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Intolerable
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Espero lo peor y cuando lo peor no ocurre

me llevo tal alegría que parezco optimista.

Fotografías, testimonios, prensa de la época, películas del Holocausto, el genocidio armenio de 1915, Ruanda en 1994; una exhibición descarnada y cruel de los genocidios que en el mundo han sido, hacen de este museo la memoria viva de la Intolerancia llevada al grado de horror.

Al observar las atrocidades cometidas en el que debió ser el siglo de las luces (cien años de esplendor, la aviación, la tele, la penicilina, el viaje a la luna, Internet y, lo más importante, el reconocimiento de los Derechos Humanos, son sólo algunos de los logros que el hombre del siglo XX aportó a la humanidad) uno se pregunta ¿para qué esta memoria del terror?

Es mucho más estimulante ver el rostro amable de una humanidad educada, progresista, que se asume habitante del planeta Tierra, no mejor que nadie pero tampoco peor. Es doloroso asumir la parte oscura, más de bestia que de humano, que llevamos dentro (dicho esto sin intención de ofender a las bestias). Asentado en un edificio de arquitectura atemporal que armoniza muy bien con el resto de la Plaza Juárez en el Centro Histórico de la Ciudad de México, el Museo de Memoria y Tolerancia es una muestra precisamente de la Intolerancia, que tiene que ver con el rechazo al diferente, al que no es como yo porque tiene otro color y reza diferente a un dios que no es el mío; al que vive su sexualidad fuera de las normas que impone la mayoría.

Ya se sabe que la cordura es cuestión de consenso. Tolerar es ese valor moral que implica el respeto íntegro hacia el otro, hacia sus ideas, prácticas o creencias independientemente de que choquen con las nuestras; aunque afirmar que "yo te tolero", implica una cierta superioridad moral.

Tolerancia es la capacidad de perdonar a quienes hablan antes de pensar, nos dice Catherine Pulsifer. La afirmación es razonable, sólo que en las palabras tolerar y perdonar, encuentro cierta arrogancia. ¿Desde qué estatura moral te perdono o te tolero? No creo en poner la otra mejilla sino en pasar página, pero guardar memoria para impedir que se repita un suceso que me lastimó. Transigir, aguantar, sentir lástima, resignarnos, disimular, acomodarnos y ser benevolentes, son sinónimos de tolerar.

Yo no quiero que nadie me tolere. Aspiro a que me quieran, que me acepten con mis virtudes (que tengo muchísimas, pacientísimo lector, y si no las menciono es por mi innata humildad; aunque por supuesto, humana como soy, tengo también mis defectillos, poquísimos). Aún con todas sus virtudes, la tolerancia tiene para mí una falla. Prefiero el respeto. Ser respetado no es lo mismo que ser tolerado. Y perdón, pero no puedo seguir con el tema porque estoy escuchando que Biden rebasó con mucho los 270 votos electorales y es ya presidente electo de los Estados Des-unidos de América.

Entre tanta mala noticia, es una oleada de aire fresco saber que muy pronto dejaremos de tolerar al abominable, criminal confeso, genuino alarde de patanería y vulgaridad, que tan visceralmente gobernó a nuestros vecinos, y con una lengua tan sucia como su persona, maltrató a los mexicanos.

Dentro de tantas ansiedades que toleramos en este momento, la elección de Biden es una prueba de que sí se puede y de que no tenemos que tolerar para siempre… Biden no es un hombre de gran carisma, pero es congruente y goza de salud mental; y no un bisonte en cristalería como su antecesor, que si es verdad que el que la hace la paga, deberá acabar sus días en prisión.

Dejé pues de ocuparme de la tolerancia para correr al televisor donde encontré a Kamala Harris con un discurso fluido, inteligente y la enorme sonrisa de quien sabe que ser la primera vicepresidente de Estados Unidos, desbroza el largo y difícil camino de las mujeres para recobrar la igualdad de derechos, que aún en pleno siglo XXI apenas nos es tolerada. Nos quitamos un peso de encima, vamos por el otro.

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