresivo para ahuyentar a los votantes moderados antiguamente republicanos y alejados de Trump.

De acuerdo con la perspectiva de Lorenzo Meyer, doctor en Relaciones Internacionales y profesor emérito de El Colegio de México, esa es la gente que busca afianzar Joe Biden.

Meyer recalcó que “ya no es seguro que sus antiguos baluartes electorales en estados que no son de gran población, pero sí son estratégicos, vayan a ir a favor de Trump”, y subrayó que el “trumpismo blando” es el que podría alterar el resultado de los comicios.

Recordemos que el presidente Trump contrajo COVID-19 a inicios de octubre, pocos días después de celebrarse el debate presidencial.

Meyer puntualizó que si no hubiera pandemia “puede que sí ganaría Trump sin necesidad de estos recovecos que ahora está experimentando”, y sentenció que la inesperada situación sanitaria provocó un estado de desesperación en él, puesto que la economía tenía un impulso hacia arriba.

Al menos 30 millones de estadounidenses han perdido su empleo a consecuencia del coronavirus. Foto: Behance / Martin Tognola

En esa misma línea, recalcó que la “sed de poder (del presidente) es tal, que tergiversa la gravedad de la pandemia a costa de que la economía continúe”.

Biden es más cauteloso. En más de una ocasión el burro se mostró a favor de que la economía no se paralizara, al menos no del todo. Pero el discurso usualmente trató de opacarse ante la narrativa trumpista de que “la izquierda radical” terminaría por arruinar financieramente al país.

El discurso más moderado del demócrata, concordó Antonio Michel, estuvo encaminado principalmente en cuántos indecisos y republicanos moderados podía atraer y ello relució con sus propuestas financieras y de acción contra el virus.

Por un lado, se destaca que Biden dictaría el uso obligatorio de la mascarilla de llegar a la Casa Blanca, algo que Trump ha rechazado tajantemente; así como que permitiría la apertura de ciertos sectores económicos para evitar más contagios, y por el otro impulsaría el fracking (fracturación hidráulica para la extracción de gas y petróleo del subsuelo); entre otras políticas energéticas en una nación aún con una fuerte dependencia hacia los combustibles fósiles, esto pese a los intentos de migrar a energías verdes que, de acuerdo con el demócrata, ahorrarían miles de millones de dólares.

Desde que inició la carrera por la presidencia, el burro también ha ido modificando su estrategia electoral a lo largo de la pandemia, y los tintes nacionalistas (al igual que con Trump) están presentes.

La propuesta económica, asimismo está vinculada con la respuesta contra la COVID-19. Según cifras oficiales del Departamento del Trabajo, al menos 30 millones de estadounidenses han perdido su empleo a consecuencia del coronavirus y de acuerdo con Biden “cerca de uno de cada seis pequeños negocios echaron el cierre” y por ello prometió al menos cinco millones de nuevos empleos en las áreas manufacturera y tecnológica.

Que el futuro sea fabricado en Estados Unidos”, es una frase a la que recurre el burro y que comparte narrativa con el fuerte discurso proteccionista del elefante, pero según el demócrata todas esas inversiones que requerirá el país para apoyar al empleo y otros sectores, se pueden pagar acabando con los vacíos y “la dádiva de Trump de 1.3 billones de dólares en impuestos al 1 por ciento más rico del país y a las corporaciones más rentables, algunas de las que ni siquiera pagan impuestos”.

Esa alza en el gravamen es para quienes tienen ingresos superiores a los 400 mil dólares anuales, sin embargo la campaña de Trump ha dictado que eso no es cierto y el impuesto será aplicado a la población en general. El burro ha recalcado que no está “buscando castigar a nadie, lejos de ello, pero ha llegado el momento de que los más adinerados y las grandes empresas paguen su parte”.

Biden ha sido cauteloso en su campaña. Foto: EFE Cleveland

Según Lorenzo Meyer todo esto podría ser efectivo siempre y cuando Biden "simplemente se comporte como gente sensata para que el contraste sea evidente", además señaló que "no necesita y además no lo está haciendo (a lo mejor porque no puede), un discurso extraordinario, de gran inteligencia o que a nadie se le hubiera ocurrido, porque el contraste entre cada uno es cada vez más obvio".

El analista puntualizó que el demócrata necesita salir y hacer mítines, pero "comportarse como lo ha venido haciendo". Prosiguió diciendo que si tiene un discurso económico, “no aceptó el de la izquierda, del senador (Bernie) Sanders, que le quiere dar al Gobierno un papel decisivo para aumentar el fisco y entonces dar la salud gratuita a todos y educación universitaria”.

Ese es el discurso que el presidente Donald Trump tilda de socialista y es el mismo con el que ha buscado infundir miedo en las masas; sin embargo, éste solamente parece tener un fuerte y claro impacto en su base electoral, principalmente en la comunidad hispana de Estados Unidos.

No es ningún secreto que el burro, por ese motivo, sea bastante cauteloso a la hora de hablar hacia todos aquellos que están inscritos en el padrón electoral de la Unión, pues el temor al “ala radical” del partido Demócrata podría ser una de las principales causas de la abstención al voto y por ende la pérdida de presencia en estados clave.

Meyer señaló que Biden, al distanciarse de Sanders, está apuntando hacia un arco ideológico en el centro. De esa manera, al desmarcarse del senador y a su vez del elefante, está buscando atraer a todos aquellos que se encuentran en el medio, que es donde el burro estima que está la mayoría.

Asimismo considera que “los izquierdistas que precisamente no apoyan las ideas de Biden, con tal de no apoyar a Donald Trump, pues tienen que aceptar que tienen que votar (por Biden) aunque no les guste, pero es que están entre algo malo para ellos y algo horrible que es Trump”.

Al respecto Antonio Michel dijo que a su perspectiva “lo preocupante aquí para Joe Biden no es en sí cuántos votantes gane Trump, sino cuánta gente esté motivada para votar… porque si en las elecciones pasadas tuvieron una participación baja, ahora con las complicaciones y limitaciones de la pandemia va a bajar un poco más”.

Bernie Sanders, excandidato presidencial demócrata, y Joe Biden. Foto: EFE Charleston

VOTANTES, ¿UNIDOS?

Entre el gran abanico de propuestas que presentan ambos candidatos surge el cuestionamiento ¿Qué tan unida está la base electoral republicana y demócrata?

Una sociedad heterogénea como lo es Estados Unidos supondría que no hay mucha concordancia de ideologías; en cambio el músculo de los votantes republicanos se ha caracterizado, a comparación del de los demócratas, por congeniar.

Los votantes republicanos han sabido mantener sus estados con sus representantes y líderes de partido porque compaginan de una manera más sencilla en temas sociales y económicos, entre otros.

Michel ejemplifica eso y recalca que “la base firme de votantes republicanos que en los 90, de acuerdo con estadísticas de Político, era del 89 por ciento ahora ha bajado a 75 por ciento por concepto de votantes que se identifican así (blanco y republicano), mientras que por los demócratas ha bajado al 38 por ciento. Lo cual dice que muchas minorías raciales se identifican con ellos (demócratas)”, pero sentenció que esto deriva en un espectro ideológico mucho más amplio.

Al igual que Meyer, Michel puntualizó que los seguidores de Bernie Sanders no son los mismos que los de Joe Biden o demás líderes demócratas, lo que confirma una polarización y eso evita que todo el músculo de ese partido se sienta firmemente representado. Es justo ahí donde se desmarcan los analistas, pues Antonio Michel prevé que eso derive en que muchos electores no ejerzan su voto para alguno de los dos candidatos.

De acuerdo con Thomas B. Edsall, en su columna para The New York Times del 24 de abril del 2019 ¿Por qué los demócratas no han ganado (abrumadoramente) el voto latino?, surge la interrogante de por qué en ese sector de la población no tienen un margen de ventaja de 80 a 20 o quizá de 90 a 10, como ocurre con la población afrodescendiente.

La respuesta a esa disyuntiva a grandes rasgos es que, si bien es el mayor sector poblacional minoritario en Estados Unidos con la tasa de crecimiento más rápida, su participación política no alcanza los mismos niveles que su población total.

De acuerdo con el Centro de Investigaciones Pew, el número de votantes latinos para las elecciones intermedias sí tuvo un crecimiento y ha sido constante, pues de 2.9 millones que se contabilizaron en 1986, alcanzaron los 6.8 millones en 2014.

Pero en 1986, la tasa de participación latina fue de 38.7 por ciento y en 2014 esa tasa bajó a un 27.1 por ciento; si el porcentaje de la comunidad latina en 2014 se hubiera mantenido al mismo nivel que en la segunda mitad de la década de 1980, los hispanoestadounidenses hubieran utilizado 9.7 millones de boletas en lugar de 6.8.

El número de votantes latinos ha tenido un crecimiento constante. Foto: Behance / Katty Huertas

La tasa de participación y el nivel de apoyo son datos muy diferentes, sobre todo en la política estadounidense. Mientras que los latinos registraron una tasa de participación de 27.1 por ciento en 2014, su apoyo a los candidatos demócratas para la Cámara de Representantes fue del 62 por ciento, mientras que para los republicanos fue sólo del 36 por ciento de acuerdo con NBC News.

EL POSIBLE FRAUDE

La inquietud de Trump de perder la carrera por la reelección para la Casa Blanca está infundada en que la ausencia presencial en las urnas no permitirá que el voto sea “legal”.

El viernes 16 de octubre, de acuerdo con datos del Proyecto Electoral de Estados Unidos, se registró un histórico anticipo de 22 millones de sufragios ejercidos, principalmente motivados por la pandemia.

El total de esos sufragios corresponden al 16 por ciento de los votos emitidos durante las elecciones del 2016, incluso cuando a esa fecha algunos estados no reportaban sus totales y los votantes contaban con poco más de dos semanas para ejercerlo.

En contraste, para la misma fecha cuando el elefante ganó la presidencia, tan sólo se habían emitido seis millones de votos, y de acuerdo con una encuesta realizada por la Comisión Electoral de Estados Unidos, en 2016 un cuarto del electorado (aproximadamente 33 millones de estadounidenses) eligió a su candidato por correo.

Cabe recordar que el elefante hizo un llamado a sus simpatizantes a no estar tranquilos y que fueran “a las urnas y vigilaran con mucho cuidado”. “Si veo decenas de miles votos siendo manipulados, no lo podré tolerar”, aseguró. Incluso llegó a afirmar que cuenta con el Tribunal Supremo en caso de haber problemas con el recuento de los votos y amagó con abandonar el país de ganar Biden la presidencia.

De acuerdo con Lorenzo Meyer, las descalificaciones al sistema electoral “tienen sentido para desacreditar un triunfo mayoritario de los demócratas, y entonces lanzar la última decisión, si no queda en el Colegio Electoral, en la Suprema Corte”.

Estados Unidos es el ejemplo de que la legitimidad de la elección depende de que el que ha sido derrotado, acepte su derrota… el caso más reciente es de Albert “Al” Gore (exvicepresidente de la Administración de Bill Clinton) que aunque ganó por mayoría con la decisión de la Suprema Corte, en torno a que en Florida no se sabía realmente si los votos habían sido bien contados o no, tuvo que aceptar su derrota, aún sabiendo que había ganado, pero era para legitimar al sistema”, explicó.

De existir la posibilidad de fraude, se investigará el caso. Foto: Behance / Agent Illustrateur

El analista aseveró que “Trump es exactamente lo contrario, no está dispuesto a sacrificar su ganancia en función de que el sistema siga, por lo que ha introducido la idea de que va a haber fraude”, situación que consideró interesante pues es el presidente el que lo plantea, lo que calificó como “los patos disparándole a las escopetas”.

Meyer comentó que “al plantear esta duda (Trump) pone en marcha el mecanismo, a lo mejor sí o a lo mejor no, de que la Suprema Corte tome la decisión, donde precisamente los republicanos tienen la mayoría… Por eso tiene mucho sentido desde el punto de política brutal, en donde la parte brutal no importa”, y sentenció el analista, “yo quiero mi segundo periodo (Trump) cueste lo que cueste”.

Por tal motivo el profesor emérito dijo que “sí, si tiene sentido para él, para el sistema político norteamericano en su conjunto no”.

Por su parte, el burro no ha jugado con la idea de un probable fraude. Biden, al igual que su compañera de fórmula, Kamala Harris, han llamado a ejercer el voto con tranquilidad, yendo a las urnas o siguiendo los lineamientos que establece el Servicio Postal de Estados Unidos, el cual recomienda, entre otras medidas, “hacerlo lo más pronto posible”, para que de esta manera no exista un retraso en la votación.

Algunas opiniones de Lorenzo fueron compartidas por votantes, que subrayaron que de existir la posibilidad de fraude debería ser investigado, tal y como indicó Armando Esquivel, nacido en El Paso, Texas y residente de Saint Louis, Missouri, quien sí ejerció su voto.

Similar fue el posicionamiento de Steve Edward Hernández Gutiérrez, nacido en Long Beach, California y actual ciudadano de San Antonio, Texas, quien no dudó de calificar toda la polémica del fraude como un “circo ridículo”, motivo por el cual rechazó votar en las elecciones presidenciales.

En cuanto a Rodolfo Vargas, un oriundo de Matamoros, Coahuila, de 29 años de edad que radica en Colorado y hace dos años obtuvo la nacionalidad estadounidense, dijo que las “probabilidades de fraude son pocas” y no considera que eso pueda ser un factor decisivo el 3 de noviembre.

Rodolfo Vargas. Foto: Facebook

LA COMPLEJIDAD DEL COLEGIO ELECTORAL

¿Cómo definir el modelo electoral que impera en Estados Unidos? Esa es la gran interrogante, y es que los sistemas que emplean para elegir a sus representantes son vastos y complejos.

En otras votaciones que se llevan a cabo en Estados Unidos, los candidatos son elegidos por medio del voto popular, pero eso no ocurre cuando se trata de las elecciones para definir al presidente y el vicepresidente, pues los ganadores son elegidos a través de los llamados “electores”.

De acuerdo con el sitio oficial del Gobierno de Estados Unidos en español, utilizar “electores” está establecido en la Constitución y es “un punto medio entre un voto popular ciudadano y una votación en el Congreso”.

Cuando un ciudadano ejerce su voto, este pasa a un conteo estatal. En 48 estados y en Washington D.C. el ganador obtiene todos los votos electorales, sin embargo Maine y Nebraska asignan a sus electores usando un sistema proporcional.

El elefante y el burro requerirán de al menos 270 electores de un total de 538 para definir la reelección o un nuevo mandato en Washington D.C. En la mayoría de los casos, esto se ha logrado proyectar la misma noche del 3 de noviembre. Sin embargo la votación del Colegio Electoral, que es la que define al ganador de la administración entrante, tendrá un resultado oficial hasta diciembre.

Lorenzo Meyer recalcó que esa fórmula “quizá tuvo sentido hace más de 200 años y estaba pensada para que la opinión pública mayoritaria de entonces (votantes masculinos y blancos) no se fuera a equivocar”, y sugirió que precisamente “el Colegio Electoral estaba para aminorar los impulsos de la plebe”.

Calificó como curioso que mantuvieran el sistema “cuando ya no tenía mucho sentido, cuando ya se sentían particularmente deseosos de mostrarle al mundo que eran la democracia liberal más avanzada y casi perfecta”, sin embargo, detalló que “se dejó de lado el tema (de cambiar a un sistema mayoritario) y resultó realmente un problema inmenso el que, precisamente (ese sistema), de las últimas ocho elecciones presidenciales, en siete los demócratas tuvieron mayoría pero no siempre la presidencia”.

Dijo que “lo de Trump no es el caso único”, por lo que detalló que “entre el Colegio Electoral y la Suprema Corte hay dos estructuras que no definen de manera clara y precisa lo que es el voto de la mayoría de quienes tienen la calidad de ciudadanos”.

El analista aseguró que el sistema tenía sentido en sus orígenes y sentó las bases del estereotipo del político norteamericano, considerados “personas educadas, sensibles con la población” y buscaba mantener precisamente esa línea, “no obstante llegó a la Casa Blanca alguien que es totalmente lo contrario”.

Donald Trump hablando frente a cientos de sus partidarios durante su mitin de campaña Make America Great Again en Sanford, Florida. Foto: EFE Sanford

Sentenció que por tales motivos “existe un problema de fondo que ahora nos impide verlos como la mejor democracia del mundo”, sin embargo los votantes Armando Esquivel y Steve Hernández opinaron lo contrario.

Esquivel aseguró que “el Colegio corresponde a las necesidades de las personas que representan” y rechazó la implementación del voto mayoritario. El votante nacido en El Paso dijo que “el sistema mayoritario en Estados Unidos sería malo porque la gente es muy inestable y se podría dañar a la minoría”.

Por su parte Hernández dijo que “es necesario tener (el Colegio Electoral) para balancear el voto, porque el enfoque de la mayoría le daría más poder a los estados con poblaciones altas, las cuales, por lo general votan demócratas, como son el caso de California, Nueva York e Illinois”.

Aseguró que “por ahora será aún más interesante, pues con el coronavirus se ha forzado a muchos a trabajar desde casa y ha resultado en que millones de personas evacúen ciertas ciudades. El éxodo masivo de estados como Nueva York, California y otros es testamento a eso, y la presencia de esas personas y sus negocios en lugares como Tennessee o Texas” podrían cambiar, pero no sustancialmente los votos electorales.

Hernández aseguró que al menos en estados republicanos cuya migración demócrata ha incrementado no tendrán sorpresas “porque están escapando del infierno de impuestos… cambiarán tendencias políticas”.

Quien sí compartió la opinión de Meyer fue el votante Rodolfo Vargas, quien aseguró no sentirse representado y puntualizó que “este sistema no es tan demócratico como parece y le da la oportunidad de ganar a candidatos que no han obtenido la mayor cantidad de votos, tal como pasó en las elecciones pasadas”.

Ahora bien, el Colegio Electoral no da totales iguales entre los 50 estados que componen la Unión. Hay entidades que son bastiones demócratas o republicanos debido a su base y principalmente por el total de electores que otorgan.

De acuerdo con el mapa del Colegio Electoral difundido en los Archivos Nacionales de Estados Unidos, la joya de la corona es California con 55 votos, le siguen Texas (38), Florida (29), Nueva York (29), Pennsylvania (20), Illinois (20), Ohio (18), Georgia (16), Michigan (16) y Carolina del Corte (15).

No obstante, los que son considerados clave (los que usualmente definen a la presidencia de Estados Unidos) son Florida, Pennsylvania, Michigan, Arizona, Wisconsin y Carolina del Norte; cabe recalcar que todos estos votaron por Trump en 2016.

Foto: EFE Miami

Como se recordará, es posible ganar el voto popular y perder la elección. Esto ocurrió en 2016 y en el 2000, mientras que se pudo presenciar tres veces en el siglo XIX, señalaron Antonio Michel y Lorenzo Meyer; los Archivos Nacionales dan fe de eso.

Meyer y Michel coincidieron en que el voto mayoritario será para Joe Biden, pero Trump podría resultar ganador con la definición de los electores.

El profesor emérito comentó en esa misma línea que “las cosas son un poco más claras que en 20, pues los reportes de las encuestadoras y de la prensa señalan eso”, pero “está esa peculiaridad del Colegio Electoral”, por lo que prevé que “quedará neutralizado y se irá en contra de la voluntad mayoritaria”.

¿Pero qué pasaría si ninguno de los candidatos logra obtener la mayoría de los votos electorales?

En lo que Meyer calificó como una medida “totalmente antidemocrática pero no necesariamente ilegal” es que, de llegar a tal extremo, la Cámara de Representantes sería la encargada de definir al presidente de los Estados Unidos. El Senado, por su parte, decidiría al vicepresidente.

Una situación extraordinaria de tal magnitud, pero no imposibilitada de presentarse, se definiría con un sufragio único de cada funcionario electo (del estado al que representa), recibiendo, ahora sí, un voto mayoritario, en el que el candidato deberá obtener al menos 26 votos para ser electo. La elección vicepresidencial tendría una suerte similar en el Senado, donde cada sufragio tendrá el valor de uno y el o la candidata deberán sumar 51 votos, los cuales representan a la mayoría.

En esa hipotética situación de complicación democrática, el Distrito de Columbia (Washington D.C.,) al ser la capital de la Unión Americana y no responder a la definición de Estado según la Constitución, su representante no podrá votar.

Meyer acotó que es en ese método, que tiene una posibilidad de presentarse, “en el que Trump podría verse beneficiado y está jugando con esa posibilidad, por lo que necesita Biden ganar por mucho para impedir ese tipo de maniobras”.

Sin embargo, el lunes 19 de octubre The New York Times informó que de acuerdo con recuentos de votantes, actualizados hasta esa fecha, los republicanos redujeron la brecha con los demócratas en tres estados clave.

En las elecciones del 2016, Donald Trump sorprendió al derrotar a Hillary Clinton a pesar de que ella tuvo más votos. Foto: newyorker.com

De acuerdo con el diario neoyorkino, a medida que la campaña presidencial avanza y se dirige a sus últimos días, republicanos esperan que los avances en el registro al voto en los estados clave de Florida, Pennsylvania y Carolina del Norte, junto con la participación de los nuevos miembros del partido basten para que el elefante se afiance un segundo periodo en la Casa Blanca.

Los demócratas, en general, mantienen el liderazgo en las inscripciones al voto en esos tres estados, igualmente sostienen una ventaja activa en la participación temprana, sin embargo, como vimos en 2016 con Hillary Clinton, no es seguro que ahora Biden pueda dar la sorpresa y gane la carrera presidencial, pero este 3 de noviembre todo puede pasar en la decisión de quien comandará Estados Unidos los próximos cuatro años.

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