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Día de gracias
Opinión

Día de gracias

Miscelánea

Gracias le doy a la Virgen,

gracias le doy al Señor,

porque entre tanto rigor

y habiendo perdido tanto,

no perdí mi amor al canto.

José Hernandez (Poeta argentino, 1834-1886)

Tal vez tendría que comenzar esta nota deseándole, pacientísimo lector, un amoroso Día de Gracias. Desgraciadamente, eso no es lo que me pide el cuerpo. Como ya he explicado aquí, me siento enojada, mal agradecida, y me da por pensar que el Día de Gracias no es una celebración que tenga nada que ver conmigo, porque ni siquiera soy heredera de los peregrinos que después de una turbulenta travesía llegaron en el Mayflower a costas Americanas allá por el 1620; y en agradecimiento a la hospitalidad, compartieron con la población indígena (es decir, los dueños de la tierra) el simbólico pavo.

Creo que por ahí no tengo nada que agradecer. Debo aclarar que lo anterior nada tiene que ver con que sea nacionalista, por el contrario, me niego a aceptar esa limitación que nos impone el más accidental de los denominadores comunes que es el lugar de nacimiento. Esa exaltación de lo propio, que tiene siempre algo de denigración de lo ajeno, de lo diferente, porque tiene otro color de piel, otra lengua y otro nombre para Dios. No creo que seamos mejores que nadie.

No acepto que nos consideremos inferiores a ninguno. Sería pretencioso sentirme ciudadana del mundo pero creo en la hermandad humana y puedo vivir en cualquier lugar del planeta (bueno, en Siberia no) aunque claro, amo a mi Matria del mismo modo en que aman a sus padres los niños maltratados; se trata sólo de que estoy de mal humor.

Como que no me siento agradecida cuando siento que la vida no tiene de dónde agarrarse. Me amarga pensar en nuestra situación económica, política y social; pero sobre todo, me amenaza la hoguera de odio que atiza cada mañana el amado líder. Tampoco está para agradecimientos la nueva anormalidad en la que todo mundo me da órdenes: ¡quédese en casa!, ¡póngase el cubrebocas!, ¡lávese las manos! Me toman la temperatura varias veces al día y, como si fuera un bicho infeccioso, me obligan a desinfectarme manos y pies en cada establecimiento. Primero me quitaron la sal, ahora que azúcar tampoco. Que lleve mis bolsas y empaque yo misma. Que descargue el menú del restaurante en la aplicación de mi teléfono; yo, que no tengo idea de lo que es una aplicación y difícilmente puedo contestar las llamadas. ¡Ponga la tarjeta en la máquina!, ahora sáquela porque nadie puede tocarla: fuchi caca.

Hasta las sonrisas deben ocultarse. Prohibido vivir. ¡Carajo! En esta nueva anormalidad no encuentro razones para andar agradeciendo; aunque, pensándolo bien, reconozco que tengo mis personales razones de amor a mi Matria: las galletas de nuez, el majestuoso Pico de Orizaba que se plantó en mi ventana de niña y, por supuesto, el tequila. Las playas mexicanas que son las más bonitas que mis ojos han visto, y Pedro Infante cuando canta Amorcito Corazón. Los colores que avienta la primavera cuando estalla y nuestro invierno que es frío pero no inhumano. Las buganvilias cuando escapan por las bardas, la bandera mexicana ondeando en el Zócalo de esta capital, y la nobleza de nuestro país que, saqueado sistemáticamente, aún sigue la mata dando.

Hay muchas razones que me han retirado de mi Iglesia: Marcial Maciel por ejemplo; los curas pederastas y la mochería y la ignorancia de un líder que mientras el país se cae a pedazos, propone que nos defendamos con una estampita.

¡Ay, nanita! Sin embargo, necesito cada día con más urgencia, la experiencia íntima y personal de la religiosidad y el agradecimiento. Es por eso que aún desganada, me impongo aunque sólo sea un día al año, compartir un pavito con quien me acepte la invitación, para agradecer… ¡ay, ya no sé! A la gente le gusta agradecer la salud, yo prefiero agradecer el dinero porque la salud va y viene; pero, pues cada quien, ¿no?

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