El silencio que despertó a Eusebio
Literatura

El silencio que despertó a Eusebio

Bestialidad melómana en letras de cantina

A pesar de que adquirió el talento musical desde que estaba en el vientre materno, Eusebio Ruvalcaba no tuvo vocación por las artes sonoras. Con un oído educado bajo la instrucción de su padre, el maestro violinista Higinio Ruvalcaba, Eusebio hizo a un lado su herencia dodecafónica y se entregó a las letras.

Si bien es cierto que no se desprendió de la música, pues nadie puede extraer de sí el material con el que fue hecho, este escritor sí renunció al oficio que dictaba su familia y en lugar de pisar escenarios, ejercitó una escritura melómana que caracterizó a su obra; la maestría musical no se le manifestó como un camino, por eso su elección le parecía insignificante.

INICIOS

La literatura se plasmó en su existencia poco después de cumplir 20 años de edad. Aquel suceso tuvo su génesis en distintas circunstancias que se le presentaron al mismo tiempo.

Eusebio aún no escribía ni tampoco era un escritor asiduo, pero ya estudiaba la carrera de Historia. Fue precisamente Enrique González Rojo, su maestro de materialismo histórico, quien lo invitó a una lectura de poesía. Sin un interés en el trabajo poético, una luz abrió desde dentro los ojos de Ruvalcaba; el silencio lo despertó y se dio cuenta que podía emular aquella técnica literaria.

Aunado a la muerte de su padre, ocurrida en 1976, y al amor que empezó a profesar por una chica, pronto los libros cubrieron de páginas al transcurrir de su existencia.

Su curioso interés por las letras lo llevó a deambular por una librería de viejo que se le atravesaba camino al trabajo. Aquel negocio en Tacubaya era la librería Las Américas, propiedad de David Delgado, un comerciante oriundo de Colima, quien le presentó la narrativa rulfiana de Pedro Páramo y El llano en llamas.

Tienes que leerlo. Si te interesa ser escritor, tienes que leerlo”, le comentó Delgado. Eusebio se llevó los dos libros de Juan Rulfo a casa. Pedro Páramo le impactó tanto que decidió copiarlo a mano en un cuaderno de espiral, pues recordaba que Johann Sebastian Bach copiaba partituras de Vivaldi para aprender de su maestría.

Higinio Ruvalcaba, violinista jalisciense y padre de Eusebio Ruvalcaba. Foto: pasolibre.grecu.mx

Durante toda su vida, el escritor mexicano juró que aquel ejercicio le permitió aprender más sobre las letras que el haber estudiado una carrera literaria. Adjetivar, emplear signos de puntuación y construir periodos gramaticales, fueron algunas de las cualidades adquiridas.

Eusebio volvió a la librería. Le preguntó al librero si Juan Rulfo seguía con vida. La afirmación de la respuesta le reveló que Rulfo daba un taller literario en el Centro Mexicano de Escritores (CEM). Ruvalcaba redactó una solicitud, la envío a la institución y se le otorgó una beca gracias a la cual trabajó con Rulfo alrededor de un año.

Otros tutores que tuvo en el CEM fueron Salvador Elizondo y Francisco Monterde, con quienes cada miércoles a las cinco de la tarde pulió su escritura en una casa de la colonia Del Valle. Ahí, Eusebio se forjó como escritor sin romantizar el oficio, sin dárselas de intelectual, sin cuidar su bestialidad nata, pues como escribió en El silencio me despertó (Almaqui Editores, 2011): “¿Qué se puede esperar de un escritor que no conserva despierta su bestialidad?”.

Pero no romantizar el oficio literario tampoco significaba restarle importancia y seriedad al asunto. Para él, la literatura no tenía pausas, pues era como el ser humano: un ente en constante evolución.

Como escribió en 52 tips para escribir claro y entendible (Lectorum, 2011): “Hay que escribir con el ánimo de la desesperación. Cada línea debería ser exactamente como el mensaje que un suicida deja en la habitación de aquel hotel de quinta. O de aquella habitación desolada, que así suelen serlo las de los suicidas”.

Solía visitar las cantinas de Ciudad de México. El alcohol formaba parte de su proceso creativo, pero conocía sus límites. Aun así solía comentar que al estar ebrio estallaba de literatura, pues antes que las palabras, su principal material era la vida.

Así, un torrente de letras desbordaba su ser y se desparramaba en las hojas, como esos tragos que salpican la barra de un bar. A la mañana siguiente, Eusebio revisaba lo redactado y el proceso de edición comenzaba. Para él, lo difícil no era escribir, sino arrojar a la basura el palabrerío excedente; el arte de la escritura es un ejercicio de humildad.

La herencia musical de Ruvalcaba se expresó por medio de la literatura. Foto: Behance / Santiago Solis.

Y es que despertar entre las letras después de una resaca lo hacía aterrizar a una realidad que aceptaba con todo y sus surrealistas faltas de ortografía. Acentuaba la bestialidad porque consideraba al grito como el único camino hacia la literatura, uno que comprendía al ser animal y al ser humano, a la irracionalidad y al pensamiento.

También gustaba de dar talleres literarios, pues decía que aquel que quiere ser escritor suele creerse el mejor del mundo. Los talleres dan esa dosis de humildad a quien osa de pavonearse, instalan un alambre de púas que cerca a los renglones de una libreta. Se debe renunciar a la comodidad. Para Ruvalcaba los escritores eran más vanidosos que los músicos.

Así que apostaba por las frases cortas, pues son aquellas que con rapidez buscan un nicho en el cerebro. Esto se puede apreciar en narrativas como Un hilito de sangre (Planeta, 1991), El portador de la fe (Seix Barral, 1994) o El elogio del demonio (Lectorum, 2013)

Pero como todo hombre de letras, también tenía sus fantasmas, siendo su padre el mayor de ellos; vivía esperando reunirse con él.

En Higinio Ruvalcaba, violinista. Una aproximación (2003), redactó: “En vida suya, yo, un joven disperso que no veía claro hacia ningún punto del horizonte, jamás tuve la iniciativa de hacerle una gran entrevista en la que me hablara de su vida, de su juventud, de sus amigos, de las mujeres, de todo aquello que vive un hombre común y corriente y que en un artista se ve multiplicado”; el resto de sus años dialogó con el silencio de su progenitor.

EN TORNO AL SILENCIO

¿Y qué representaba el silencio en la vida de Eusebio Ruvalcaba? ¿Por qué uno de sus libros lo lleva impreso en su portada? ¿Cómo pudo haberlo despertado? Eusebio contemplaba que alrededor de una palabra existía un silencio, algo que la circundaba y le otorgaba sentido más allá de su pronunciación. Así lo escribió en El arte de mentir (Almadía, 2014): “El sonido del silencio proviene de las oquedades más profundas de la condición humana (…) El sonido del silencio se escucha cuando no hay nada más que oír en cuanto seres vulgares que somos”.

Y es que para escuchar al silencio sólo hay tres caminos: el sueño, la concentración y la muerte. Escucharlo es indagar en uno mismo, en esa música que compone armonías dentro del ser. Es perderse en el mundo onírico, en la escritura, donde una desconcentración arrojará una multa difícil de pagar. Escuchar al silencio que habita en el interior del ser humano no es tarea fácil, incluso a veces puede traducirse en suicidio.

Hace siglos existió un compositor que fue condenado al silencio por los caprichos de la naturaleza. Eusebio conocía bien su ensordecedora historia, tanto que redactó un libro sobre él: Pensemos en Beethoven (Ediciones Monte Carmelo, 2015).

Ruvalcaba comparaba a Beethoven con Jesucristo y Fiódor Dostoyevski, como hombres que habían sufrido de “forma semejante y apostaron todo lo que tenían para darle a la humanidad un poco de lo que habían recibido de ella”.

Para el escritor, Beethoven estaba convencido de que tenía una misión sobrenatural en sus manos debido a su talento musical. Entonces, ¿cómo la vida podía castigar a tal virtuoso convirtiéndolo en sordo? La reflexión de Eusebio radica en que esto confirmaba la existencia de Dios, pues a pesar de su sordera avanzada, Beethoven aún tuvo la oportunidad divina de componer su Sinfonía coral antes de morir.

El pensamiento ruvalcabiano afirma que la enfermedad le otorga al hombre el privilegio de verse solo contra el mundo. Beethoven afrontó sus últimos días leyendo a Pultarco, Marco Aurelio y Cicerón. Quizá para Eusebio ese fue un vaticinio al percibirse viejo y escribir lo siguiente en la introducción de Pensemos en Beethoven:

Tengo 63 años y me acerco a la recta final. Decidí emprender la confección de este libro no sólo por la proximidad de la muerte, sino porque tenía la deuda de expresar lo que la vida y obra de Beethoven me produce”.

La noche del martes 7 de febrero de 2017, en una habitación del Hospital General número 2 de Villa Coapa, la vida de Eusebio terminó a los 65 años, tras una intervención por un hematoma cerebral. Murió envuelto en ese silencio que alguna vez lo despertó, el mismo que volvió loco a Beethoven.

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