Julia Santibáñez
Entrevista

Julia Santibáñez

La diferencia entre prosa y poesía consiste en que, mientras una no pide al lector sino que le preste sus ojos, la otra necesita que le entregue la voz”, advierte José Gorostiza en sus Notas sobre poesía. La afinidad entre poesía y canto habrá de durar para siempre, señala el autor, porque no radica en el lenguaje sino en la voz misma.

Conviene recordarlo antes de conversar con Julia Santibáñez, quien es poeta, editora, columnista y traductora, además de conductora de radio y televisión. Múltiples oficios, sí, pero todos relacionados con la voz y la palabra. Licenciada en Letras Hispánicas y Maestra en Literatura Comparada con especialización en Letras Inglesas, Julia se dedicó por muchos años al cuidado de libros y revistas. Puede afirmarse que se tomó su tiempo para decir lo suyo hasta que, en 2014, resolvió dedicarse de lleno a la literatura. No tardó en hacerse escuchar: año y medio más tarde su poemario Eros una vez fue distinguido con el Premio Internacional de Poesía Mario Benedetti y publicado en el cono sur por Seix Barral. Ágiles e inteligentes, sus poemas exploran muchas vetas: en cuanto a forma van del soneto al haikú pasando por la décima. Y en cuanto a temas, nada parece escapar de su interés. En palabras de Blanca Luz Pulido, la suya es una poesía “fresca, lúcida, tan camaleónica como el mismo Eros donde se construye”. De entonces a hoy ha publicado los poemarios Sonetos y son quince (Parentalia, 2018), Versos de a pie (Ofipress, 2017) y Ser Azar (Editorial Abismos, 2016). Con motivo de la reedición de Eros una vez por la Editorial Universitaria de la UANL y Textofilia, Julia Santibáñez accedió a conversar con nosotros sobre su formación como escritora, sus conceptos del oficio, sobre la relación entre sexo y literatura, así como sus múltiples influencias que van de autores clásicos a directores de cine y hasta rockeros, lo que a fin de cuentas no es extraño, pues hablamos de levantar la voz.

En tus poemas hay muchos elementos bajo la superficie, las cosas que se comunican sin decirlas. Como Scheherezade, callas en el momento preciso. Háblanos por favor del silencio y el implícito en la poesía. En tu poesía.

Lo no-dicho me parece uno de los elementos centrales de la poesía. Escribir implica alternar sonidos y silencios, por eso me interesa poner énfasis en lo que digo, tanto como en lo que dejo entrever o sugiero. Con frecuencia encuentro más poderoso ese vacío que se puebla de ecos y que el lector debe completar para cerrar el círculo del texto.

Es evidente que algunos poemas parten de una imagen, otros de un juego de palabras, otros de una idea. ¿Cuál es tu proceso creativo?

Lo descifras bien. A veces parto de una imagen, una cadencia o una palabra que me intriga. Es frecuente que leer me impulse a decir algo de otra manera, incluso a cuestionarlo. Si en ese momento del hallazgo puedo sentarme a trabajar, exploro lo que me interesó o espero a la noche, que es mi tiempo diario de escribir. Entonces me pongo a soltar la mano, a valorarle posibilidades a lo que vi; ya en sucesivas versiones pulo, quito rebabas, cacofonías. Suelo hacer muchas reescrituras de cada poema, para medirle el agua a los versos y que estén crujientes, aunque no crudos. Evito causarle indigestión a mi lector.

En 2016, Santibáñez recibió el Premio internacional de poesía Mario Benedetti. Foto: Víctor Benitez

¿Qué papel juega la técnica en ese proceso?

Es fundamental. Concibo la poesía como un oficio, similar a ser albañil: primero uno no sabe para qué sirven las herramientas. No hay libros que lo expliquen. Es necesario invertir tiempo en cada una para entender su mecánica, cómo tomarla, si combinada con otras da un mejor resultado. Eso únicamente lo da la experiencia. Igual ocurre con la escritura: paso tiempo con las palabras, veo a qué huelen, cómo juegan con otras, qué colores tienen sus vocales, busco nuevas. Al versificar, eso forma parte de la técnica que he ido desarrollando y que me permite disfrutar el proceso, incluso si el poema termina en la basura: al menos me enteré de que esa herramienta no servía para esa otra cosa.

¿Y la inspiración?

Sí, existe. A veces llevo semanas o meses trabajando un poema imposible y una noche decido que no tiene solución; esa misma noche de pronto sale otro al que apenas hay que arreglarle una coma. Entiendo la inspiración de esta manera: la talacha del escritor demanda una parte de intuición y algunos días ando más intuitiva, así que tal vez salga algo con filo. Pero si me siento a esperar a la musa podría pasar meses sin poner una letra y cuando ella llegara, mi mano estaría tiesa. Confío más en la disciplina de enfrentarme a diario a la hoja, incluso sabiendo que mucho de ello no va a servir.

¿Cuáles son tus poetas de cabecera?

Tengo muchos. Idea Vilariño, John Donne, Miguel Hernández, Carilda Oliver, César Vallejo, Andrew Marvell, Rosario Castellanos, Quevedo. Con esos basta, tampoco se trata de andar paseando mis querencias.

Tus poemas dialogan lo mismo con Shakespeare y la Ilíada que con Lars Von Trier y Jaime López. Leo esto como una declaración de principios: la poesía surge en cualquier parte. ¿Es así?

Sí, muy de acuerdo. Me interesan los textos que encuentran formas y temas en la vida diaria o en el cine y la música, y por supuesto en los libros, poemas con los que cualquiera puede dialogar sin necesidad de entender todo al cien por ciento. El poema donde menciono a Lars Von Trier lo puede leer alguien que no tiene idea del cineasta y de todas formas se queda con lo fundamental.

¿En qué momento decidiste que querías ser escritora?

De manera muy clara, en la UNAM, estudiando Letras Hispánicas. Desde niña los libros son de lo mejor que me ha pasado, entonces la elección de carrera fue natural para mí. La única duda era si meterme a Hispánicas o a Inglesas; lo resolví haciendo la licenciatura en Hispánicas y la maestría en Literatura Comparada, con especialización en Inglesas. Esos años en la Facultad de Filosofía y Letras escribí de manera muy constante y no he parado.

Foto: Seix Barral

¿De qué manera tu experiencia como editora y columnista ha nutrido tu obra?

Mucho, se retroalimentan que da gusto. Mis varios sombreros implican lidiar a diario con palabras, así que puedo mantenerme siempre en modo escritora, como el modo avión de los celulares. A veces al editar un texto encuentro el verbo que no hallaba para un poema, o al pulir un verso se me ocurre un tema que vendrá muy bien en el suplemento. Me siento muy afortunada de poder dedicarme a la cultura, de un modo u otro.

En 2016 recibiste el Premio internacional de poesía Mario Benedetti, otorgado por la fundación que lleva el nombre del poeta. Tu libro Eros una vez fue seleccionado entre más de 300 libros de toda América Latina y fue publicado por editorial Planeta. ¿Cómo ha cambiado tu trabajo después de ese reconocimiento?

En ese momento fue importantísimo, porque año y medio antes había dejado un puesto bien pagado, pero corrí el riesgo de dedicarme a escribir. Pasé meses de tremenda presión económica, de dudar sobre lo que había hecho. En eso llegó el premio. Fue un apapacho, como si me dijeran: no vas del todo mal, sigue chambeando. No sé si mi escritura cambió, pero sin duda el espaldarazo me dio un poco de confianza en que el esfuerzo iba a tener buen resultado, como por fortuna ha sido.

Decía Mary McCarthy que el estilo —entendido como la voz de un escritor— lo es todo. En ese sentido, hay coincidencias entre tu obra y la de Mario Benedetti: un estilo diáfano, que busca conectar con el lector, no impresionarlo. ¿Cómo desarrollas ese estilo?

No soy muy consciente de cómo lo desarrollo pero sí de que ahí está y de que lo enriquezco leyendo a autores distintos a mí, escuchando música diferente, buscando otros caminos. Es decir, si me quedo con los mismos es probable que escriba igual siempre y termine por aburrirme. Me canso muy rápido de las cosas, por eso de pronto hago sonetos, luego poemas breves, después alguno largo o unas décimas. Supongo que en el conjunto de todas esas formas se encuentran elementos comunes a mi estilo, a mi voz.

Algunos poemas como “Video hardcore” pueden ser leídos como microficciones. ¿cuáles son tus narradores preferidos?

De entrada digo que leo mucha narrativa. Me parece que los colegas que no se acercan a una novela o un cuento se pierden de la mucha poesía que con frecuencia vibra ahí. Adoro a autores diversos, por ejemplo Malcolm Lowry, Rodrigo Fresán, Lucia Berlin, Alessandro Baricco, Marguerite Yourcenar. Ahora traigo un amor desmedido por María Luisa la China Mendoza.

En sus poemas, Santibáñez transgrede el tabú judeocristiano que aún prevalece en torno al sexo. Foto: Vice

En varios sentidos tus poemas son provocaciones: juegan a transgredir la noción de culpa y de pecado, trocándolos por un ludismo festivo. Hace unos días leía una novela de una autora mexicana que denunciaba, a fines del siglo pasado, la miseria sexual en que vivimos los mexicanos. ¿Consideras que es así? ¿Y en tal caso, cómo podría ayudar la literatura a superar eso?

Creo que nuestra doble moral judeocristiana hace que el sexo siga siendo malmirado. No es un tema de conversación abierta, arrastramos prejuicios. Además está la educación que recibimos las mujeres sobre el valor de la virginidad y de no gozar el sexo, y esa misma educación culpabiliza a los hombres que se van a la cama con mujeres que lo disfrutan. Todos salimos afectados. Lo que sí creo es que nuestra generación se enfrenta con un poco más de libertad al encamamiento, hemos hecho de lado parte del programa y nos damos más chance de pasarla bien. Si veo cómo vivió mi madre su sexualidad, mi historia es muy diferente: me divorcié cuando lo creí necesario, he tenido varias parejas sexuales sin que me cause conflicto, me da orgullo corporarme con alguien. Creo que, por un lado, como autora puedo ayudar a quitarle carga al asunto, a que nos riamos y dejemos de tomarlo taaan en serio; por otro, a que una lectora o un lector quizá se animen a explorar otras posibilidades de placer en su cuerpo, a partir de un texto mío.

En muchos poemas la voz lírica interpela a alguien. Háblanos del papel del lector en tu obra. ¿Para quién o quiénes escribe Julia Santibáñez?

Escribo para alguien que se asoma a un poema y de pronto ahí ve un espejo. Hago mi chamba de veras lo mejor que puedo: procuro poner la mesa chulamente, cocinar rico, combinar sabores, preparar la atmósfera. Me imagino al lector como el invitado a cenar: puede ser que venga de malas, sin hambre o queriendo un plato de cereal. Mi trabajo puede ponerlo en un mejor estado de ánimo, motivarlo a entrarle a la cena. Para ese lector escribo.

¿Cómo ha jugado la maternidad en tu obra?

Me reveló un costado vital que ignoraba y, de esa manera, expandió mis horizontes creativos. Antes de ser mamá me cuidaba mucho de no ser cursi, me parecía una maldición de la que debía huir. Al estar embarazada le escribí a mi hija poemas y cosas que eran el no-va-más de lo cursi. Fue liberador. Cuando me asumí cursilísima, entonces me puse a ver cómo abordar algo en esa tonalidad y que al mismo tiempo tuviera una mínima dignidad literaria. Ha sido un reto creativo. Por otro lado, la maternidad me ha enfrentado a miedos y preocupaciones que no me imaginé que existieran. Creo que ha expandido para bien y mal mi experiencia de vida y, por consiguiente, el registro de mi trabajo.

La maternidad hizo que Julia descubriera nuevas posibilidades literarias. Foto: parents.com

Has contado muchas veces que, luego de una larga temporada como editora de revistas, decidiste dedicarte de lleno a la literatura. ¿Qué consejos le darías a quienes quieren hacer de la literatura su proyecto de vida?

No es fácil vivir de las letras, tú lo sabes, pero sí es posible, sobre todo ejerciendo oficios complementarios, como ser editor, maestro o traductor. Así que sobre todo recomiendo que estén seguros de cuál es la motivación que los empuja. Si quieren ser escritores porque debe ser bien divertido no tener un jefe, aconsejo no dar el paso. Si lo que empuja es la convicción de querer dedicarse a leer, a malabarear palabras y temperaturas emocionales, entonces van a aguantar la novatada que a veces conlleva.

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