Un año sin jueves
Opinión

Un año sin jueves

Miscelánea

[] falta el trato continuado

el sabor de las caricias

todas las pequeñas cosas

que se viven día con día...

Hasta las chachas tienen un día de salida, y el jueves es el mío; decreté hace muchísimos años. Desde entonces, el jueves de cada semana con el sueño todavía enredado en las pestañas, respiro hondo y todo queda excluido, porque lo sé; el día me pertenece. Amistad, libros, un texto espléndido, una maestra iluminadora, la siempre gozosa experiencia de los cofrades, quienes bien dispuestos aparecen en mi salón.

El día jueves ha traído a mi vida la música de las letras, de la alegría, de la complicidad. Más de veinticinco años de reunirnos a escribir; y como escribir es mostrarnos, para compartir las historias que vamos entretejiendo en la vida: matrimonios, divorcios, viudeces. Sucesos memorables como aquel jueves en que después de comer en Club France, y al calor de los anises, con un sentido del humor bastante negro, le propusimos a Tony varias formas de deshacerse de su marido: Ella se quejaba constantemente de maltrato; es un miserable, repetía, hasta que aburridas de escuchar siempre lo mismo, le propusimos lo del cianuro. Después de su última cena le ofreces una copa de su cogñac preferido y pues ya sabes.

Dos días después de nuestra broma, apareció en el periódico la esquela: “Con la bendición Papal y confortado por todos los auxilios espirituales, el día de ayer falleció el Licenciado Gabriel Pérez Cano” ¡Dios, lo mató! Pensé. Infarto masivo, explicó Tony después; pero siempre queda la duda. Amores y desamores, viajes compartidos, libros publicados. Durante más de veinticinco años, los jueves han sido para mí una caja de música, de identidad, fuente de alegría y una ruta confiable para mi vida. Nunca imaginé que nada ni nadie pudiera quitármelos, sin embargo, como tantas otras cosas que la peste se llevó, allá fueron también mis jueves. Ahora sentados frente a la pantalla del Zoom, todo se reduce horas nalga. Al alud de infortunios que nos cayó encima en el 2020, se sumó el impedimento de acudir como todos los años a la gran fiesta de los libros, uno de los eventos editoriales más grandes del mundo que como tantas otras cosas, se vio drásticamente reducido. Aunque el banquete literario fue suculento y nos permitió hacer contacto con mentes brillantes; faltó el calor humano, el añadido gozo de caminar entre las coloridas torres de libros, y tropezarse por ahí con los autores.

Cuando pienso también en los niños privados de la insustituible cercanía del maestro, la camaradería de los compañeros, los juegos y la risa que no puede darse por la pantalla; cuando pienso en las madres, que entre el “home-office”, el trabajo doméstico y por ahora también el de maestras. Cuando pienso en la neurosis de los hombres acostumbrados a salir tempranito a trabajar: Los hombres como la basura, a la calle muy temprano; recomendaba mi abuela. Ahora, sin el verde del camino, ni el café con que los esperaba la secretaria, muchos hombres también deben trabajar en casa, por lo que la única salida justificada es hacer la compra. En pantalones cortos o en pants, despeinados, visiblemente desaseados, porque total, con el tapabocas y la mascarilla ni quien los reconozca; los hombres empujan el carrito en los pasillos del súper. Está claro que la compra es distinta, ellos no distinguen el perejil del cilantro y son en cambio selectivos con los vinos. Les encargan un kilo de papas y aparecen con una bolsa de Sabritas. Cuando pienso en todo eso pacientísimo lector, creo que vivir sin jueves no es lo peor que puede pasarme, pero me deprime. Lo que hasta hace bien poco, llamábamos “el año que entra” ya entró sin que el virus acabe por ceder. Según parece tendremos que vivir con él; ganarle la partida, aunque no se me ocurre cómo. Adela sufre.

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