A ghost story
Cine

A ghost story

Una historia sobre la impermanencia

Las críticas que flotan en el ciberespacio acerca de esta película son variadas e incluso opuestas. Hay quienes la aman y también están los que la consideran simplemente insoportable. Sí, es un filme difícil de ver por sus atípicas decisiones de dirección, pero una cosa es innegable: es tremendamente original, independientemente de los gustos del espectador.

La premisa es simple. Un músico muere en un accidente automovilístico y su fantasma deambula por la casa en la que vivía con su esposa, siendo un espectador del duelo que ella vive y de los cambios que posteriormente ocurren en el lugar. Pero antes de ahondar en la historia, es necesario detenerse en un detalle que define en gran parte el tono de la película: el fantasma es representado como una manta blanca con hoyos negros en los ojos, para ser exactos, la mortaja bajo la que se encontraba su cuerpo cuando fue identificado en la morgue.

En una época donde hay una exigencia cada vez mayor hacia efectos visuales realistas e impactantes, esta elección es arriesgada, sobre todo considerando que quien está debajo de la sábana es el ganador del Oscar Casey Affleck. ¿Por qué ‘desperdiciar’ a un actor de esa talla cubriéndolo enteramente con un pedazo de tela durante la mayor parte de la película? Si bien en un primer instante puede resultar difícil tomar en serio al protagonista en su versión no-viva, rápidamente el ‘disfraz’ se convierte en la mejor opción para transmitir las limitaciones de un fantasma.

Quizá la barrera más importante es la incapacidad de comunicarse con los vivos. En el imaginario popular, un fantasma se entiende como una presencia con cierta carga energética. Es un ente invisible y mudo que se hace notar a través de ruidos, focos parpadeantes y objetos moviéndose. A esta versión nos acerca el director David Lowery al cubrir por completo el cuerpo de Affleck, porque si un fantasma no tiene voz ni rostro dentro de una historia, no habría razón para que el espectador tuviera el privilegio de ver sus expresiones faciales, sus gestos sutiles o escuchar sus palabras.

Foto: A24

Esto no quiere decir que la función de la sábana sea la de crear un personaje inerte. Por el contrario, además de ser un recordatorio permanente de la incomunicación, funge como un referente del paso del tiempo. Y es que conforme C (así aparece el protagonista en los créditos) avanza en su existencia fantasmal, la tela se va desgastando visiblemente. Sus movimientos pausados cobran mayor peso bajo la frazada, evocando la manera en que los minutos parecen prolongarse cuando se espera algo. Además, reafirma su nueva realidad: de ahora en adelante, sólo será un testigo pasivo de un mundo al que ya no pertenece.

TRAMA

C y M (Rooney Mara) conforman un matrimonio joven en una etapa en la que ambos deben elegir lo mejor para su futuro. Ella desea mudarse, mientras que él quiere quedarse en la amplia casa que habitan en un lugar de Texas apartado del bullicio de la ciudad. Ante la disyuntiva se percibe cierta tensión y decepción por parte de los dos, pero también hay apertura al diálogo y un cariño evidente.

Es entonces que ocurre el accidente. M identifica al cadáver de su esposo en la morgue y, tras un largo rato de silencio a modo de despedida, se va. Unos instantes después, surge el fantasma y se dirige inmediatamente al que fuera su hogar.

La primera persona que se encuentra no es su amada, sino una amiga de ella que le deja un pay junto con un recado sugiriéndole vender la casa. Cuando M llega, ocurre una de las escenas más pesadas de la película: comienza a consumir el pay directo del molde con un tenedor, aumentando poco a poco la velocidad con la que toma cada bocado. Sin dejar de comer, se sienta en el piso de la cocina. Su rostro refleja el dolor que le causa no poder llenar el vacío que ha dejado la muerte de C. Tan pronto la viuda acaba con el postre, corre hacia el baño para vomitar.

Foto: lasvegasweekly.com

Lo anterior ocurre en un plano secuencia, es decir, en una toma sin cortes. Durante cinco minutos, el espectador es forzado a ver el atracón de una persona que aún no puede digerir la pérdida de un ser amado. La escena es, por lo menos, incómoda, pero sirve para dar una idea de cómo será la existencia del fantasma: así como el espectador, está condenado a presenciar cada momento del duelo de quien fuera su esposa sin poder hacer nada al respecto.

Por más abrumador que suene esto, tal vez sea lo más fácil de sobrellevar, porque inevitablemente llega el momento en que M sigue con su vida. Va a trabajar diariamente e, incluso, comienza a tener citas, hasta que finalmente se muda de aquel sitio que quería dejar desde hace tiempo. Pero C, a diferencia de ella, no es capaz de moverse más allá del espacio en el que está atrapado.

Una madre soltera ocupa la casa con sus dos hijos pequeños. Como es de esperarse, C no reacciona de la mejor manera ante esa invasión de lo que se supone sería el espacio donde compartiría su vida con M. Con la energía desbocada que provoca la ira, tira todos los objetos que puede en una escena que, de no ser por la apariencia del fantasma, bien podría caber en una película de terror.

PASO DEL TIEMPO

A partir de ese momento de quiebre, el fantasma se aleja de la noción del tiempo que tienen los vivos. Tan fácil como pasa de una habitación a otra, salta de un año a otro. Esto le permite atestiguar la transformación del espacio donde solía componer música cuando su corazón aún latía, no sólo décadas después de su muerte, sino siglos antes.

Los cambios de época impactan más por la edición del filme porque no utiliza las transiciones tradicionales para indicar el paso de largos periodos de tiempo. Cada escena aparece inmediatamente después de la siguiente, con un corte seco que no da oportunidad al espectador de prepararse para cada nuevo entorno.

Foto: latercera.com

La película deja de tratarse únicamente de la historia de un fantasma y pasa a ser también una especie de ensayo visual sobre la impermanencia del individuo, sin importar cuánto terreno logre conquistar la humanidad sobre el planeta Tierra.

Por otra parte, deja ver un punto de vista más optimista: el legado de las personas seguramente no traspasará las fronteras del infinito, pero sí puede trascender su muerte. En lo que respecta a esta historia, hay una escena en la que M escucha una canción compuesta por C. Ese legado construido en vida tiene la capacidad de conectar mejor con su esposa de lo que jamás lograría siendo fantasma.

La combinación de los cortes abruptos con las tomas largas construye un ritmo poco usual, sobre todo para el cine reciente, el cual se basa en tomas cortas para mantener la atención del público sin esfuerzo y evitando confusiones. Pero no se trata de decisiones tomadas a modo de capricho, sino de recursos narrativos que acentúan el tedio que puede llegar a sentir un fantasma que viaja en el tiempo sin control y sin poder participar en la vida que lo rodea.

Aquí el espectador no es un cómodo observador de las frustraciones del protagonista, sino que lo acompaña, en la medida de lo posible, a lo largo de la hora y media que dura el largometraje. En esos noventa minutos C buscará, como cualquier fantasma, algo que lo libere del limbo entre la vida y la muerte. Con suerte, el espectador encontrará algo que lo libere de la carga de saberse ínfimo en el Universo.

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