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Arte naif
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Arte naif

Creaciones de aparente inocencia

En portada: La moison (1969) de Miguel García Vivancos. Foto: bafomet.wordpress.com

Hay quienes mantienen como principio que, para lograr la maestría en cualquiera de las disciplinas artísticas, o específicamente en la pintura, se debe ejercer el dominio absoluto de la técnica; de lo contrario el trazo del pincel sobre el lienzo sin conocer el manejo de la perspectiva, luz y color, podría considerarse un atrevimiento. Y, ¡ay de aquel que vaya más allá al pretender considerar aquella línea como una obra digna de exponerse públicamente! La pintura buscó durante siglos captar la realidad y en ese camino arribó al rigor institucional, al fundarse la Academia Real de Pintura y de Escultura en Francia al final del siglo XVII; entonces se impartió la enseñanza con principios puntuales, disciplinados, que moldearon el concepto de lo que debía ser un artista, de lo que debía pensar y pintar.

La pintura o el arte en general no era un asunto de aficionados. Fue el precepto que se mantuvo hasta la aparición de la corriente del arte naíf, percibida como una bocanada de aire fresco que pretendió reblandecer la dureza del academicismo imperante.

El arte naif es una tendencia inaugurada al comienzo del siglo XIX, que planteó el rompimiento de los moldes y la liberación del espíritu lúdico e infantil del artista. Quienes lo profesaron se autodenominaron aficionados al expresar en el lienzo la ingenuidad del trazo improvisado y del manejo del color, aunque hay obras contradictorias porque en ellas se vislumbra maestría en la combinación y equilibrio de los colores y los objetos.

Naif es una palabra francesa cuyo significado es ingenuo. Los pintores que la adoptaron al comienzo del movimiento pretendieron no reconocerse como tales: eran obreros, campesinos, trabajadores distantes del arte, quienes en sus momentos de ocio tomaron el pincel y comenzaron a rayar sobre la manta blanquísima sin perseguir la obra maestra. Esa debió ser la primera norma: el autodidactismo, antídoto contra el arte de academia.

Esta corriente no se proclamó como tal en su aparición al comienzo del siglo XIX, sólo fue emanando del pulso firme del creador. La primera contradicción respecto a la ingenuidad pretendida, sería identificar a los “fundadores” y catalogarla como una escuela o corriente artística. Pero la vida misma es una contradicción, y por qué no tendría que serlo el arte, creación humana. Asentados en esta reflexión, se ubican como los primeros aficionados naif al estadunidense Edward Hicks, nacido en 1780 y muerto en 1848, y al ruso Niko Pirosmanashvili, que vio la luz en 1862 y se apagó en 1918.

Mujer con un jarro de cerveza (1910) de Niko Pirosmanashvili. Foto: Amazon

ARTE CONSAGRADO

Hicks, ministro religioso estadunidense, fincó sus motivos pictóricos en pasajes bíblicos. El cuáquero cumplía con el primer precepto del naif: no tuvo instrucción académica, a pesar de que en sus obras los detalles y la persistencia de las tonalidades terracotas lo vuelcan sobre la genialidad.

En el arte naif la inocencia es sinónimo de belleza simple y natural; y aunque no lo consideraba entonces Edward Hicks, sí aparecen aquellos ingredientes en sus lienzos. En Reino pacífico, obra concebida en 1832, el trazo infantil con el que concibió la cara de los leones, bueyes y cabras, difiere en la perspectiva con la que dibujó el rostro de Noé, de una de sus esposas y el de uno de sus hijos: Noé voltea levemente hacia su izquierda aunque sostiene su mirada frente al espectador, lo mismo hacen mujer y niño pintados en un plano alejado que concede cierta perspectiva. Los vanos oscuros y las transiciones suaves de los colores, descubren a un pintor extremadamente sensible a los detalles. El volumen de los cuerpos humanos, la redondez de las caras, pudieron ser el modelo de inspiración del colombiano Fernando Botero (¿Acaso Botero navega por la corriente naif?).

Reino pacífico con el leopardo de la serenidad, pintura de 1847, mantiene los planos y la perspectiva: un grupo de animales se aglutina en el extremo derecho del lienzo (respecto al espectador); en el primer plano se tiende el leopardo, el cual mira atento hacia el pintor. La claridad del fondo la propicia el rojizo sol del amanecer esperado por los cuáqueros que caminan en fila hacia la orilla del cuerpo de agua. Entre la bruma se distingue la barca de tres carajos que ofrece profundidad de campo al conjunto pictórico.

La transición en el pelaje del leopardo, las manchas en el pecho del buey, la bruma que se disipa al fondo, son atisbos del dominio de la tonalidad, del color y la luz. ¿Ingenuidad? Y aunque el movimiento de los personajes es rudo y anguloso, existe; se destaca en el lobo que lame su pata delantera, detrás del cordero que se acurruca frente a su panza.

El cuáquero Hicks no era del todo un cándido pintor en sus ratos libres. Su pintura logra el objetivo del arte naif, cautivar con una belleza pura, libre del rigor de la academia.

Reino pacífico (1832) de Edwards Hicks. Foto: worcesterart.org

LOS HULES NEGROS DE NIKO

El pastor, pero éste no religioso, sino literal, Niko Pirosmanashvili, logró también un estilo que, se dice, influenció a Picasso. Nacido el 5 de mayo en la provincia de Kajeti en Georgia, empleó el hule negro para plasmar escenas del campo y retratos cotidianos de la época. Niko, contrario al precepto de tomar a la pintura como un pasatiempo, tuvo la intención de dedicarse y vivir de ella al abrir en 1892 un taller de pintura, pero fracasó. Trabajó en granjas, pintó carteles comerciales, se empleó en diversas empresas que no lo sacaron de su miseria económica.

En 1913 hubo un atisbo de cierta trascendencia de su obra pictórica al incluirlo en la Exhibición Mishen, compuesta por obras de autores aficionados. En la muestra se incluyeron cuatro “hules” de Pirosmanashvili: Retrato de Zhdanevich, Naturaleza muerta, Mujer con un jarro de cerveza y El corzo.

El fondo negro de las obras de Niko proyecta firmeza reforzada con la energía de los colores. En Mujer con un jarro de cerveza, el rojo intenso del vestido se suaviza con cinco líneas blancas que, a su vez, permiten imaginar la pierna de la bebedora que mantiene el tarro en alto. La expresión en la mirada es firme, y la cabellera ondulada cae hasta el asiento de la silla donde rosa las yerbas crecidas del entorno. Como en ésta, en la mayoría de sus pinturas la figura humana está presente. Se calcula que existen más de doscientas obras de Niko, pintor naif que vivió y murió como el estereotipo del artista: en la pobreza, enfermo y sin reconocimiento, hasta después de su muerte.

DEFINICIÓN DE LA INGENUIDAD

Críticos e historiadores del arte identifican al francés Henri Rousseau (1844-1910) como el primer pintor de la corriente naif. Su profesión, como lo plantean los principios, no era la pintura; nada más alejado del arte que el trabajo en la oficina de aduanas en París, fue empleado del gobierno. Aunque su inclinación por el arte le llevó a buscar su vocación en la víspera del medio siglo de vida: a los 49 años se volcó a la pintura dejando la comodidad del trabajo burocrático.

La descripción de su obra fue la que bautizó al estilo naif: “encantadora, pero algo extraña e ingenua”. Podría juzgarse que rompió con el principio de considerarse pintor experto.

Monos entre los naranjos (1910) de Henri Rousseau. Foto: dhresource.com

Fue admirado por los críticos, también criticado; vivió en la pobreza e intercambiaba retratos por comida.

Paseo por el bosque, de Rousseau, es una exquisitez carente de ingenuidad, una obra contradictoria si se atienden los preceptos naif. Es evidente el dominio técnico de la luz, de la profundidad de campo, de la composición y el equilibrio. Será por la frescura que transmite que se le catalogue dentro de esta corriente vanguardista; por lo demás es un cuadro dotado de maestría: los esbeltos árboles exhiben frágiles hojas verdes que mueve un viento suave, y aunque no aparecen en escena, se escucha el trinar de las avecillas, o un sonido ajeno, que percibe la mujer pintada en el tercio izquierdo del cuadro, desde la perspectiva del espectador. La profusión al fondo del bosque la logra Henri debido al conocimiento de la técnica, comenzando la pintura desde atrás hasta el primer plano, donde un conjunto de cuatro arbustos se cobijan en la sombra de un árbol alto, de presencia tácita en la pintura, porque de él solamente se percibe la sombra.

Picasso celebró en 1908 en su taller de Bateau-Lavoir una velada en su honor como una mezcla de burla y homenaje”, a lo cual el francés respondió: “Somos los dos pintores más grandes de nuestra época, tú en el estilo egipcio y yo en el moderno” (portal Manifiesto de arte).

Sus temáticas exóticas, el uso de colores intensos y vivos, fueron los principales ingredientes del francés. En Monos entre los naranjos, pintado en 1910, el contraste entre el rojo y el verde, ambos penetrantes, y la solidez del trazo en general, integran una atmósfera extravagante a la que es invitado el espectador. Quien observa la obra está dentro de ella, como un concurrente que es percibido por la pantera y el mono trepados en las ramas; mientras la pareja de monos situada al centro, mira una naranja perfectamente redonda. Esta redondez será, más allá del pelo rojizo de las bestias centrales, lo más extravagante en la pintura.

UN POCO DE ACADEMICISMO

La contradicción en el contexto de ingenuidad del naif, es la designación de características. Pero una frontera definida tendrá que plantearse como asidero para catalogar la espontaneidad.

Bueyes en primavera (1960) de Maud Lewis. Foto: artsy.net

Los contornos firmes, definidos, y la indudable precisión que frenen la clara perspectiva y contengan la profundidad de campo, podrían ser los primeros atisbos que definen la corriente pictórica.

Además de los coloridos volúmenes planos, arropados por múltiples detalles, resaltan la expresividad de los personajes, ya sean humanos o animales.

En cuanto a la temática, suele ser diversa; perpetúa las costumbres y tradiciones, así como los momentos cotidianos de la vida bucólica. El campo, la naturaleza, es tal vez el elemento infaltable en todo lienzo naif.

La pintura naif no es más que la ingenuidad en su expresión más auténtica, una realidad activa, venida directamente de las profundidades de nuestra vida ancestral. La pintura naif puede ser considerada el arte más directo, más sincero y menos obstaculizado por las convenciones”, escribiría Anatole Jakovsky, crítico francés que estableció el Museo Internacional de Arte Naif.

El museo, inaugurado en 1982 en Niza, Francia, exhibe obras realizadas desde el siglo XVIII hasta el actual. En su colección destacan los lienzos de Henri Rousseau, que estaban en manos del crítico Jakovsky.

TRAZOS FUERTES EN SUS EXPONENTES

Village au Clocher, autoría de Aristide Caillaud (1902-1990), posee una fuerza y precisión que impacta en el primer vistazo. Las casas de la villa con techos de teja roja se agolpan pero no se amontonan en torno a la torre del reloj. Lo mismo ocurre con las montañas del fondo que acuden al llamado de la villa, donde reposa recargada en contra del tronco de un árbol, el personaje femenino. Este óleo sobre lienzo fue subastado en el 2012 por más de tres mil euros.

Village au Clocher de Aristide Caillaud. Foto: mutualart.com

Otros exponentes destacados son Orneore Meteli (Italia 1872-1938), Miguel García Vivancos (España 1895-1972) Séraphine Louis (Francia 1864-1942), André Bauchant (Francia 1873-1958), Ivan Generalic (Croacia 1914.-1992), Antonio Ligabue (Suiza 1899-1965) y Anna Mary Robertson Moses (Nueva York 1860-1961).

LA LUZ DE LA INFANCIA

Existen dos formas de hacer arte naif; una es el intentar imitar la forma en la que dibujábamos cuando éramos niños, y la otra es resultado del desconocimiento de las técnicas pictóricas que permiten plasmar con realismo las imágenes producidas”, escribió Paola Sierra en Polo de Arte, donde además afirma que no se trató de una corriente unificada como el surrealismo o el cubismo, constreñidas en el tiempo.

A pesar del intento por delimitarla, y con ello dinamitar la inocencia de la misma, la expresión naif se le puede atribuir a toda obra que despierta en el espectador el candor infantil, conseguida por la intención del autor, quien lejos de ser inexperto artista, sabe cómo transmitir la frescura y la fuerza de la naturaleza, como lo hiciera Maud Lewis, pintora canadiense que bien podría entrar en esta categoría.

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