La Miami de Xalbador García
Entrevista

La Miami de Xalbador García

Cuando un escritor se adentra a una cultura ajena, debe tener cuidado de escribir sobre elementos exclusivos de la misma. La misión de quien teclea historias fuera de su entorno radica en encontrar un enganche, un factor común que una al autor y al lector. En el caso de Miami Blue y otras historias (Katakana Editores, 2019), un personaje mexicano funge como narrador de lo acontecido en un suburbio de la capital de Florida.

Para Xalbador García, conocer el origen propio es fundamental al momento de colocar los pilares del edificio narrativo. Ese origen, precisamente, permite introducirse en el corazón de otras culturas y construir el personaje guía.

En Miami Blue y otras historias, el autor comparte escenas de seres marginales, acosados por una economía norteamericana que no les permite entrada, pero que tampoco puede funcionar sin ellos. En esta espiral caótica, el castellano se muestra como un nexo de diferentes acentos entre la comunidad latina.

Así, surge la metáfora con la mariposa Miami Blue, la cual hasta hace poco estuvo en peligro de extinción, como ese constante morir y renacer en un entorno social que día a día impone nuevas pruebas. Y es que para Xalbador García, la razón de que el sueño americano produzca insomnio a sus personajes radica en la idea de que dicho plano onírico no existe.

Influenciado por autores como Juan Carlos Onetti, Eusebio Ruvalcaba o Antonio M. Abad, García tiene claro que la esencia humana se basa en la creatividad y el arte es una fórmula de escape, sobre todo un escape de sí mismo. En esa fuga, la literatura es una forma de vida, pero no es la vida en sí.

Tuviste la suerte de convivir con Eusebio Ruvalcaba en San Luis Potosí. Él decía que “escribir es dejar en cada palabra una parte de uno mismo”. ¿Qué has dejado de ti en los textos que has escrito?

Lo que dejo de mí son las partes de explorar la humanidad. En este sentido hay tres líneas bien marcadas. La primera es la oscuridad del ser humano: yo quería profundizar en esos aspectos que en ningún texto había hecho; es decir, las frustraciones, los rencores y sobre todo esta necesidad que hay en los seres humanos de sobrevivir pese a las condiciones adversas, cómo uno sobrevive y a partir de la supervivencia uno hace cualquier cosa, aunque no sea moral ni éticamente correcto, no importa, tienes que vivir. Entonces estos personajes son eso y exploré por ahí.

El otro asunto que me interesa mucho, y que creo que es una parte de mi dieta cultural, era cómo conjuntar la literatura culta con la literatura cultural, en qué momento estas dos se pueden fusionar, porque para mí, desde una perspectiva como creador, no hay diferencia. Lo hablaba con un amigo, cuando vamos en su auto vas escuchando Los Cadetes de Linares, pero llegas a tu casa y puedes poner a Schumann. No es que te pases de un lado a otro porque te quieres volver más culto, o quieres demostrar nada. Creo que nuestra cultura mexicana es así, la cultura popular es muy fuerte, muy digna y la cultura de estatus, de élite, también. Esa es la otra cosa que podría haber dejado en mí: cómo yo vivo la cultura.

Xalbador García tuvo la oportunidad de entablar conversación con Eusebio Ruvalcaba. Foto: El Siglo de Torreón

El tercer punto serían las alegrías de la vida. A final de cuentas, pese a las circunstancias (sobre todo en los últimos años) siempre he encontrado aspectos en la literatura o en la existencia que reflejan esa luz. A lo largo de mi vida he trabajado, sobre todo en investigación, con escritores muy oscuros. Sin embargo, siempre veo en su literatura algo luminoso, una luz, no sé si llamarla de esperanza, pero por lo menos de darle sentido a lo que estamos haciendo aquí.

Lo has mencionado antes: “Una literatura que no habla de la vida es una literatura estéril”. Para Eusebio Ruvalcaba, antes de la palabra, la materia prima de la literatura era la vida. ¿Qué te provoca esta idea?

Es interesante, porque es una idea que se fue fraguando en mí durante mucho tiempo. Creo que como todo escritor joven, a los 18 o 20 años, se nubla muy fácil la idea de lo que es la literatura y lo que es la fama literaria y el glamour. Lo que uno quiere es publicar y que le aplaudan, ser el escritor más vendido y andar por el mundo como diva literaria. Al final te das cuenta que no es cierto, que la literatura es una forma de vida, que es la forma de vida que me gusta, por la que me he avocado en los últimos años y he hecho todo para seguir viviendo de ella, pero no es la vida. Si yo pusiera en un ranking qué es lo más importante de la vida, creo que la literatura se encontraría en el lugar 300. No importa. La literatura es una forma de vida que te permite cosas extraordinarias. Una de las que más recuerdo es precisamente eso: por medio de la literatura llegué a compartir las noches de cantina con Eusebio Ruvalcaba a hablar de la vida, de las experiencias, de las frustraciones, de los amores, lo que uno va sangrando en la borrachera. Para mí eso es mucho más importante que los libros. Y justo cuando llegué a Eusebio yo ya había tenido otros profesores que pensaban igual. Creo que es lo más interesante de encontrar a estos grandes maestros que ya han pasado el umbral de la fama literaria. Eso te enseña a disfrutar la vida. No a escribir mejor, no a moverte en los circuitos literarios, sino a disfrutar la vida. A final de cuentas para eso estamos.

Hablando de experiencias, ¿cómo te enriqueció personalmente el encuentro con la historia de Antonio M. Abad cuando estuviste en Filipinas?

Lo de Filipinas fue una grata locura, algo rarísimo donde conjuntaron diferentes aspectos: por un lado el Instituto Cervantes de España, por el otro la Embajada Mexicana, por el otro el Colegio de San Luis, de donde soy egresado. Y a partir de ahí se hizo un enroque raro y me dijeron que si me animaba a hacer una investigación. Me fui y lo de Abad fue extraordinario, porque pude contactarme con su familia y me abrieron sus archivos, que están en la Universidad de Filipinas. Abad me enseñó muchas cosas, sobre todo el valor que implica luchar por un sueño en la vida. En su caso, no sólo era volver a hablar español en el archipiélago, sino que buscaba que el español fuera la vía para hermanar al pueblo de Filipinas con Latinoamérica. Él quería que Filipinas se reconociera en esa historia latinoamericana, que los latinoamericanos acogiéramos a Filipinas como uno de nosotros y, al mismo tiempo, generar este enlace con España, donde somos el universo en castellano.

Foto: Cortesía de Xalbador García

Él lucha toda su vida por eso, se muere en la frustración porque no lo logró. Sin embargo, me parece que esa es la gran enseñanza que tuve de Antonio M. Abad: los sueños están ahí para luchar por ellos, si los consigues o no los consigues es cosa aparte. El camino, el que te dedicaras cien por ciento y dijeras: ‘¡Caramba! No quedó por mí, hice todo lo que podía. A lo mejor no tengo los recursos para poder hacerlo, pues ni modo ¿qué le vamos a hacer?’. Pero estar revisando sus archivos y sus cartas, lo que hacía, fue extraordinario porque además el tipo hacía proyectos monumentales. El último que se le quedó fue un diccionario español-tagalo-cebuano y no lo logró terminar, pero tiene 800 páginas, ¡imagínate! Fue el último gran proyecto de su vida. Eso fue Antonio M. Abad para mí: la convicción de que los sueños están ahí para luchar por ellos, para morirse por ellos sin importar el resultado.

Hablando de sueños, en la primera parte de tu libro Miami Blue y otras historias, los personajes son acosados por el sueño americano y conviven en un edificio. ¿Cuáles son los cimientos de esta idea?

Ese rostro de Miami me lo encontré cuando llegué a la ciudad. En este edificio donde vivimos mi pareja y yo cuando llegamos a Miami. Yo tenía la idea del Miami glamuroso, sensual, playa, fiesta. Al final de cuentas uno sabe que en las ciudades hay sombras, pero es complicado meterte a las sombras más allá de una cuestión turística. Si te vas a los bajos fangos de París o de Nueva York, no pasas como turista porque está muy feo. Pero cuando vives ahí es totalmente diferente. Eso serían los cimientos de mi novela: la experiencia propia. Darme cuenta cómo hay una especie de humanidad en desecho en esta sociedad capitalista, que cuando cumple sus funciones automáticamente pasa a estorbar. ¿Y a dónde se va esta humanidad de desecho, estos seres humanos? Pues a lugares como esos edificios. Ese edificio está poblado de viejos, la novela misma está poblada de viejos. Entonces es el país más poderoso del mundo porque tiene que producir, es una máquina de hacer dinero y tú eres un engranaje de la máquina. Cuando ya no sirvas de engranaje te tienes que excluir, pero ahí dejas de ser parte del juego. Entonces, no solamente es que seas pobre, sino que eres miserable y todo a tu alrededor se convierte en una atmósfera gris y oscura que te recuerda que no le sirves a esa sociedad. Esos serían los cimientos.

Ya que mencionas la vejez, en tu obra haces una analogía con la mariposa de Miami Blue, donde mencionas que los viejos son símiles a ellas, que estaban en ese lugar pero terminaron por extinguirse. ¿Relacionas a esta mariposa con el concepto de la vejez?

Más que con la vejez, haría una analogía con la muerte. Siempre en la novela hay ese recurrente, dos o tres veces en el diálogo, donde los personajes están hablando de las mariposas: “se van a extinguir” o “ya se están extinguiendo”. Eso pasó en realidad, esa mariposa que es endémica de Florida y en algún momento estuvo en peligro de extinción. Entonces, es la cuestión de decir: “Es que esto se va al carajo, esto se va a morir”. Y me parece que la otra parte que tengo también de cultura y que me ha interesado mucho, es el tarot. El simbolismo de la muerte en el tarot es maravilloso, porque te liga muy bien con las culturas precuauhtémicas de México. La imagen de la muerte es el momento donde algo desfallece, pero al mismo tiempo algo surge. Eso sería la mariposa para mí. Ya cuando está en el capullo, cuando parece que todo está momificado, de repente algo surge pero no surge lo mismo, sino algo mejor porque ya pasó por el umbral de la muerte, por el umbral del dolor, del sufrimiento. Eso sería esta analogía que encontré en la mariposa Miami Blue y todos estos seres que están a punto de morir o que tratan de hacer un cambio en su vida, es el significado que le doy.

El autor nos invita a profundizar el hecho de que por sobrevivir, el humano puede hacer cualquier cosa sin importar lo moral ni lo éticamente correcto. Foto: nyt.com

¿Por qué crees que el sueño americano le causa insomnio a tus personajes?

Creo que porque el sueño americano no existe. Creo que el sueño americano se construye a partir de cada individuo. Es una sociedad muy violenta, en el sentido económico. Yo había estado en múltiples ocasiones en Estados Unidos, pero nunca había vivido ahí. Nunca tuve que enfrentarme con lo que implica vivir en una ciudad como Miami. Entonces, con mis sueños o el sueño mexicano que uno lleva (que no es que vivas bien, pero tampoco vives mal), llegar y darme cuenta de eso, de que realmente uno no puede luchar en una ciudad como esa si no tiene las condiciones necesarias, en mi caso si no tenía papeles, pues fue muy duro y creo que eso está reflejado en los personajes: la frustración y sobre todo el ahogo que uno siente cuando no puedes luchar. Más allá de si pierdes o no, que es lo de menos, si uno tiene algo hay que luchar y si no se da no importa, pero cuando ni siquiera puedes entrar a la cancha a jugar, es tremendo, son excluidos: unos son ilegales, otros son viejos, otros están retirados, hay una quinceañera pero también desencajada de lo que debería ser una chavita de quince años. Si te das cuenta, nadie puede jugar pero todos tratan de sobrevivir, por eso les queda ese insomnio.

¿Cómo construiste la psicología de estos personajes a partir de sus dos elementos en común: la migración y el idioma español con sus diferentes acentos?

Miami es maravillosa en dos sentidos: la primera es que uno empieza a reconocer que el español no es un idioma, sino múltiples idiomas. Uno va conociendo amigos, la gente que te atiende en la tienda, los compañeros de trabajo, y te das cuenta que, incluso cada uno de estos españoles es una visión del mundo. Muchos de los lingüistas que estudian español buscan las plazas de las universidades de Miami, porque es el mejor laboratorio por eso mismo, por los diferentes universos que ahí confluyen, es como un hoyo negro. El segundo aspecto es que Miami es como si fuera una cárcel. Cada vez que conoces a alguien siempre te pregunta: “¿Cuándo llegaste?”, entonces es como si llegaras a la cárcel. La segunda pregunta es: “¿A qué te dedicas?”. Y lo maravilloso de Miami es que es una ciudad que ella misma no tiene historia (entre comillas), así que cuando llegas te puedes inventar la historia que tú quieras. A partir de ahí yo fui capturando historias, lo que me contaba también la otra gente, hasta conformar eso: a cada personaje darle un rostro, una historia, no importa si era cierta o no. Es Miami, donde cada uno inventa su propia historia. A partir de esas dos cuestiones, establecí la lengua y el carácter de cada uno de los personajes.

El mexicano es el personaje que muestra esta cara de Miami al lector, recuerda a lo que has mencionado sobre utilizar personajes de la propia cultura para conocer una ajena.

Es justo lo que tú dices, es este personaje pivote que me permite entrar y presentar a los demás personajes y las demás situaciones. Está muy basado en los personajes de Juan Carlos Onetti, estos que no tienen ningún gramo de dicha, y si la tuvieron la van perdiendo con los años, y al final se convierten en unos individuos totalmente miserables. Y lo que hace Onetti, también desde una cuestión muy grotesca en el sentido humano, y muy estética en el sentido literario, es que estos personajes son los que llevan el peso más fuerte.

Foto: Cortesía de Xalbador García

Pensemos en Juntacadáveres, en Larsen, pues es un tipo que no tiene ninguna gota de cordura, es el proxeneta, el que trata mal a las prostitutas, pero también está el fundador de Santa María, que también es una porquería. Y ellos son los que te llevan en estas historias. Vuelvo a Malcom Lowry, el protagonista es el cónsul, otro personaje que también es un miserable y un alcohólico que anda dando tumbos. Me gustan mucho que este tipo de personajes sean tus guías, una especie de Virgilio en estas novelas, porque todo se vuelve medio borroso si te das cuenta. Es lo que se intenta, es como un matiz que le das a la literatura para que el lector tampoco tenga certezas: “Bueno, este güey es el bueno, esta es la mala”. Uno ya no sabe dónde anda y andas a tientas. Al final es lo que me gusta mucho de esta literatura y es lo que traté de hacer con el mexicano: un personaje duro, que fuera absurdo, que lo que encontrara fuera también una cuestión hasta de locura, de insomnio, que no se sabe muy bien qué hizo ni cómo lo hizo, y ese era nuestro Virgilio en un lugar de tinieblas, un tipo también insomne que anda ahí deambulando por la vida.

Tienes otra frase en Miami Blue: “La otra cara de la muerte es el placer”. Tu libro también tiene otro rostro que involucra relatos cortos, ¿cómo lo describes?

Esa segunda parte que consta de 18 cuentos, trata de experimentaciones, son adelantos de los otros libros que estoy armando. Por una parte es jugar con el lenguaje, jugar con la referencia, mezclar literatura popular con literatura culta. Y también algo que me sucedió en Miami que no entiendo bien por qué, es que empecé a elegir que los protagonistas de mis cuentos fueran femeninos. Gran parte de mis cuentos son mujeres que narran su propia historia. Y son eso: experimentaciones que fueron amalgamando y que inconscientemente dan una atmósfera completa al libro. No se salen, no hay un choque entre la novela y el otro, sino que son como complementos, ahí van voces que se van complementando de alguna otra manera.

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