Herramientas para prevenir el abuso infantil
Sexualidad

Herramientas para prevenir el abuso infantil

Educación sexual temprana para establecer límites

Ilustración de portada: theaoi.com

El abuso sexual es una forma de maltrato infantil que ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad, pero que poco se ha hablado de él, resultando en muchos vacíos al respecto en los ámbitos legal, médico y social.

Este fenómeno no es exclusivo de poblaciones marginales, aparece en todas las culturas y clases sociales. Lo que recientemente ha cambiado es que la cultura de denuncia se ha acentuado, haciendo que el tema sea cada vez más comentado.

El ambiente que se relaciona frecuentemente con este tipo de abuso es la familia, lo que hace su abordaje más problemático. En América Latina, el 20 por ciento de los niños abusados lo han sido por un familiar cercano, y en más de la mitad de los casos hay evidencias de situaciones incestuosas; en el 80 por ciento restante de los casos, los perpetradores son amigos, vecinos o parientes.

La violencia sexual de niños y niñas abarca todas las conductas de naturaleza sexual que son impuestas a un menor. Se caracteriza por un adulto o adolescente que aprovecha la posición vulnerable de la víctima para exponerla a acciones que no puede comprender y para las cuales no está preparada, porque el infante carece de criterios para dar su consentimiento. El abuso puede o no ser físico.

PREVENCIÓN DESDE LA TEMPRANA INFANCIA

Tras esta introducción sobre el abuso sexual infantil, sigue preguntarnos ¿qué podemos hacer para prevenirlo?

Los niños pequeños se encuentran siempre muy ocupados conociéndose a sí mismos y a su entorno. Pasan mucho tiempo descubriendo cómo funcionan sus cuerpos y lo que pueden y no pueden hacer.

Foto: Behance / Zhenya Oliinyk

En todas las situaciones en las que cuidemos y criemos a un niño; por ejemplo, al bañarlo, cambiarle el pañal, aplicar lociones o alimentarlo, es posible indicarle de varias maneras que se trata de su propio cuerpo y que éste es valioso. Es importante que sepa que puede tomar decisiones sobre él, incluso cuando necesite ayuda de un adulto para ciertas cosas.

Una buena manera de lograr esto es que, tan pronto como sea posible (puede tener desde un año de edad), aprenda cómo lavar sus partes íntimas. Primero se le puede mostrar, en la ducha o la bañera, cómo lavar los genitales y el trasero dejando que el niño o la niña lo intente por sí mismo, así como enseñarle el modo en que se puede limpiar después de usar el retrete. De esta forma comprenderá que esas partes de su cuerpo son privadas, por lo que debe hacerse cargo de ellas él solo.

La boca también es una parte íntima. Es recomendable animar al bebé a comer por sí mismo desde temprana edad (incluso si se ensucia) y no darle comida por la fuerza en la boca. Los pequeños dependen de la ayuda de los adultos y no siempre se les permite decidir por sí mismos, así que es importante que dediquemos tiempo para explicarles por qué hacemos cosas con sus cuerpos, tales como cambiar de pañales, y por qué a veces es necesario realizar actividades que no quieren hacer, como bañarse.

Los esfuerzos realizados en la mesa o en el baño pueden ser complicados y consumir mucho tiempo, pero a la larga son de gran importancia. Al permitir que participe desde temprana edad en estas actividades, estamos fortaleciendo su integridad y su sentido de valor propio.

CONTACTO FÍSICO

Como adulto responsable de un niño, también podrías tomar en cuenta el contacto físico de él o ella con otras personas. ¿Cómo nos comportamos cuando los parientes, amigos o desconocidos quieren abrazar y besar al pequeño? ¿Es posible que lo estemos forzando solo por cortesía? Si bien es importante que los niños aprendan reglas de educación como saludar a los demás, el contacto físico nunca debe ser obligado.

No hay que forzar a los niños a tener contacto físico, aunque sea con personas cercanas. Foto: wsj.com

No fuerces al niño o niña a abrazar, besar o sentarse en las piernas de alguien. En lugar de ordenarle: “Anda, ve y siéntate con la abuela”, pregúntale: “¿Quieres sentarte en las piernas de la abuela?” Esto ayuda al menor a comprender que no debe estar cerca de otras personas si no lo desea. También ayuda a que se pregunte si le parece bien o mal y, por extensión, a definir límites.

Explícale que si alguien hace o quiere hacer algo con su cuerpo que no desea, puede decir que no y contarle a otros adultos al respecto, sin importar que la persona sea alguien conocido o querido. Que no dé miedo utilizar el nombre de los órganos sexuales.

Un ejemplo de cómo se puede explicar la privacidad es recorriendo el cuerpo y viendo hoyitos o agujeros. Se puede enseñar una oreja y decir: “hay un hoyito en la oreja, es nuestro oído y es delicado; no podemos meter cosas ahí y nadie puede hacerlo, porque eso lastima nuestro oído”. Señalamos ahora la nariz y continuamos: “En nuestra nariz tenemos dos hoyitos que nos permiten respirar, nada puede entrar ahí porque si nos metemos un lápiz o una crayola nos lastimamos y nos duele”. Seguimos mostrando el cuerpo y señalamos los órganos sexuales: “Este es el pene (o vagina), que tiene un agujero chiquito por donde sale nuestra pipí. Nadie puede tocar o ver nuestro pene, ni un amigo ni un primo o tío, es una parte muy delicada”, y terminar con el ano.

Enséñale al niño que no hay problema si dice no, incluso a personas que pueden ser cercanas a él o si ellas se enojan o ponen tristes porque él se niegue.

SIN SECRETOS NI DUDAS

También es una buena idea enseñar a los menores la diferencia entre los secretos buenos y los malos. Los buenos secretos son situaciones como los regalos de cumpleaños o los de Navidad, cosas que te hacen feliz. Los secretos malos te ponen triste o te dan un dolor de barriga. Estos se pueden contar a mamá o papá, incluso cuando alguien dice que no está permitido. Hablar sobre los secretos buenos y malos es un modo de hacer que los niños y niñas compartan sucesos molestos que alguien les pidió callar.

Los niños mayores necesitan saber más sobre la intimidad para evitar abusos. Fotos: Behance / Zhenya Oliinyk

En el caso de infantes más grandes, entre los siete y nueve años de edad, normalmente son conscientes de que las relaciones íntimas existen y obtienen información de los hermanos, amigos o medios de comunicación, a no ser que los padres de familia hayan decidido plantear el tema desde antes. Los niños de esas edades suelen preguntarse sobre sus propios cuerpos y sus cambios: por qué lucen de ese modo, qué diferencias hay entre los géneros y si acaso sus propios cuerpos están bien.

Al contribuir en etapas tempranas con conocimientos adecuados a su edad, los adultos tienen la oportunidad de brindar una imagen saludable y matizada sobre el cuerpo y la sexualidad. Los niños pueden haber empezado a conversar sobre las relaciones íntimas en la escuela o pueden haber visto a sus padres besándose. Esas situaciones promueven preguntas y brindan oportunidades para explicar que la cercanía es algo positivo cuando ocurre entre dos personas que se quieren mutuamente.

Puede resultar difícil encontrar la ocasión indicada para abordar estos temas. Un consejo es hacerlo cuando los medios de comunicación hagan reportajes al respecto. Por ejemplo, puede haber informes sobre menores sometidos a propuestas sexuales por Internet o situaciones en que hayan sido víctimas de violaciones o abusos. Puedes preguntarle al niño qué piensa al respecto, es una oportunidad para conversar de forma natural.

Cuidado con el lenguaje que se utiliza; no se trata de hacer ver que la intimidad sea algo malo, sino explicar qué es el comportamiento inadecuado. Que alguien quiera mirar o tocar las partes privadas de un niño está mal. Indícale que es bastante inusual, pero que podría ocurrir, y explícale que todos los adultos saben que eso no está permitido.

Papá o mamá, no tengas miedo ni orgullo de pedir ayuda para poder explicar el tema, acércate a informarte sobre talleres o escuelas para padres, que en muchas ocasiones son gratuitos y dirigidos por instituciones gubernamentales. La sexualidad se enseña desde el primer momento, no hay que esperar a la adolescencia; es darle valor y respeto a nuestro cuerpo para que el niño establezca límites saludables.

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