Nicola Samori: imagen del desgarro
Arte

Nicola Samori: imagen del desgarro

De lo ominoso y la destrucción

Los temas más fascinantes no son precisamente los más fáciles de digerir ni aquellos que dejan al espectador con una sensación optimista. La humanidad ha estado ligada fuertemente a su parte más oscura y a las preguntas más terribles de responder.

Es aquí donde entran corrientes culturales que buscan desestabilizar, dejar más preguntas que respuestas y, a veces, destruir todo lo que se tiene como seguro y lógico. El ataque va hacia las características de lo que se ha definido como correcto y normal, cuestionamiento que autores como Nicola Samori ven como anclaje para su cuerpo de obra.

SUBVERSIÓN DE LO NATURAL

El estado normal de las cosas es aquel ante el cual no se ha generado una duda suficientemente atronadora para comprometerlo. La destrucción de esta estabilidad genera dudas, enojo y recelo, incluso desde el terreno artístico.

El arte llega a ser tan poderoso que por un momento el espectador se pueda sentir agregido. Esto es justo lo que pasa cuando se transgrede la idea de realidad que se tiene tan aparentemente sustentada.

Nicola Samori aparece para subvertir lo natural, para destruir las obras clásicas que están tan ancladas al imaginario colectivo. Las pinturas barrocas, reconocidas rápidamente como arte elevado, son rotas en gestos musculares, transformandose así en su contraparte oscura y perversa. La carne destruida toma el papel principal, colocándose más cerca del especatador que la superficie lisa que ha logrado salvarse del ataque.

El mismo Nicola Samori hablaría de su obra como una “acumulación temporal” que empuja a la imagen a su disolución. El conjunto de acciones que realiza sobre el lienzo, lastiman la pintura de manera que se expresa en ella una forma de límite: la idea de que toda belleza tiene un final.

Sus obras son un eco del famoso género del vanitas, obras en que la degradación de objetos, el paso del tiempo por ellos y la existencia de una finitud, hacen referencia a una muerte inevitable.

Carrara Marble (Mármol de Carrara), 2014. Foto: nicolasamori.com

Estos motivos llevan a Samori a indicar que su obra se basa en el miedo. Sea al cuerpo, a la muerte o a las personas, el miedo se presenta al punto de la desesperación y el arrebato enérgico. Las salpicaduras y desgarros indican esta gran fuerza con que se presentan estas emociones, pero las deja en un estado de solemnidad, aún destruidas.

Cuando nos encontramos con lo desconocido, lo extraño, lo deforme, se activa la sensación de huída. Y, sin embargo, las pinturas de Samori se presentan como una alucinación propia de una parálisis del sueño, donde no se puede huir, sino que la única opción es la de contemplar las imágenes sin saber exactamente qué nos mantiene profundamente incómodos.

La subversión de lo natural se encuentra en varios sentidos. La piel desgarrada puede ser la del personaje en sí, pero también la del cuadro entero. Se muestra sin que esto signifique estar ante una figura inerte; sus posturas quedan reconocibles en una especie de danza macabra.

AUTOR Y TÉCNICA

El pintor y escultor Nicola Samori nace en Forlì, Italia y completa su formación artística en la Academia de Bellas Artes de Bolonia.

Su estilo se basa en las pinturas clásicas de los maestros del renacimiento. Sus figuras nacen de la oscuridad con un gesto dramático, dirigiéndose a la luz en un eco actual del tenebrismo.

Su metodología puede definirse en dos partes: la creación de una pintura clásica con una clara precisión, seguida de la deformación y destrucción de esa misma obra con fines pictóricos. Un proceso difícil de lograr, puesto que toda acción muscular debe estar lo suficientemente premeditada para que funcione en conjunto.

Washed Miracle (Milagro Lavado), 2017. Foto: nastymagazine.com

En su obra se entrelazan las dos pulsiones más primordiales del individuo: el eros y el thanos, cada una pugnando por llevar lo humano a lugares distintos. Vida y muerte se juntan en un gesto doloroso y caótico. Samori distorsiona, hace manchas directamente con las manos o disecciona con bisturí la capa superior de pintura.

Su trabajo se ha centrado en la figura de los santos y mártires de la tradición cristiana por más de una década. Santa Lucía, protectora de los ojos y la vista, quien padeció martirio durante la persecusión de Diocleciano, se ha convertido en un motivo constante en la obra de Samori. En su habitual contraposición de conceptos, el pintor aborda esta figura en la oscuridad, en la ceguera o la incapacidad de la visión. La pérdida de cualquier sentido es razón de desesperación.

Samori utiliza otras figuras trágicas como Lucrecia o San Jerónimo, y algunas poco conocidas que no duda en llevar a su imaginario lleno de lágrimas, incisiones y raspaduras en el corazón del material.

La fuerza con que son ejecutadas las piezas, contrasta con el cuidadoso trabajo de pintura tradicional que también contienen. Los cuerpos maltrechos y desnudos, cobran un significado diferente con el manejo de la luz tenebrista, más aún con las heridas que se relacionan de manera poderosa con el espectador.

HORROR DE LO CONTEMPORÁNEO

Contrario a lo que podría pensarse, Samori no parece deber demasiado a sus predecesores. Es obvio que bebe del pasado, puesto que sus obras son derivaciones directas de lo clásico; sin embargo, para la historiadora de arte italiana Chiara Stefani, Samori no teme al pasado ni a sus predecesores, sino que lucha con ellos para conseguir su propia poética.

Toma la decisión arriesgada de apostar por su gran talento al transformar las obras. Sus intervenciones son lo suficientemente poderosas para obligar al espectador a pensar que se trata de obras completamente diferentes, con una intención que cuando menos exagera la de su original.

Anulante (2018). Foto: frontrunnermagazine.com

Las técnicas que utiliza son propias del arte contemporáneo. Unen la abstracción con la figuración tradicional en un ambiente pesadillesco; un mundo alterno en el que los personajes continúan deambulando, mostrando poses dramáticas y heridas que deberían significar la muerte.

El dolor se expande en un universo dantesco que, si no es parte del pasado, es porque representa al presente o al futuro. El temor a lo desconocido es también un miedo al futuro.

Los horrores universales se relacionan también con el cuerpo y la vulnerabilidad ante el mundo inestable en que vivimos. Ante el dolor y el sufrimiento, sentimientos intensos, el humano busca en ellos algún significado o retribución, sobre todo en el caso de los mártires cristianos. Pero la oscuridad que los envuelve señala que, después de todo, es posible que la tragedia sea en vano.

La obra de Samori no es fácil de digerir porque nos remite a este tipo de horrores tan instalados en la mente colectiva desde tiempos inmemoriales. Debajo de una capa de normalidad, se encubren rostros a los que no se espera mirar directamente. Samori representa conceptos intensos y ambiguos, como lo es el miedo al paso del tiempo y a la degradación que, sin embargo, cumplen una función natural.

Es posible que recordar estas instancias de la condición humana, por difícil que sea, ayude a encontrarnos con nuestra humanidad, a recordar que no todo es un gesto narcisista de fe y progreso, sino que detrás existen inseguridades que se cargan a través de las épocas.

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