Pueblo pobre, pobre pueblo
Opinión

Pueblo pobre, pobre pueblo

Miscelánea

El poder dimana del pueblo. El pueblo, el pueblo, el pueblo, y servirle al pueblo, para eso estamos aquí

Andrés López Obrador

Hordas, masas, carne de cañón, artillería del poder. Hitler, Mussolini, Maduro o Morena, da igual. Pueblo que lo mismo sirve para un barrido que para un trapeado. Pueblo que no entiende de partidos ni de ideologías porque su necesidad más urgente es comer, es sobrevivir, y lo impostergable: conseguir un trabajo, que sin oficio ni beneficio, puede ser lo mismo de narco que de diputado.

Pueblo que ente todo tipo de catástrofes va por delante. La peor de todas y la más perniciosa, es la mediocre y escasa escolaridad que nos condena a la ignorancia. Basta recordar que entre las primeras decisiones del presidente, fue la de echar para atrás una Reforma Educativa que apenas comenzaba a despegar.

Un pueblo ignorante es dócil porque en lugar de individuos impredecibles, libres, contestatarios; se compone de masas eficientemente manipuladas, que comen la misma comida, se conforman con un par de zapatos y ponen su desamparo en manos del gobernante de turno.

El pueblo va a proteger al pueblo, el pueblo va a salvar al pueblo… nada más que en su momento”, tartajeo con su imparable verborrea, el presidente del pueblo. ¿Cuándo llegará ese momento?

Indudablemente la hipocresía es la sólida columna sobre la que se sostiene nuestra vida política, religiosa y social. ¿Quién que persiga el poder reconocería ante el pueblo, que es un vulgar ambicioso y ansía el poder para resolver sus carencias, complejos y resentimientos? ¿Qué clase de majadero se atrevería a decirle a una recién parida que su criatura está horrorosa?

La hipocresía es la más poderosa de todas las armas políticas porque engaña al pueblo bueno, esa masa de ciudadanos que ajena a la cultura, sin el beneficio de los libros y sin más información que la de Televisa, que como reconoció Azcárraga Milmo, hace televisión para los jodidos. Ese pueblo bueno, conforme, triste, que aún con el agua al cuello como lo vimos en Coatzacoalcos, se subordina por unas migajas. Considerando las bondades de la hipocresía y para arrancar el año con una elemental tranquilidad, seamos hipócritas hasta con nosotros mismos.

Convenzámonos de que por decreto presidencial, somos felices, felices. Que la pandemia está controlada, la economía va fenomenal, y disponemos ya de un sistema de salud: "Como en Dinamarca, como en Canadá, como en el Reino Unido”.

Mañana todo va a estar bien, dijo mi Querubín cuando después de un viaje encontramos la casa violada, saqueada, robada. Todo va a estar bien, repitió cuando nos volvieron a robar. No se si él lo creía, yo no, pero era más consoladora su hipocresía que mi necedad de ahondar en la desgracia.

La otra opción, menos cómoda pero más comprometida, es que tercos, políticamente incorrectos, los ciudadanos (no pueblo ni masa) que hemos aprendido a pensar con independencia, nos unamos para formar una poderosa oposición; no contra el hombre y su insignificancia, sino contra quien aprovechando el sometimiento de “su” pueblo, toma decisiones erráticas, caprichosas y corruptas: contratos sin licitación, gasto escandaloso en su permanente campaña política, delincuentes en su gabinete… Y ahora pacientísimo lector, para seguir hablando del pueblo que es mi tema de hoy, permítame parafrasear a Fernando Benítez: “Andamos, vivimos, somos pueblo porque comemos tamales tacos y tortas. Somos pueblo porque bebemos atole con el dedo. Porque cantamos El Rey Porque conjugamos bien el verbo chingar. Porque nos vale madre. Porque festejamos el Guadalupe Reyes. Porque Chespirito es ídolo y la telenovela está rebuena. Porque los políticos nos saquean y no hacemos nada. Porque los políticos son ineptos y no los despedimos. Porque somos un pueblo agachón. Porque tenemos gobiernos de mierda. Por eso somos el pueblo, porque nos lleva la chingada y comemos tacos, tamales y tortas”.

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