Literatura en los márgenes
Reportaje

Literatura en los márgenes

La voz narrativa de la periferia

Ilustración de portada: Behance / Spippiri Art

El historiador Georges Duby en su libro Año 1000, año 2000: la huella de nuestros miedos, realizó una comparación entre la Europa medieval con la moderna y por ese medio llegó a una conclusión: el humano, sin importar la época, le teme a la miseria, al otro, a las epidemias, a la violencia y al más allá.

Estos cinco retazos dibujan una maraña llena de desgracias y sufrimientos, mismas desolaciones generadas por sentimientos de rechazo. Cuando una persona o un grupo es expuesto ante estos abyectos, sea por su condición socioeconómica, su origen étnico, padezca alguna patología crónica o mental, tenga conductas asociales, etcétera, se considera excluido de la hegemonía, en este caso, lo aceptable perteneciente a un sistema económico estable.

En Latinoamérica, en la década de los sesenta, este término comenzó a utilizarse “para dar cuenta de los efectos heterogéneos y desiguales de los procesos de industrialización y desarrollo”, es decir, se comenzó a utilizar el término para usos meramente económicos. Sin embargo, el concepto va más allá de lo económico, arrastrando una vertiente cultural donde el concepto de marginalidad, además de estar asociado también a la periferia, explora otros ámbitos antropológicos e históricos dentro de cada una de las culturas del mundo, los cuales varían de acuerdo a la zona geográfica donde se ubique.

En términos generales, la marginalidad se mide desde un atributo sociológico, el cual hace referencia a un grupo de individuos que por diversas cuestiones antropológicas, son rechazados y olvidados por la sociedad donde se desenvuelven. No se debe confundir el término; aunque principalmente se excluye por cuestiones socioeconómicas a un sector, no necesariamente se debe de vivir en extrema precariedad para ser considerado como marginal.

Latinoamérica no es excepción a la regla. Todo aquello corresponde a lo considerado como marginal, concepto muy ambiguo fecundado desde un núcleo de poder, donde aquel elemento extirpado, es considerado como subalterno. En la década de los sesenta, el término comenzó a utilizarse desde un ámbito económico, y se entendía como un mecanismo para desmantelar los procesos desiguales de industrialización y desarrollo. Existen dos corrientes dentro del término: la cultural y la económica, donde ambas son relacionadas con lo considerado periférico, aquello encontrado a lo lejos, al borde de los límites de lo hegemónico.

Así como en todas las artes, la literatura apadrina estas voces abyectas desde la hegemonía hasta el núcleo de lo subalterno, transformando la voz narrativa en personajes y situaciones en una realidad exhibida desde el núcleo hegemónico o el centro de lo considerado como subalterno.

Foto: dor.ro

MARGINALIDAD

El Diccionario del Español de México (DEM) define como marginalidad a una situación de quien vive o se desarrolla al margen de algo; es decir, aquello cuyo desenvolvimiento acontece desde el perímetro de un centro hegemónico. La periferia, concepto muy ligado a la urbanística, implica los límites o la frontera de una zona donde no se ha alcanzado un punto de proyección dentro de la modernización.

Para este caso, la marginalidad en América Latina corresponde a un potente eslabón económico que no se puede desvincular de los procesos sociales y culturales. A principios de la década de los sesenta, el término se asociaba a quienes se apropiaban de un espacio, por ejemplo, las viviendas improvisadas o los terrenos ocupados ilegalmente y, por lo tanto, no incorporados a los sistemas urbanos. Con el paso del tiempo, no sólo se quedó en el plano urbanístico, también se extendió hacia el ámbito laboral, el cual consistía en las ocupaciones y el nivel de calidad de vida de los pobladores de esos lugares.

Esa definición se determinó desde una perspectiva hegemónica, es decir, desde el centro, aquel considerado como el sistema regulador de bienes a través de un contexto económico-social. La noción de lo marginal sigue transformándose y se amplía hacia otros ámbitos, como el educativo. Un ejemplo de nuestra época, es el uso de las nuevas herramientas de tecnología, donde el Internet sólo es accesible para algunos grupos, lo que conlleva a la exclusión de quienes no pueden disponer del servicio.

Las causas principales van desde un factor personal o endógeno donde el individuo posee un rasgo inaceptable, como enfermedades crónicas, patologías psíquicas o características personales infravaloradas (sexo, etnia, orientación sexual, etcétera.). También influyen los elementos ambientales o exógenos, aquellos encontrados en una sociedad determinada. Estos componentes sociales pueden estar ligados a un ámbito personal, y con ello es suficiente para generar un rechazo. Algunos ejemplos de esa causa son situaciones familiares, económicas o laborales, culturales, sociales y políticas.

Sin importar las causas, existe una clasificación de distintos tipos de marginalidad. La marginación alternativa o la auto-exclusión, aquella donde el individuo o el grupo son quienes deciden vivir a la periferia, como los grupos anarquistas. La marginación por conducta corresponde al rechazo hacia las personas que comenten actos mal vistos o considerados como indecentes por la sociedad, por ejemplo, la homosexualidad o la prostitución. La marginación cultural abarca un panorama vasto, involucra un alejamiento de un individuo o un grupo por cuestiones étnicas, religiosas, lingüísticas, entre otras, o por cualquier componente antropológico determinante dentro de una cultura.

Foto: behance / Owen Gent

La marginación justificativa se involucra con la delincuencia o cualquier acto donde la ley deba intervenir. Por último, se encuentra la marginalidad evasiva y, a pesar de ser muy similar a la auto-exclusión, la diferencia radica en que el individuo se refugia en vicios, como el alcohol o las drogas.

Aunque se intente catalogar los tipos y causas de la marginación, dentro del imaginario latinoamericano los aspectos más visibles son aquellos donde el despojo y el abandono son el eje principal de los relatos y en donde el factor socioeconómico y las relaciones de poder destacan, sobre todo, desde un ángulo geográfico. Además, la marginación socioeconómica dentro de la cosmovisión de la literatura, se vincula con otros grupos marginales.

CONFIGURACIÓN DE LA REALIDAD NO VISTA

No hay un término específico dentro de la literatura donde se engloben en una sola corriente los tipos de marginalidad (el más relacionado con el nombre es aquella literatura publicada en espacios independientes). A lo largo de los años, en Latinoamérica, se han detallado estampas y situaciones de precariedad. Uno de los movimientos más representativos y también un antecedente de la imagen subversiva, es el realismo. Éste surge durante la primera mitad del siglo XIX como oposición hacia el romanticismo, estilo enfocado en resaltar los sentimientos humanos.

Otra corriente muy arraigada del realismo fue el costumbrismo, el cual buscaba representar, a través del recurso retórico de la estampa, las costumbres y actividades de una sociedad determinada. Ricardo Palma con su libro Tradiciones peruanas; Clorinda Mato de Turner con Aves sin nido, Manuel González Zeledón con sus textos ticos como El clis de sol; Javier de Viana con Los amores de Bento Sagrera; Tomás Carrasquilla con San Antoñito, por mencionar a unos cuantos, fueron autores cuya obra está catalogada dentro de estos movimientos.

En esas décadas, la situación política de América estaba abrumada entre las guerras de independencia, las cuales provocaron un quiebre de la identidad nacionalista transformando a la cultura en un objeto de metamorfosis social. El objetivo del realismo fue, como su nombre lo dice, plasmar la realidad lo más fielmente posible a la representación de los pueblos al margen de lo considerado como ideal, es decir, un modelo europeo a seguir.

El costumbrismo fue una de las corrientes del realismo que abordaba la vida en comunidades determinadas. Foto: behance / Anna and Varvara Kendel

Figuras como la del indígena, el negro, el campesino y el mestizo fueron las protagonistas del movimiento. Algunos autores de este momento fueron José María Heredia (también es considerado dentro de la literatura romántica) con su novela Jicontencalt; Gertrudis Gómez de Avellaneda con Guatimosin: último emperador de Méjico; Rosa Guerra con Lucía Miranda; Juan León Mera con Cumandá; Cirilo Villaverde con Cecilia Valdés, por mencionar algunos autores de la época.

Para finales del siglo XIX, la modernidad emergió como respuesta ante la crudeza del realismo. En esa época comenzaron a surgir y a consolidarse centros urbanísticos alrededor del continente. La búsqueda de la corriente modernista era alejarse un poco de la realidad política para dar paso a la creación del arte en sí mismo, concentrándose en la contemplación estética. Algunos representantes de este movimiento serían Rubén Darío con su poemario Azul, Aurora Cáceres Moreno con su novela La rosa muerta, Roberto Lugones con Los caballos de Abdera, así como Amado Nervo y Manuel Gutiérrez Nájera, por decir algunos cuantos.

A principios del siglo XX, el arte se sublimó para redescubrir su propia cultura. Se mimetizó al ser humano a través de los imaginarios propios y realidades fragmentadas. La literatura comenzó a condicionarse a través de tres vertientes étnicas: la indoamérica, la afroamérica y el mestizaje cultural. De esas vertientes, surgieron corrientes posteriores como el movimiento del negrismo en el Caribe, algunos autores de esta corriente fueron Emilio Ballagas con su poemario La vida entera, Alejo Carpentier (posteriormente su obra es catalogada dentro de la corriente de lo real maravilloso) con su primera novela ¡Écue-Yamba-Ó!, o Julia de Burgos con Poema en veinte surcos, por ejemplo.

En esos mismos años, el arte se concentró en retratar estampas de lo popular: paisajes citadinos, las festividades rurales, los retratos de la vida interior y el silencio del espacio rural; como el Día de Muertos, la fiesta de San Cristóbal de las Casas en La Habana, el Sertón en Brasil, la representación del Nacimiento del Niño Jesús; como si fuese una especie de espiritualidad colectiva.

La representación de lo popular impulsó fusión del lenguaje: por una parte, la mezcla de los elementos formales de las vanguardias y por el otro, el retorno de la cultura que durante el siglo pasado permaneció en la periferia. Por ejemplo, en México, después de la Revolución Mexicana, surgieron estilos como la novela de la Revolución, “de andar en la bola” por ejemplificar. Algunos autores de este género serían Mario Azuela con Los de abajo, Nellie Campobello con Cartucho: relatos de la lucha en el Norte de México, Martín Luis Guzmán con La sombra del caudillo.

Con las vanguardias de la posmodernidad, la periferia volvió a aparecer en la literatura. Foto: behance / Tatsuro Kiuchi

De los años cuarenta a los años sesenta, el arte latinoamericano comenzó a tener una proyección internacional. En cuanto a la literatura, en esa época iniciaron corrientes como el realismo mágico que, si bien no tenía un enfoque de retratar la realidad como el realismo, los elementos ficcionales intentaron darle una identidad propia a lo ‘latinoamericano’, aunque la delimitación del término aún sigue en discusión.

Las huellas de la posmodernidad aparecieron en los años setenta y es en ese periodo donde las voces marginadas resurgieron, pero esta vez desde adentro de la periferia, no desde afuera como lo hizo el realismo en su época. A través de una consolidación del lenguaje y por medio de expresiones lingüísticas coloquiales, esta literatura creó imágenes a través de este recurso. Es aquí donde aparece la voz subalterna, existe una nueva interpretación de la historia por medio de un nuevo discurso por medio del relato personal, así como estudios culturales, poscoloniales y de género.

LA VOZ NARRATIVA: MECANISMO PARA ADENTRARSE A LO SUBALTERNO

El filósofo italiano Antonio Gramsci, en la recopilación de Cuadernos de la cárcel, realizó una reflexión sobre lo subalterno y llegó a la conclusión de que es una expresión de la experiencia y la condición subjetiva del subordinado, en otras palabras, todo aquello considerado como subalterno es lo encontrado en la periferia del grupo hegemónico (dominante) en cuestión. A pesar de ser una teoría social y marxista, lo subalterno es todo lo marginado desde un punto de vista histórico. No implica precisamente una cuestión racial como lo es la teoría de la otredad.

Lo subalterno también implica una cuestión epistemológica, es decir, estudia por sí misma el conocimiento. En el ámbito literario, existe en dos premisas: la textualidad y la exterioridad; aunque ambos puntos se enlacen, lo considerado como intelectual no puede ser alcanzado por lo subalterno, de ahí la característica de la inalcanzabilidad del término. No se debe confundir lo subalterno con lo subversivo, éste último hace referencia a una alteración social para destruir la estabilidad política de un país; aunque en algunas ocasiones, lo subalterno pudiera ser considerado como tal.

De esa manera, lo marginal se desarrolla a través de lo subalterno por medio del espacio literario y los personajes principales; la voz narrativa hilvana con dos realidades, una dentro del plano de la representación y propia. Con el acelerado crecimiento de los centros urbanos, la periferia se ha vuelto un punto de transformación mítica donde los hechos no son desarrollados de la misma manera como si éstos fueran parte de lo hegemónico.

La voz narrativa permite visualizar el universo marginal donde se desarrolla la historia. Foto: behance / Guadalupe Cabanillas

La voz corresponde una herramienta para visualizar el universo de lo considerado como marginal. Existen varias posturas en torno a las diferentes voces narrativas. Según el periodista Jacques Kayser, el narrador es un espíritu o, mejor dicho, lo considera el espíritu del relato, el cual puede ser construido a través de la metamorfosis del autor. Otra postura es la del escritor Zakariya Tamir, quien delimita al narrador en una amplia gama de representaciones y lo define por dos grados dependiendo del estilo: el primero es el grado pleno de la narración personal, es decir, en primera persona y el grado cero, o sea, la tercera persona o un narrador más objetivo.

La narración va de la mano del lenguaje, por lo tanto, éste funciona como un eslabón para la construcción de los textos de los imaginarios subalternos: mediante un personaje, la visión unifica, deconstruye y engalana el universo literario para deleite del lector. La narración subversiva se vuelve la única focalización con la cual puede ser mostrada la marginalidad desde la interiorización de la literatura.

MARGINACIÓN RURAL, URBANA Y RACIAL EN TRES CUENTOS

Tres cuentos donde se representan de una forma visual y dinámica las voces subversivas son Es que somos muy pobres de Juan Rulfo (México); Sin testigos de Cesar Aira (Argentina) y Fábrica de hacer villanos de Ferréz (Brasil).

El texto de Rulfo narra la historia de la desgracia de una familia: después del fallecimiento de la tía Jacinta, cayó una lluvia tan fuerte que arrasó con la vaca Serpentina, el único escape de la miseria para Tacha, una niña de doce años, del mundo de la pobreza.

El cuento pertenece al libro El llano en llamas, escrito en 1953; algunos de sus relatos salieron a la luz en la Revista América en 1950. Aunque la historia fue escrita hace más de 70 años, el contexto planteado es vigente. El narrador es en primera persona y resulta ser el hermano de Tacha; a pesar de no conocer nada de él, es visible su preocupación por el futuro de su hermanita. La voz narrativa exterioriza el panorama: sus palabras son el medio por el cual el lector sabe sobre la condición familiar y en dónde vive.

El texto presenta una marginalidad rural. En este caso, en Serpentina habían depositado todo el futuro de Tacha. El animal iba a ser la vía para sacar adelante a la niña, pero una condición ajena a ellos e imposible de controlar, terminó por arruinarle la vida porque no había otro medio por el cual pudiera salir adelante, la pobreza extrema lo impediría. El joven lo menciona: “La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja”. El destino es trágico y se resalta en todo el texto.

En el cuento Es que somos muy pobres, el futuro de una niña depende de una vaca. Foto: behance / Dillon Samuelson

El cuento Sin testigos de César Aira es uno de los relatos del libro El cerebro musical, publicado en el 2005. Según el autor, está inspirado en una situación que vivió en la vida real. La historia habla sobre un mendigo cuyas estrategias para subsistir consisten en cazar a sus víctimas o, mejor dicho, interceptar a las personas para recibir de ellas limosna. Un día, por azares del destino, mientras él estaba sentado cerca de un basurero, ve a otro vagabundo sacar una bolsa llena de oro dentro del contenedor y, para quitarle su tesoro, decide atacar al hombre.

Aunque el personaje principal es un marginado social, la obra no devela un tono trágico y se aprovecha de la circunstancia para agregar elementos fantásticos. Ofrece una perspectiva de una marginalidad urbana, porque aunque el mendigo se encuentre en el núcleo de lo hegemónico, no puede ser parte de él; su condición de precariedad y extrema pobreza lo orilla a llevar una vida dependiente de la caridad y las limosnas.

El personaje lo describe: “Era lo que yo necesitaba: un sitio solitario y sin testigos. Pero también necesitaba una víctima, y con el paso de las horas empecé a convencerme de que no caería nadie”. El espacio narrativo cumple ese factor solitario indispensable para pedir la mayor cantidad de dinero a través de la caridad: el uso de lo marginal para poder sobrevivir.

La voz narrativa es en primera persona y construye el mundo literario con una prosa ágil: la ciudad, los dos mendigos, las presas. El elemento ficcional o fantástico aturde a los hombres dentro de una unión, Aira delimita una identidad que termina siendo el reflejo de los protagonistas y, a su vez, encaja en un retrato de una hegemonía a la cual ellos no pueden pertenecer.

Ferréz, por su parte, retrata otro tipo de marginalidad en su cuento Fábrica de hacer villanos. Este texto es parte del libro Nadie es inocente en San Pablo, publicado en 2019. La obra del autor es considerada como marginal debido a su tendencia de reflejar estas voces de las favelas y de los barrios bajos. Específicamente en este texto, se cuenta la historia de un joven y su madre dueños de un bar, su negocio para subsistir. Una noche, la madre del protagonista le pide que baje al bar porque la policía había llegado; el oficial los acusa de delincuentes con una excusa: en el bar sólo hay negros.

En este cuento el autor nos presenta un contexto similar al anterior texto: los personajes se desenvuelven en un entorno urbano, sin embargo, ese grupo no forma parte de lo hegemónico. La obra habla por sí misma, se resalta una marginalidad racial, cultural y de abuso de poder. A pesar de que los protagonistas son trabajadores honrados, la autoridad los acusa de lacras sociales por su piel y juzga a todos los clientes del local por la misma situación.

El protagonista de Sin testigos es un indigente. Foto: behance / Renée Antoinette

El texto también está escrito en primera persona y por medio de la voz narrativa se construye una red subalterna donde se involucran cuestiones culturales y socioeconómicas. Por una parte, los obreros son los negros y son orillados a permanecer en ese estado por un órgano cuyo deber es velar por el bienestar de la población en general.

El único elemento dador de una personalidad al narrador más allá de sus circunstancias, es el rap. En el cuento hace mención sobre ello: “Yo canto rap, debería responderle en ese momento, hablar de revolución, hablar de la injusta distribución de la riqueza del país, hablar del racismo”. La música sirve como un medio de expresión, sin embargo, resulta ser un arma inútil al momento de tratar de defenderse ante la autoridad.

Las tres obras tienen diferencias sustanciales: los autores son de diferentes nacionalidades, épocas y su estilo narrativo corresponde a tendencias distintas de acuerdo al contexto temporal. Otra diferencia son los espacios donde se desenvuelven los personajes: uno se desarrolla en el campo, otro en la ciudad y el último en la periferia de la mancha urbana. Además, los personajes principales tienen preocupaciones afines a su contexto. Mientras Rulfo y Ferréz conservan la tragedia, Aira desarrolla una situación satírica y ficcional, aunque la estructura narratológica principal esté desenvuelta en una condición desfavorable.

SELLO SUBALTERNO Y SURGIMIENTO DE NUEVAS REALIDADES

A pesar de las diferencias, existen más similitudes dentro lo considerado como subalterno. Los narradores tienen el peso principal: cada uno se apropia del lenguaje, cualidad que les brinda una caracterización profunda y apela a la peculiaridad de los textos a través de los escenarios, los personajes y de las focalizaciones. Además, en los tres cuentos no se sabe cómo se llaman los narradores, tampoco sus edades, es como si fuera sólo una voz en off que va guiando al lector dentro del universo narratológico; los protagonistas son como una nebulosa: fantasmas de los cuales no se conoce su pasado, sólo su presente y la preocupación de su futuro.

Todos los personajes están marcados por un ananké maquiavélico, las historias parten de una desgracia. Por ejemplo, Rulfo describe la muerte de la tía Jacinta, Aira delimita las causas del por qué su personaje principal se encuentra mendigando, y mientras tanto, Ferréz arranca con dolor de una gastritis por no haberse alimentado. La tragedia se vuelve un requisito indispensable, es la huella impregnada en el texto: marca el inicio, el desarrollo y también el futuro, uno no muy brillante donde los personajes no les queda de otra más que afrontarlo con resignación.

Foto: behance / Owen Gent

La literatura surgida de lo subalterno es una expresión extratemporal, permanece vigente y es un eslabón desorientado sobre la periferia del núcleo. El hecho de plasmar esa voz no significa que por inercia pueda ser reivindicada, pero logra señalar la situación: existe y se estudia por sí misma. Al momento de hablar sobre lo subalterno, el uso del lenguaje es una manifestación para demostrar que la marginalidad persiste y, a su vez, existe en lo lejano. La marginalidad y sus diversos componentes considerados como tal, son un reflejo de la realidad a través de la ficción porque los personajes tienen elementos simpatizantes con ese aspecto.

La idea de adueñarse del espacio periférico, ya sea un núcleo urbano, los barrios o las zonas rurales es una causa por la cual la literatura ha encontrado un medio para estampar parte desde una perspectiva nuclear, no existe hasta ser escuchado. Para ello, no todos los autores deben venir de la periferia: la marginalidad vista desde el interior o el exterior, son dos focalizaciones completamente distintas y a su vez complementarias entre sí; el mismo fenómeno es estudiado, desmenuzado desde la piel hasta el esqueleto.

Algunos ejemplos de autores que hablan desde una mirada periférica son Elena Poniatowska con su obra de no ficción Hasta no verte Jesús Mío, la cual cuenta en primera persona la vida de una mujer oaxaqueña que, a raíz de la muerte de su esposo, decide migrar a la capital; Yo como pobre, de Magdalena Mondragón, el cual relata la vida de unos pepenadores; Roberto Walsh con Los irlandeses, un libro de tres cuentos donde los protagonistas son adolescentes irlandeses huérfanos que están recluidos en un internado; Aura Xilonen con su novela Campeón Gabacho, donde se cuenta la historia de un migrante mexicano en Estados Unidos a quien las situaciones de la vida lo conducen al boxeo; Luis Humberto Crosthwaite con Estrella de la calle sexta (también la obra es catalogada como parte de la literatura de la frontera o literatura del norte) que habla parte de la vida en Tijuana a través de un cholo que desde su esquina relata la vida que pasa.

Los textos no envejecen del todo a pesar de las circunstancias y las diversas formas de vivir en la marginalidad y la periferia. La lucha, el sufrimiento, la constante preocupación del futuro y el rechazo son los principales componentes que unen estas narraciones. El surgimiento de estas voces subversivas son una alternativa para expandir una visión panorámica de lo real. Conforme avancen los años, quizá algunas voces de este siglo catalogadas dentro de lo marginal, puedan formar parte de la hegemonía. Sin embargo, como todo ente con capacidad de metamorfosis, surgirán otras narraciones con la intención de mostrar un panorama más amplio de la realidad, una puerta hacia lo subalterno.

Comentarios