La vida ante sí
Cine

La vida ante sí

Una película de vínculos y humanidad

En el cine rara vez una ópera prima suele ser sobresaliente. La vida ante sí no es la excepción, es una historia que entretiene, pero lejos está de convertirse en una pieza que rompa los paradigmas, por el contrario, los asume para tejer un relato cuyo desenlace se sabe a dónde arribará.

Edoardo Ponti es hijo de la protagonista, la afamada Sophia Loren, reconocida internacionalmente por formar parte de la corriente artística Made in Italy que proyectó al mundo la personalidad italiana de la posguerra. La belleza de Loren es inolvidable, y acaso el reto habría sido mostrar a la actriz en una faceta diferente, anciana, poblada de arrugas, pero sin variantes en su expresión.

La vida ante sí, producción de 2020, cuenta un momento en la vida de una judía sobreviviente del Holocausto, Madame Rosa (Loren); se sabe que fue prisionera por el tatuaje que solían perpetuar los nazis en los brazos de sus cautivos, sólo por ello. La anciana (de quien por los diálogos se revela que es una prostituta retirada) se vincula con Momo (Ibrahima Gueye), un niño de doce años de edad, de color, musulmán, hijo de prostituta y refugiado, quien está en la frontera entre convertirse en un criminal o en un hombre de bien. Si el espectador se apega al paradigma tantas veces socorrido, podrá deducir el destino del desvalido.

Madame Rosa, en su vejez, cuida a los hijos de otras prostitutas, con ello se gana la vida. Es respetada en su barrio por el médico, por el comerciante, por transexuales, y su fortaleza moral le permite mirar fijamente, sin parpadear. La trama parte del encuentro que tiene con Momo; comienza ríspida, finaliza tersa.

El filme forma parte de las producciones que Netflix impulsa para enriquecer su oferta, y el respaldo de Artemis Rising Foundation le confiere el sentido social al largometraje.

Foto: twnews.com

La fundación ha financiado centenas de documentales, películas y cortometrajes con profundo contenido social, cultural y ambiental. En su portal artemisrising.org se encuentra el catálogo de las producciones que pretenden “empoderar a las personas en todas partes”.

Regina K. Scull es la fundadora y directora ejecutiva de la organización. En su portal expresa su dedicación para “transformar nuestra cultura a través de los medios, las artes y la educación”. Ha producido más de 200 películas documentales centradas en algunos de los problemas de justicia social más urgentes de nuestro tiempo: la paridad de género, la brecha de rendimiento y la recuperación del trauma. Scully es productora, ha sido nominada por la Academia y ganó los premios Emmy y Peabody. “Sus películas incluyen Miss Representation (2010), The invisible war (2012), Anita: speaking truth to power (2013) y un puñado más. Scully es la patrocinadora fundadora del Athena Film Festival (NYC), que destaca a las mujeres en el cine”.

El drama italiano conjuga los elementos pretendidos por la fundación: se plantea el problema de la migración africana hacia Europa, se recuerdan los crímenes de lesa humanidad de la Segunda Guerra Mundial, se aborda la posibilidad de convivencia entre religiones y se revive la figura de una mujer emblemática, una mujer empoderada que en el ocaso de su vida demuestra la alternativa de enderezar todo camino por torcido que esté.

BREVE HOMENAJE A LA BELLEZA

Destacada es la actuación de Ibrahima Gueye, en su papel de Momo, el senegalés que llega a identificarse con Madame Rosa; en el desarrollo del personaje se transmite vitalidad, conflicto, ofuscación y al final una solidaridad hacia quienes padecen las arbitrariedades de la humanidad. A pesar del óptimo desarrollo del personaje, los hilos que se tejen entre los protagonistas llegan a anudarse de manera espontánea, sin que se presente una madurez propia de un guion reposado en el que se explore la psicología profunda de los seres: Madame Rosa fue prisionera en los campos de concentración, prostituta, y él, Momo, refugiado, huérfano, preadolescente solitario sin alternativas; en la trama se recurre a los lugares comunes para atenuar las aberraciones producidas por este pasado adverso. Faltó tiempo en el filme de noventa minutos para tensar más la cuerda y por lo menos intentar engañar al espectador respecto al resultado esperado.

Foto: allocine.fr

La trama se rompe arbitrariamente cuando el director, hijo de Sophia Loren y Carlo Ponti, inmiscuye en la historia un homenaje a su madre. No quiso mostrar a Madame Rosa de noventa kilos (el personaje obeso de la novela de Romain Gary, en la que se basaron las dos versiones cinematográficas, la de 1977 de Moshé Mizrahi que ganó para Francia el Oscar a la mejor película hablada en idioma extranjero, y la actual), sino a la bella Sophia Loren. Esto ocurre cuando el personaje recorre con la mirada su habitación y toma una fotografía en blanco y negro de Sophia en su época de plenitud. Bella, de ojos felinos, enormes y expresivos; de sonrisa amplia y labios carnosos; de cabello ensortijado que luce con cualquier peinado. Es Sophia, siempre ha sido Sophia, no Madame Rosa, sino Sophia, la Loren. Y entonces el público le aplaude como cuando en el teatro del pueblo se presenta la actriz de la televisión y es la actriz, no el personaje, y el personaje nunca aparece, nunca está, solo está la afamada actriz y el recuerdo de su belleza.

La crítica ha sido amable con el largometraje, como el narcotraficante con Momo: “¿Quieres salir de esto? Solo que si lo dejas jamás volverás” le advierte con tono paternal el dealer de cocaína al huérfano, y lo deja ir. Fantasía pura, fantasía que confunde, como el intento de realismo mágico que de pronto salpica a la historia sin tener una asidera que se haya asomado en otros momentos del filme.

La fotografía no destaca, no sorprende. Es, como la dirección y la historia, un producto logrado, que cumple con los cánones profesionales en el aspecto técnico, pero que aún denota rigidez, creatividad contenida acaso por el temor a la libertad de atreverse a hacer algo diferente. Respecto a la música, intrascendente.

Pablo O. Scholz, crítico de cine del diario digital Clarín, opina sin segarse por el brillo pretérito de la Loren: “Y el problema que tiene la realización de Edoardo Ponti es que es un filme sobre vínculos, pero no se entiende cómo se establecen los mismos. Por ejemplo, cómo Momo, de ser un personaje casi malo, pasa a ser una miga de pan”.

Sophia Loren. Foto: elnuevodia.com

Y dice más: “Luego, el filme recorre los senderos de la amistad entre la mujer mayor y el pequeño, y los problemas de salud de Rosa, que es catatónica, para desembocar en un desenlace previsible”.

Pese a la crítica, Scholz reconoce (además de que la considera una buena película) que podría estar nominada al Oscar por la actuación de Sophia Loren gracias a que es Sophia Loren y que tiene 86 años de edad y que “su nominación marcaría un récord: el de ser la primera actriz de habla no inglesa en ser candidata por tercera vez”.

Por su parte, Ann Hornaday, analista de cine de The Washigton Post, le confiere tres de cuatro estrellas y la enaltece con su reseña: “Una de las mayores fortalezas de Loren como estrella de cine siempre ha sido su generosidad como colaboradora, y eso está en plena exhibición desde el momento en que Madame Rosa conoce a su antagonista convertida en protegida, con Loren y Gueye desarrollando sus propios ritmos y compenetración totalmente espontáneos. Gueye hace un debut impresionante como un hombre-niño que es a partes iguales duro y desgarradoramente necesitado; siempre en sintonía con esas corrientes conflictivas, Loren infunde cada interacción con su marca singular de sensibilidad, dignidad, pérdida por cansancio del mundo y compasión materna”. El brillo de la Loren sigue opacando la percepción, sin duda.

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