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"Rough And Rowdy Ways", de Bob Dylan

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Se sabe que Robert Allen Zimmerman adoptaría el nombre definitivo de Bob Dylan en honor al poeta Dylan Thomas. Del poeta se dice que sus últimas palabras fueron una celebración por haber bebido dieciocho vasos de whisky; del cantautor se rumora que comenzó a cambiar su nombre por Bob Dillon para después deletrearlo como Dylan. Como haya sido, nadie puede negar el talento de un joven que debutaría en la música con un estilo personal e inconfundible, acompañado solamente por armónica y guitarra. Dylan es ya una leyenda del blues y del folk, no cabe la menor duda, pero sí fue una sorpresa para los guardianes del canon literario que haya recibido el Premio Nobel de Literatura. Por supuesto que, para quienes apreciamos su lirismo y la cotidianidad de sus temas, no nos resultó increíble.

Ahora bien, que Bob Dylan haya elegido este año para lanzar su álbum de estudio número treinta y nueve es como presenciar la aparición de un arcoiris en plena tormenta. Rough and Rowdy Ways llega después de una prolongada pausa de ocho años desde Tempest, su anterior material. Plagado de referencias musicales, políticas y literarias, destaca una principal sobre el poeta Walt Withman: I'm a man of contradictions, I'm a man of many moods. I contain multitudes. Entre los 10 temas que componen esta obra aparece su primer sencillo titulado Murder Most Foul, con una duración de casi 17 minutos. Importa porque pasa revista a uno de los acontecimientos socioculturales que más impacto tuvieron en la década de 1960: el asesinato de John F. Kennedy. Bob Dylan erige con sus letras el sonido de sus monumentos y acopla los ritmos conforme instrumenta cada canción. Sépase que los versos de Dylan no sólo se escriben con palabras, también con acordes.

Entre los músicos que forman la banda de Dylan aparecen Matt Chamberlain en batería, Tony Garnier en bajo, Bob Britt y Charlie Sexton en guitarras (entre otros) y hasta Fiona Apple, cantante que también ha lanzado un disco espléndido en abril de este año. Esto demuestra, al igual que lo hiciera Bruce Springsteen, que Dylan es más que un solista.

Cada tema elegido para Rough and Rowdy Ways conlleva el sello distintivo de Dylan, su tono conversacional y misterioso, de incesantes referencias y metáforas. Las canciones brindan una respuesta a los dilemas que enfrentamos como humanos en tanto individuos y colectivo. Es una obra esencial que nos calma con mansedumbre. De este modo, Dylan reitera su faceta de trovador, de poeta, toma su guitarra y crea uno de los álbumes más esperados del año. Dylan el creyente de la experiencia humana, autor vanguardista que desempolva ritmos y estilos para hacerlos propios. Dylan el artista complejo que trasciende a su época y a todo movimiento cultural, cantautor que reconoce que primero fue la canción y sus ritos.

El valor musical de Rough and Rowdy Ways reside en que mantiene la tradición de la canción norteamericana, no se siente limitado por quienes elevan la originalidad a niveles apoteósicos, él es, más bien, un cosechador de autores, sobre todo aquellos de la tradición folk. No extraña, por eso, seguir escuchando los influjos del blues de Howlin' Wolf o del country de Hank Williams o el rock and roll de Buddy Holly. Los registros de este disco recorren desde el jazz hasta el hillbilly. Lo único que pudiera reprochar a Dylan en este álbum (una salvajada de mi parte) es que no se desprende de las notas bíblicas más anticuadas, sobre todo porque contrastan con ese discurso de protesta tan característico en él. El tema que más disfruté y elogio con fuerza se titula Key West (Philosopher Pirate), nueve minutos y medio tan luminosos como una primavera de sol y tan profundos como el silencio, una canción que describe de modo simple un lugar y lo que allí sucede. No es necesario analizar el tema con afán literario o musical, hay que escuchar y sentir como si uno estuviera conversando con los personajes que recorren ese camino: Ginsberg y Kerouac. Key West es el lugar de la palabra poética, de los atardeceres que el poeta pinta.

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