No era una vaca cualquiera
Nuestro mundo

No era una vaca cualquiera

Nuestro Mundo

Hay que tener mucho cuidado con una vaca que se niega a moverse, sobre todo si es martes. A esa y muchas otras conclusiones he llegado gracias al estupendo ciclo de charlas Gabriel García Márquez: De la crónica a la ficción, ofrecido por Juan Villoro en la Casa-Estudio Cien Años de Soledad. Fraguada por la Fundación para las Letras Mexicanas con la complicidad de la Universidad Autónoma de Nuevo León y la Universidad Veracruzana, se trata de una iniciativa fuera de serie por muchas razones, comenzando por el sitio en donde se desarrolla. La historia es bien conocida: en 1965, García Márquez era un escritor respetado pero sus novelas se vendían poco. Llevaba casi cinco años de sequía creativa y casi quince luchando con una novela que no terminaba de cuajar. Hasta una mañana de enero en que, camino a Acapulco, tuvo una revelación: debía contar las historias con el tono mítico e impávido con que su abuela le hablaba de espectros y alfombras voladoras. Entusiasmado, renunció a sus múltiples empleos y se encerró en su casa a escribir mientras Mercedes, su esposa, llevaba el timón de la casa. Con el paso de los meses sus ahorros se terminaron, pero la novela estaba lejos de ver su final. Gracias a la generosidad del dueño de la casa, don Luis Coudurier, los García no tuvieron que preocuparse por pagar renta en esos meses. El resto es historia: la novela resultante, Cien años de soledad, es ahora un clásico de la literatura universal que ha vendido más de 50 millones de ejemplares.

Gracias a la generosidad de la familia Coudurier y a los magníficos oficios de la Fundación para las Letras Mexicanas, la casa se ha convertido en un centro de creación y difusión de la literatura. Justo allí Villoro está impartiendo las charlas en donde analiza cómo se fueron gestando, con las herramientas del periodismo, algunas entre las obras más deslumbrantes de nuestra lengua (las charlas pueden seguirse por Youtube cada miércoles).

Del peligro que significan las vacas en martes vine a darme cuenta mientras leía los materiales que el maestro Villoro abordó durante la segunda conferencia del ciclo. Se trata de ejemplos de aquella primera columna periodística de García Márquez llamada La Jirafa. Uno de esos artículos, publicado en abril de 1951, se titula No era una vaca cualquiera y es una crónica del caos causado por una vaca que apareció en el centro de Barranquilla y destripó la rutina a tal grado que “el martes se transformó en domingo”. Como se negaba a moverse, la vaca se convirtió en el personaje más importante de la ciudad, y al joven cronista no le cupo duda de que “habría podido subirse a una tribuna, a dar bramidos demagógicos, en la seguridad de que habría conquistado los votos necesarios para ingresar al parlamento”.

Pero la fama es efímera y el mundo habría olvidado a la vaca de no ser porque, cuatro años después, el reportero escribió un cuento titulado Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Allí la vaca reapareció bajo un diluvio torrencial, y tampoco esta vez fue fácil moverla. Sé que es la misma vaca porque en el cuento también es martes, y como en Barranquilla, se niega a moverse “imperturbable en el jardín, dura, inviolable”. Como resultado de la conjunción vaca-martes, el tiempo vuelve a desquiciarse: “la noción del tiempo, trastornada desde el día anterior, desaparece por completo”.

No obstante, lo que confirma que la vaca era en verdad especial es su tercera irrupción, pues ocurre en una novela escrita veinticuatro años después: El otoño del Patriarca. Esta vez el rumiante vuelve para realizar sus viejos sueños de ocupar un cargo público o al menos un sitio público, pues una tarde de enero la vaca se asoma al balcón presidencial a contemplar el crepúsculo desde ese palacio donde, ya lo sospechábamos, el tiempo se ha estancado. Aunque la novela no lo dice, apostaría una mano a que es martes el día que el bovino logra la proeza. La pregunta que conmociona al país es cómo pudo una vaca llegar allí, si todo el mundo sabe que las vacas no suben escaleras y menos si tienen alfombras. Ya sabemos que una vaca, narrada por García Márquez, no es una vaca cualquiera.

Comentarios