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Navidad gregaria
Opinión

Navidad gregaria

Jaque Mate

Los humanos somos fundamentalmente gregarios. Al contrario de especies como las hormigas o las abejas, que no pueden sobrevivir durante mucho tiempo más que en una colaboración estrecha con otros individuos del grupo, nosotros sí podemos hacerlo, pero sólo alcanzamos nuestro potencial cuando trabajamos con otros miembros de la especie.

Por esta razón hemos creado, desde el paleolítico, grupos sociales muy sólidos. La familia fue la estructura original, y hasta la fecha se mantiene, pero con el tiempo la hemos ampliado para formar clanes, tribus y luego, tras la invención de la agricultura y el inicio del sedentarismo, comunidades complejas como villas, pueblos, ciudades y finalmente naciones. Poco a poco la tecnología nos está permitiendo construir, incluso, una comunidad global.

Las relaciones entre todos estos grupos son extraordinariamente diversas. El trabajo de unos apoya la subsistencia de otros, pero además los individuos se proporcionan apoyo emocional mutuo. Entre más amplia es la comunidad, más débil el sentido de solidaridad; pero este se mantiene con una enorme fuerza en los grupos más pequeños y, en particular, en las familias.

Por eso, en ciertas fechas especiales, los grupos familiares buscan reunirse, independientemente de las diferencias que puedan tener entre sí. En nuestra cultura ese afán se aprecia especialmente en la época navideña. La fecha no es lo importante. Los musulmanes o los judíos lo hacen en otras épocas del año. Pero para aquellas sociedades que tienen raíces culturales en el cristianismo, la Navidad se ha convertido en la celebración familiar por excelencia.

Por eso es tan duro que en este 2020 el festejo se realice con las limitaciones de la pandemia. Esta infección nos obliga a tener conductas radicalmente distintas a las de nuestros impulsos naturales. En Navidad solemos festejar, beber, comer y abrazarnos en familia. Pero esta cercanía se vuelve un vehículo para el contagio.

¿Tiene sentido una Navidad sin los abrazos de los seres queridos? Yo supongo que sí, porque el mismo instinto de supervivencia, y el amor hacia nuestros familiares, nos lleva a mantener una sana distancia, incluso en estos momentos de celebración. Pero la realidad, como hemos visto en festejos a lo largo de este dramático 2020, es que resulta muy difícil abstenerse de un abrazo, aun frente a la amenaza de la enfermedad.

Para los mexicanos es especialmente difícil. Quizá los suecos o los canadienses puedan permanecer a distancia en una celebración familiar porque provienen de sociedades más frías, mucho más circunspectas. Los seres tropicales no solamente somos gregarios, sino además muy proclives a tocarnos.

En Europa hemos visto casos que nos deben hacer reflexionar. España tuvo un confinamiento forzoso muy severo, mientras que Suecia nunca cerró su economía, ni sus restaurantes. A pesar de eso, España tuvo más contagios. En parte esto se debe a que los suecos, por naturaleza, son más reacios al contacto físico, mientras que los españoles, al cabo mediterráneos, necesitan tocarse para sentir afecto.

Los mexicanos descendemos en buena medida de los españoles y somos muy similares a ellos en varios aspectos. Uno de ellos es la necesidad de la cercanía física. Esto hace temer que, en estas fiestas, a pesar de las advertencias, tendremos contactos físicos, y muchos más contagios que las sociedades habituadas a la distancia física.

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