Desfalleciente salud
Opinión

Desfalleciente salud

Jaque Mate

Los servicios de salud son uno de esos pocos bienes que el Estado puede proporcionar con mayor eficiencia que la iniciativa privada. Estados Unidos, con un sistema con por lo menos 20 por ciento de gasto privado en salud, ha logrado tener la medicina más avanzada e innovadora del mundo, pero sólo para quien puede pagarla. Los enfermos de todo el planeta acuden a las clínicas de salud de la Unión Americana porque saben que ahí dispondrán de las tecnologías de punta. Sin embargo, el sistema público en Estados Unidos, que representa un 80 por ciento del gasto, tiene una calidad muy inferior.

Dinamarca, en cambio, es un ejemplo de un sistema público de salud bien manejado y eficiente. Sus medidas le han dado a la población danesa resultados bastante mejores que los que registra la mayor potencia económica y tecnológica del mundo.

La calidad de los servicios de salud no es solamente cuestión de dinero. Los estadounidenses gastan más que nadie en el mundo en salud: 16.89 por ciento de su producto interno bruto. Esta cifra incluye tanto gasto privado, que se ejerce principalmente a través de seguros, como gubernamental, a través de varios sistemas de seguros públicos y subsidios. El gasto total en salud en Dinamarca es mucho más pequeño, 10.07 por ciento del PIB, del cual más de 9 por ciento es público y se paga a través de impuestos y no de seguros. En México el gobierno únicamente aporta un 2.5 por ciento del PIB para la salud pública; el otro 2.5 por ciento lo ponen las personas y las familias de sus bolsillos o en esquemas de seguros privados.

El presidente Andrés Manuel López Obrador optó por seguir un sistema como el de Dinamarca, lo cual se entiende. El problema es que no ha comprendido bien cuáles son sus características fundamentales. En varias ocasiones, por ejemplo, ha declarado que México tendría un sistema de salud como el danés y, de hecho, prometió que este ya estaría funcionando el 1 de diciembre del año pasado. Lo único que ha hecho para lograrlo, sin embargo, es prohibir los pagos que los muy presionados institutos de salud pedían a pacientes y familiares. Con esto sólo ha logrado deteriorar más su servicio.

La idea de que la característica principal del sistema de salud de Dinamarca es su supuesta gratuidad es falsa, aunque muy extendida. No hay, para empezar, nada gratis en la vida. Lo que Dinamarca ha decidido es que los costos de los servicios de salud se cubran de antemano a través de impuestos. El presidente de México está aplicando la regla de que no debe haber cobros a pacientes o sus familiares en el momento en que reciben los servicios médicos, pero no está dando los recursos que puedan garantizar servicios de un nivel razonable. Y no solo eso. Está echando a perder las partes del sistema que funcionaban bien, como el Seguro Popular. La eliminación de las compras consolidadas que llevaba a cabo el IMSS, y que entregó a la Oficialía Mayor de Hacienda, solo ha servido para producir una escasez artificial de medicamentos. Estábamos mal, pero ahora estamos peor.

El gran reto para el nuevo sistema de salud se está desarrollando ahora con la vacunación de la COVID-19. México tiene que inocular a 100 o 120 millones de personas en un año. El esfuerzo empezó mal, con gran desorganización. La esperanza es que las cosas mejoren. Para ello no sólo se necesitan recursos, sino una forma más eficiente de operar, como en Dinamarca.

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