Días de vino y de nueces
Opinión

Días de vino y de nueces

Miscelánea

Hay que vivir la vida,

morir joven,

y ser un cadáver atractivo.

Jack London

Hace ya algunos años que se me pasó la oportunidad de morir joven, sin embargo, la vida me sigue llamando con intensidad, y yo sin pensarlo voy.

Invitada a lo que prometía ser un cumpleaños sin límite; me sometí a los cada día más engorrosos trámites aeroportuarios, para volar ligera y grácil a Torreón, donde con la calidez y generosidad que las caracteriza, me arropan siempre mis amigas laguneras. Y así, con una cena propia de Las mil y una noches en casa de la siempre fina Esperanza, comenzamos a tejer los disfrutables recuerdos que hoy relato para usted, pacientísimo lector.

Figúrese que muy tempranito al día siguiente de mi llegada,  con mi amiga Mo al volante de su nave espacial marca Honda, y yo tirando baba ante un paisaje desértico que para mis ojos, acostumbrados al exuberante trópico, resulta inusitado, emprendimos camino.

Controlo el terror que me provoca la actitud kamikaze con que se arroja a la carretera mi amiga, a cambio de mirar por la ventanilla y no perderme la promesa de felicidad que ofrecen nogaleras y viñedos. Hemos llegado a Parras. Dicen que nunca es tarde para recuperar la infancia perdida, y yo, como una chiquilla juego y me dejo llevar.

Ahora vamos a Don Leo, me informa mi amiga, y allá vamos a pasear entre viñas, cavas y el reconocimiento a las manos que trabajan la tierra y hacen posible su fecundidad; respaldado todo por la conmovedora historia de un joven judío que, abandonando una Alemania que allá por los treinta y tantos del siglo pasado comenzaba a oler a pólvora, llega a lo que por entonces (según imagino) sería un secadal en medio de la nada. Visionario, el judío errante pudo ver ahí, hectáreas de viñedos. Es imposible imaginar siquiera el empeño, la fe y el esfuerzo que requirió ese hombre para que aquí y ahora, ante un paisaje edénico, estemos brindando con el Gran reserva de Don Leo, galardonado como el mejor Cabernet del mundo por la Unión de Sommeliere Francaise. 

¿Así o más alegres? Pues más. Ahora toca visitar La Parvada, me informa mi amiga al día siguiente, y yo feliz de volver a pasear entre viñedos, catar vinos y reír como si el maldito virus no nos estuviera matando. Así andaba la muchosidad, y aún faltaba la cereza del pastel.

La razón que me llevó a Parras fue asistir al interminable festejo con que mi amigo Polo celebró su cumpleaños, y que comenzó con una cabalgata para jinetes madrugadores, quienes precedidos por jóvenes amazonas, en magnificas monturas los recios norteñotes  hicieron una aparición llena de brío y colorido en  El Cariño. 

Al final, desmontó el cumpleañero, a quien los pedestres esperábamos para abrazar, felicitar, y agradecer por los caballitos de tequila en los que cabalgábamos a nuestro modo. Con los pies descalzos, al ritmo de la tambora bailé la danza de las uvas, y aunque la tarde se imponía tequilera, estando en tierra de vinos preferí acompañar mi suculento asado con el buen vino de Casa Madero, que también nos ofrecieron.

Cuando la tarde comenzaba  hacerse noche, en su todo terreno el festejado nos paseo entre los nogales donde por primera vez tuve la oportunidad de cosechar yo misma algunas nueces. Pero como todo lo bueno se acaba, al día siguiente al avión y a mi casa, donde desde la memoria, intento recrear el color, la música, el dulce sabor de la amistad.

Gracias amigo Polo por ofrecerme una magnifica razón para volar hacia tus tierras. Como dijo alguna vez  con su voz aguardentosa Chavela Vargas:  “Los mexicanos nacemos donde se nos da la rechingada gana”, y pues yo, sin renunciar a mi amable identidad jarocha, cuando la vida me ofrece la oportunidad, aunque sólo sea por unas horas, soy lagunera de corazón.

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