La travesía eterna de Kati Horna
Arte

La travesía eterna de Kati Horna

Un híbrido entre el reportaje y la vanguardia

Por la lente de Kati Horna pasó su vida marcada por los sucesos más importantes de su época, transformados por su incansable creatividad.

Sea su cara fusionada con la textura de una pared de la Catedral de Barcelona, piezas de muñecas o la vida cotidiana y cultural de México, la autora buscaba imprimir su sello, pero también fundirse en la amplitud del mundo que la rodeaba, el mundo del siglo XX.

GRANDES CAMBIOS

Kati Deutsch, mejor conocida como Kati Horna, nació en Budapest y, siguiendo el consejo de su madre, optó por estudiar fotografía en Berlín a principios de los años treinta. Relacionándose con el grupo del dramaturgo Bertolt Brecht y con la escuela de diseño Bauhaus, Horna comenzó a hacerse de un camino expresivo que la llevaría a convertirse en una artista bastante única en su tipo.

Desde el principio mostró interés por la política, ya que participó en protestas populares contra la dictadura alemana. Pero estuvo pronto de regreso en Budapest debido al ascenso del nazismo.

Su siguiente residencia la encontró en París, donde comenzó por hacer fotos fijas para cine y retocando escenas de moda. Con 22 años buscaba hacerse de contactos de influencia en el ambiente artístico de la ciudad.

De esta época son los reportajes El mercado de pulgas (1933) y Los cafés de parís (1934), donde la cotidianeidad es el principal sujeto y donde, además, se nota la capacidad de Horna para componer dando a los espacios, ambientes y objetos, un lugar predilecto.

Fotografía de la serie Mercado de Pulgas. Foto: museoamparo.com

Conocería después al fotoperiodista Robert Capa y logró llamar su atención con algunas de sus composiciones más conocidas, series de muñecas y juguetes; todo lo anterior antes de cambiar nuevamente su residencia a Barcelona, España, en 1937, movida siempre por la constante convulsión en que se encontraba Europa.

Pero no se conformaría sólo con encontrar un lugar tranquilo, sino que sus intereses políticos la llevarían a la intensa y peligrosa tarea de retratar la Guerra Civil española, en una muestra de compromiso y valentía, interesada también por la gente en los campos y fábricas.

Los grandes cambios sociales se cernían sobre el continente, pero también sobre el trabajo y el reconocimiento de Horna, quien pronto hallaría asilo en México.

UN TRABAJO VISIONARIO

La obra de Kati Horna está dirigida tanto a documentar conflictos bélicos, como a adherirse a la vanguardia del surrealismo mediante la fotografía. Por los sesenta años de trayectoria de la artista desfilan obras hechas en el gran viaje de su vida, que incluyó países como Hungría, Francia, España y México.

México fue su refugio tras una larga huida de las dificultades sociales en el continente europeo durante la década de los treinta. Es parte de toda una generación de autoras de la fotografía húngara como Rogi André, Ergy Landau o Eva Besnyö.

En 1937, el nuevo hogar de Horna, México, estaba constituido por artistas emigrados como ella: Remedios Varo y Leonora Carrington, quienes serían conocidas como algunas de las figuras más populares e importantes del surrealismo, así como Benjamin Péret, Emerico ´Chiki´ Weisz y Edward James, el último un magnate y mecenas de proyectos como el Jardín Surrealista de Xilitla.

Pieza de la serie Sanatorio de Muñecas. Foto: michaelhoppengallery.com

Su serie Lo que va al cesto (1939), trabajada con anterioridad en París, fue llevada al terreno mexicano en una colaboración con la revista Todo. En ella se narra la convulsión previa a la guerra y se expresa la sensación de inseguridad colectiva, mediante objetos como libros, monedas o pasaportes que narran el cambio en los planes de vida de las personas.

Desplegó desde entonces su carrera con mayor soltura, haciendo fotografía por encargo y como proyecto personal, fungiendo como reportera de revistas como Tiempo, Arquitectos de México o Nosotros, donde destacaría un reportaje de Alfonso Reyes.

En esta etapa su labor documentalista la llevó a retratar a quienes conformaban la comunidad artística mexicana en la década de los años sesenta. Pero sus obras más destacadas fueron las creaciones personales que la acercaban al surrealismo.

EL HUMOR Y LO MACABRO

La participación de Horna y Carrington en la revista S.nob supuso un desarrollo importante para sus ideas más insólitas. En ellas combinó la fantasía de los cuentos de hadas con el humor negro. Las historias infantiles se convirtieron en pesadillas surrealistas dentro de una atmósfera de ensueño.

Los objetos cotidianos nuevamente adquieren un papel protagónico. En Una noche en el sanatorio de muñecas, los juguetes tienen un lugar en lo cotidiano; sin embargo, su disposición, ya sea en grupos pequeños como en grandes conjuntos, evoca un ambiente desolado.

Lo macabro como categoría estética proviene del cuerpo humano y de lo que provoca su vuelta a la vulnerabilidad. En este caso llega a través de figuras que se parecen a lo humano y que, sin embargo, no lo son, como si se tratara de cadáveres. Las imágenes evocan un cuento de hadas decadente con características que también se pueden encontrar en las esculturas de Luise Bourgeois, por ejemplo.

Oda a la necrofilia. Fotos: yaconic.com

Alicia Sanches Mejorada señalaría para la revista Signos, que se trata de una acentuación de la sensación de soledad, alejando la cámara y dejando espacio alrededor. En Fig. num. 26 la muñeca hace las voces de un ente que flota, con los brazos y la cabeza casi independientes. Juan Luis Diaz Nieto definiría las obras de Kati Horna como acreedoras de una “tristeza mítica”.

Sin embargo, las fotografías de Horna también tienen algo de lúdicas. A través de su aparente seriedad, puede advertirse que existe un halo de experimentación y de espontaneidad.

En su serie Fetiches, exploró conceptos que utilizaba el surrealismo para llevarlos a una connotación más íntima. En Oda a la necrofilia, el fetiche es una alusión a la relación que el ser humano tiene con la muerte. Le teme, pero también le atrae, en una alusión a la llamada pulsión de Tánatos. La fotografía muestra a una mujer desnuda en diferentes posiciones alrededor de una cama en la que se disponen una vela encendida y una máscara blanca.

En Impromptu con arpa, la protagonista se muestra portando un velo negro y uno blanco, y se descubre. En Paraísos artificiales ni siquiera hay una narración identificable. El fotomontaje y la ralladura de los negativos brindan la sensación de cubrir los desnudos que se muestran que, por cierto, se encuentran en poses y expresiones de juego o diversión, recordando el voyeurismo. Sin duda, escarbar en el alma humana a través de la psicología y sus conceptos forma parte del juego planteado, esta vez de forma bastante desenfadada.

Kati Horna estaba preparada para transmitir con su lente la cotidianeidad, el quehacer artístico, pero también la crueldad de la guerra, pasando a ser pionera de la fotografía surrealista. Su lente y su experimentación la transforman en una de las figuras más inusuales e irremplazables del siglo XX. Su vida como viaje parece continuar en la reivindicación de su figura, tan aparentemente lejana, que sigue interesando a los nuevos espectadores.

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