Los talent shows y la infancia
Familia

Los talent shows y la infancia

Niños como producto del entretenimiento

Ilustración de portada: Hessie Ortega

La televisión es uno de los medios con mayor alcance para la población general. Mientras se adapta a la era digital, el producto va cambiando; se busca tener más contenido y hacer que el consumidor experimente una conexión emocional con él para lograr mayor rating.

En la perpetua búsqueda de innovación, se han creado reality shows que siguen el día a día de ciertas personas, ya sea en un ambiente controlado o no, como lo fue Big Brother o Keeping up with the Kardashians. Esta sensación de asomarse a la vida de gente real tuvo una buena respuesta por parte del público, por lo que también hubo un repunte en los programas de concursos o talent shows, como Master Chef, añadiendo componentes más dramáticos.

Pero no fue suficiente para el entretenimiento, ¿qué tal si se incluían niños en estas competencias de la pantalla chica para atraer a toda la familia? ¿No sería buena idea mostrar sus emociones a flor de piel?

Fue así como, a nivel internacional, programas como The Voice o America’s Got Talent lanzaron sus versiones con menores de edad. Sin embargo, psicólogos, pedagogos y educadores se oponen a este fenómeno por las consecuencias que le puede acarrear a los infantes.

La psicóloga infantil española Laura Ayuso explica que los menores no tienen la suficiente comprensión del alcance que tiene su paso por la televisión o su exposición en redes sociales.

La motivación que puede tener un niño para participar en ese tipo de concursos poco tiene que ver con el premio o con lo que podría tener en un futuro. En realidad, la mayoría de las veces lo hacen por imitación de un ídolo o persona cercana.

Foto: Archivo Siglo Nuevo

MORAL BAJO PRESIÓN

La edad en la que comúnmente los niños participan en programas de concursos oscila entre los seis y los 12 años, es decir, la infancia media (6-12). Hablemos de ciertas características de esta etapa.

El razonamiento moral aparece a partir de los seis años. Los infantes pasan de tener reglas incorruptibles a formar su propio criterio; empiezan a distinguir conductas correctas o incorrectas, por las cuales hay un premio o un castigo. Con el paso de los años aprenden a tomar en cuenta una característica presente en toda acción: la intención con la que se hacen las cosas. De esta forma saben que puede haber cierta flexibilidad cuando se toman en consideración circunstancias específicas.

Por ejemplo: Una familia está sentada en la mesa para cenar, y al momento de servir algún líquido se cae un vaso, se derrama y produce una mancha en el mantel. Un niño de seis años probablemente se asustará y pensará que debe ser castigado; uno de ocho podrá ver si su intención fue tirar el vaso o se trató de un accidente, y uno de 11 analizará todo el contexto (si la familia estaba peleando, si el vaso estaba mal puesto, si la jarra era muy pesada) y sabrá si debe haber un castigo u otro tipo de consecuencia.

Pero si el niño se encuentra en el ambiente de presión de un talent show, el razonamiento moral podría no desarrollarse de una manera óptima porque no son capaces de procesar los objetivos del programa como los adultos. Ellos lo viven como su realidad, no como un entretenimiento, y van a adquirir la moralidad dependiendo de lo que experimenten dentro del show. Lo mismo ocurre, aunque en menor medida, si son espectadores asiduos sin una guía adulta sólida. La extrema competitividad los puede alejar de valores como la cooperación y la solidaridad, por ejemplo.

Foto: Behance / Jetlir Nikqui

SEMILLERO DE INSEGURIDADES

Otra habilidad clave que se desarrolla en la infancia media es la satisfacción por un trabajo bien logrado. El menor comienza a convertirse en un miembro productivo dentro de su círculo social, lo que le provoca satisfacción.

Es una etapa donde expresiones como “bien hecho”, “buen trabajo”, “sigue intentándolo”, tienen una mayor relevancia que en la adultez, porque el niño aprende a poner límites, así como a medir su esfuerzo y sus capacidades. Debe sentirse protegido para descubrir lo que puede hacer y lo que no, y así integrar una idea sobre sí mismo. Esta habilidad le será mucho más difícil de adquirir si lo comparan constantemente con otros niños y se ve obligado a cumplir con las expectativas de otras personas, como los jueces, que no toman en cuenta su personalidad y cuyo objetivo es el entretenimiento.

Esta habilidad también está directamente relacionada con el autoestima, ya que se adquiere la idea de que uno es capaz de dominar actividades y completar tareas. Los niños pueden sentirse inferiores a sus pares, por lo que buscarán el cuidado y amor incondicional de sus familiares, o bien pueden volverse demasiado laboriosos; es decir, dedicarán sus esfuerzos a ser buenos y mejorar su ‘trabajo’, a tal grado de llegar a descuidar sus relaciones sociales, no aceptar críticas o nunca sentirse suficientes.

CONTROL DE EMOCIONES

En la infancia media, los niños toman más conciencia de sus sentimientos y los de otras personas. Pueden regular mejor sus emociones y responder al malestar de otros. Reconocen las expresiones emocionales aceptables y las que son inadecuadas, como la violencia; además aprenden qué los hace irritarse, sentir temor o tristeza, y observan la manera en que otros reaccionan ante esas sensaciones.

Foto: nyt.com

Cuando los adultos responden con desaprobación o castigo ante ciertas emociones, es posible que dañen el ajuste social de los infantes, quienes pueden tornarse reservados y ansiosos ante los sentimientos que se consideran negativos.

En cuestión de habilidades sociales, los niños aprenden a hacer amistades, lo cual es importante porque la falta de amigos puede tener efectos negativos a largo plazo, como baja autoestima en la adultez o síntomas de depresión.

Entonces, nos encontramos frente a una etapa donde se forma la moral, se entiende la satisfacción, se moldea el autoestima, se aprende la autorregulación emocional y se busca la amistad entre los pares. Pero sometemos este proceso a un ambiente controlado para el entretenimiento de una sociedad a la que poco le importan las consecuencias que haya en el participante, siempre y cuando el programa sea emocionante.

TOMAR RESPONSABILIDAD

Debemos tener muy claro que los niños son vulnerables y se encuentran en la formación de su persona, por lo que no es adecuado hacerlos participar en programas de concursos o permitirles guiarse por lo que ven en ellos. No es un concepto que puedan comprender fácilmente, porque para los menores no existe la distinción entre este entretenimiento y sus vivencias.

No llevan una doble vida, así que las consecuencias de llenar las expectativas de un programa de televisión tienen una repercusión real; desde vivir una adultez llena de inseguridad y sentimiento de inferioridad, hasta ser adictos al trabajo, presentar ansiedad por no poder identificar sus emociones, desarrollar dependencia hacia la opinión de otras personas, no sentirse plenos y no poner límites hacia los demás.

Los padres cumplen un factor crucial en este tipo de decisiones. Se debe cuidar al infante, no convertirlo en un producto de entretenimiento.

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