El invierno en Macondo
Nuestro mundo

El invierno en Macondo

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Como lectura invernal he vuelto a Cien años de Soledad, una de las obras cumbre de la literatura de todos los tiempos. Se trata de un ejercicio que hago cada dos o tres años, que además me lleva de regreso a otras novelas y cuentos del maestro García Márquez. Porque si se leen con atención los libros del autor previos a 1967, es fácil advertir cómo el universo de Macondo fue construyéndose a lo largo de varias décadas como un silencioso rompecabezas. Es el caso del Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, cuento fechado en 1955 donde García Márquez cuenta una historia en apariencia simple que, no obstante, resulta compleja por la presencia de ciertos elementos que anunciaban ya el realismo mágico. La anécdota se limita a la llegada del invierno a las tierras tropicales. El invierno en Macondo no es frío: es un diluvio. Un aguacero que trae consigo lo desconocido.

El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa” es la frase con la que empieza el cuento de García Márquez. “La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover”, continúa el narrador (que es Isabel, una mujer embarazada que presencia la lluvia), para desembocar en un verdadero diluvio de proporciones bíblicas en el que nada queda en su lugar.

Primero viene la alteración física: los trenes quedan detenidos porque las vías se han perdido con la crecida del río, las vacas mueren en los jardines de las casas derrotadas por tanta lluvia, los enfermos son arrancados de su lecho por las corrientes de agua mientras los muertos nadan fuera del cementerio. Pero los estragos van mucho más allá; en el diluvio es imposible distinguir entre lo real y lo soñado, se pierden los sentidos y la noción del tiempo. En este laberinto se extravía el padre de Isabel: “Pero mi padre no volvió, se extravió en el tiempo”. Al final, cuando ha escampado, todo ha quedado alterado, incluso el tiempo y los recuerdos. Isabel se pregunta entonces si no estará muerta: “Dios mío —pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me sorprendería que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado”.

También en Cien años de soledad hay implícita una extraordinaria noción del tiempo. En primer lugar porque el pasado no es fijo e inaccesible: por el contrario, está en permanente flujo hacia el presente y viceversa, a tal grado que es posible el contacto entre vivos y muertos. Las personas fallecidas, los fantasmas e incluso los objetos son elementos activos que vuelven constantemente al presente. Así, vemos al viejo Melquíades regresar de la muerte porque “no pudo soportar la soledad” y después en un viaje “rumbo a las praderas de la muerte definitiva”. José Arcadio Buendía amenaza a su rival, Prudencio Aguilar, con matarlo cuantas veces regrese de la muerte e incluso se asombra de que los muertos también envejezcan.

Queda claro que para García Márquez el pasado no es un burdo equivalente a la historia, sino un elemento activo. Al igual que el Comala de Juan Rulfo, en Macondo los fantasmas no son espíritus a los que hay que temer, sino seres con los que se puede interactuar. Tan es así, que los vivos no están completamente seguros de estarlo, como le ocurre a Isabel, que al darse cuenta de que la lluvia ha terminado se descubre a sí misma en un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda: un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte. Así, en un tiempo sin tiempo, la historia está reescribiéndose una y otra vez. Quizá es por ello que Úrsula, la matriarca de la familia Buendía, observa un día que “el tiempo parece estar dando vueltas en redondo”.

Esa espiral del tiempo no es sólo una imagen poética, sino una referencia a la estructura misma de la novela. García Márquez lo plantea así al repetir, en distintos puntos del texto, la fórmula inicial. Un arranque perfecto: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

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