Schweblin, el cuásar del espacio literario
Literatura

Schweblin, el cuásar del espacio literario

El lenguaje como herramienta cronotípica

Un día, sin previo aviso, cuando Samanta Schweblin tenía 12 años, decidió dejar de hablar. La directora del colegio le pidió a su madre que la llevara a control psiquiátrico para comprobar si su estado mental era normal porque, de no serlo, truncaría la secundaria. La doctora hizo el diagnóstico: la niña era una persona muy sana, pero tenía un completo desinterés por el mundo. La autora no era amiga del lenguaje hasta que conoció la literatura, oficio que le permitió ser considerada como una de las escritoras más promisorias de Argentina. Nacida en Buenos Aires en 1978, su primer trabajo de cuentos, El núcleo del disturbio, fue premiado por el Fondo Nacional de las Artes y el Concurso Haroldo Conti en el 2002. Siete años después, su libro Pájaros en la boca obtuvo el Premio Casa de las Américas.

Siete casas vacías fue la obra ganadora del Premio Internacional Narrativa Breve Ribera del Duero en 2015. Consiste en siete relatos (uno de ellos agregado para su edición) desarrollados dentro de un espacio común: la casa, un hito íntimo-temporal donde el lenguaje dialoga con el lector y proyecta imágenes estereotómicas.

CIMENTACIÓN Y PREPARACIÓN DEL SUELO

En una entrevista realizada por la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, la autora explicó la importancia de la precisión de las palabras: es el mapeo para la construcción de los espacios literarios, mismos que van a tener un impacto breve en el lector, aunque ella pudiera haber tardado meses en escribirlo. Scheweblin es una escritora de lo íntimo; considera que sus textos se asoman a la literatura fantástica, sin embargo, rondan el umbral de lo extraño y anormal. Su prosa se apropia del vacío para unir la vertiginosidad con lo real. En Siete casas vacías los personajes son intersticios, desde una madre y su hija perdidas mientras manejan un auto, un hombre divorciado que cuida a sus padres seniles, una mujer que sale del hogar después de un divorcio, hasta el de una anciana ansiosa de buscar ‘morir para alguien’. Con estos ladrillos, Schweblin edifica un cronotopo cercano y fantástico transformándolo en un monolito compuesto de una mezcla de los personajes con el espacio literario.

Foto: Random House

El teórico Mijail Bajtin postuló el concepto de cronotopo como una categoría dentro de la literatura que abarca el contenido y la forma, “la unión de los elementos espaciales y temporales de un todo inteligible y concreto”. El espacio y tiempo de la obra se transforman en un recurso retórico cuya naturaleza se va intensificando conforme avanza el ritmo y argumento de la historia. Estos pilares de la narración se unen y se miden a sí mismos dentro de los relatos y se pueden visualizar en varios géneros de la literatura, desde novelas y cuentos, hasta poemas.

FUNDICIÓN: RENACER PARA CONSTRUIR

La respiración cavernaria es el cuento más largo, donde el cronotopo se adorna al estilo rococó. De manera breve, cuenta en tercera persona la vida de Lola, una anciana que busca morir. Sin embargo, la premisa no se involucra sólo con su muerte sino la “muerte para alguien”.

El uso de la voz narrativa en tercera persona permite al espectador visualizar un panorama amplio sobre la atmósfera de la narración, como si estuviese mirando la calle desde lo alto de un rascacielos; se puede observar la imagen, pero a su vez resulta lejana. Con esas mismas intenciones, Schweblin renderiza los pensamientos de Lola: incluso en la vejez, la muerte necesita un golpe. Las representaciones minuciosas son el punto clave para encuadrar la imagen de los personajes; la anciana vive con su esposo y, aunque nunca conocemos su nombre, el lector puede trazar la personalidad del hombre a través del acomodo de las cajas de chocolate en polvo guardadas dentro de la alacena. La descripción de la despensa se fusiona como parte del cronotopo; además, el chocolate alude al recuerdo de un hijo fallecido.

El libro La respiración cavernaria (2017) está ilustrado por la artista Duna Rolando. Fotos: paginasdeespuma.com

El fraseo corto, el ritmo pausado pero ágil, logran develar el interior de la psique de Lola a través de monumentos abstractos. Un ejemplo sería el silbido de la anciana, una acción de escape para disimular su respiración ruidosa, afectada por una lesión de pulmón años atrás. El cuerpo se transforma en palabra y en acciones, la protagonista es un espejo de la casa y de las circunstancias, las cuales suponen una situación de conflicto porque la aquejan.

Asimismo, los contrastes de la mujer encuadran con los personajes secundarios, como Susana, una de sus vecinas cuya presencia delimita una antítesis notoria: su casa, a comparación de la de Lola, es un lugar ordenado y lleno de vida. Dentro del hogar, a la anciana le gusta guardar objetos en cajas de cartón a tal grado de dedicarle bastante tiempo. En dichas acciones, el cronotopo se convierte en una convergencia claustrofóbica y coincide con las intenciones de Lola; es el encierro transformado en almacenamiento cuyo impacto alcanza el clímax en el desenlace de la historia.

LOS ACABADOS FINALES

En otro texto de la obra, Mis padres y mis hijos, se narra la situación de Javier, un hombre que cuida a sus padres seniles dentro de una casa de verano, donde sus hijos, su exesposa y la pareja de ella van a pasar un rato con él. De entrada, los diálogos son vigas donde se refleja el sentimiento de incomodidad del protagonista, quien al mismo tiempo se preocupa porque sus padres juegan desnudos en el patio. El quiebre ocurre cuando llegan los niños y se adelantan a entrar a la casa, pero éstos, junto con los ancianos, desaparecen repentinamente.

Los espacios son un recurso narrativo importante en las obras de Schweblin. Foto: Behance / Yannig Le Guern

A comparación del cuento antes mencionado, la casa no supone un entorno hogareño y familiar, sino lo contrario, la ajenidad trata de volverse cotidiana. Ninguno de los protagonistas se encuentra en sus hogares, es una familia fragmentada que trata de adherirse a pesar de las circunstancias. La casa de verano es un lugar frío y destruye la supuesta estabilidad del protagonista. Incluso el jardín es un punto de tensión donde sólo interactúan los abuelos y los hijos ausentes, así como el cronotopo lo indica. Los diálogos son vernáculos del espacio, los cuales dan al lector sensaciones inquietantes, como lo sombrío y surreal, emociones cuyos castillos pertenecen a un entorno desconocido.

Los personajes adquieren un desarrollo propio a través de los diálogos. Aunque de entrada se construyan desde una perspectiva lejana, ellos siempre han sido humanos porque se unen a las emociones y evocaciones de la vida cotidiana e íntima. En ese punto, lo ajeno y lo otro se mezcla entre lo propio y lo personal. La experticia de la escritora nos conduce a una trampa de la cual no queremos escapar porque supone conocer el exterior de las acciones de los protagonistas: lo existente después de cruzar ese puente donde se yuxtapone el sentir y la cordura; la imagen parte de un desconocimiento y después se transforma en cotidianidad.

De esa forma, Schweblin se convierte en un catalizador del espacio como mecanismo temporal dentro de sus relatos, donde sus historias convergen junto con los personajes y canalizan al lector hacia un abismo desde el inicio hasta el desenlace de sus historias. La autora conoce el imaginario y lo reconfigura de manera ejemplar. Lo siniestro dentro de sus atmósferas densas se convierte en el sello personal de la escritora: la edificadora de aquella normalidad enrarecida.

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