De mis apuntes escolares
Nuestro mundo

De mis apuntes escolares

Nuestro Mundo

Cuando conocí a Julio Cortázar tenía algo así como 20 años, a la luz del tiempo, ahora creo que era muy joven, aunque ya me sentía una adulta con todas sus implicaciones. Lo conocí una mañana dentro del aula universitaria, me lo presentó Antonio Jáquez.

Ya leía mucho en ese entonces. Leer me metía a vivir historias que no eran mías y en ocasiones es más cómodo, creo que es la misma premisa que sustentan las personas que se ocupan más de la vida de otros que la de sí mismos. Seguramente cuando lo conocí traía el uniforme de la rebeldía: jeans, votas vaqueras y camisetas, sin maquillaje y con el cabello que se secaba al viento.

Tuve en mis manos a Cortázar y en mi corazón, y en mi mesa de noche y en mis tardes acostada en la alfombra con mi reproductora de casetes sonando a Fleetwood Mac, a Phil Collins, a U2. Trataba de entender a Julio y la mente se iba por todos lados, así que la tarea era infructuosa; no me había sido difícil entender a Sábato o a Sartre, pero tratar de brincar en la Rayuela pintada por Cortázar me parecía imposible. Era un constante volver a empezar, algo se me había escapado y por lo tanto no entendía lo que seguía, tal vez me llené de prejuicios y mi mente creyó que iba a ser una tarea difícil acabar con aquello.

Revisaba una y otra vez la fotografía que más me gustaba de él, ésa en la que sostenía un cigarrillo en la boca y sus ojos apuntaban la mirada directamente a la cámara, su cabello en ondas enmarcaba perfectamente su varonil rostro. Cerraba Rayuela y abría Bestiario, éste último más cercano a mi capacidad de entendimiento, el primer cuento de este libro me causaba la misma extrañeza que Aura de Carlos Fuentes: una realidad llena de fantasmas, de seres que no existían, pero si existían. Casa Tomada se convirtió en una amenaza, ser expulsado de tu propia vida, es decir, dejar de lado los sueños y la vitalidad porque alguien más o algo ocupó ese espacio. Cortázar hace que sus personajes vomiten conejos y sean tantos que todo se sale de control hasta que decide deshacerse de ellos, conejos que vienen al mundo desde la boca, ¿de qué otra manera podría un hombre traer al mundo vida?

Y luego volvía a intentar jugar en el bebeleche, en ese avioncito o Rayuela que era la gráfica de la novela que se llamaba igual, por lo menos en la edición que yo tenía. Hay muchas explicaciones de la metáfora implícita en el nombre y su relación estrecha con los propósitos de vida del protagonista. Lo que encontraba es esta constante en la vida de todos, la necesidad de avanzar, de buscar, de dirigir todo tu esfuerzo a conseguir esa meta que muchos llaman cielo. Por su parte el personaje de La Maga me parecía sutil, etéreo, envuelta en una tristeza romántica y melancólica.

Rayuela fue la primera novela con un concepto que el día de hoy es usual: la interactividad, ello implica cierta responsabilidad del lector que muchas veces no está con la gana o dispuesto a aceptar; leer Rayuela como se leen todos los libros era una opción, la otra era leer solo hasta el capitulo 56, leer el capitulo 34 en línea pares e impares y además esos otros libros que surgían por iniciativa del lector.

¡Cuánta complejidad!, he de decirles que escribo con los apuntes en mano, no dejo de pensar en mis superlativas pretensiones, lograr tener ese aire de intelectualidad. Me rio de ello, porque obviamente, eso que yo llamo aire era apenas un soplo que no alcanzaba siquiera a ser percibido.

Pero por qué les estoy compartiendo mis apuntes escolares, tal vez porque estas soledades del confinamiento o de la estancia más acentuada en casa nos han dado oportunidad de abrir las cajas de recuerdos que son como las de Pandora, desatan tormentas, las del mito porque convergen los males y las desgracias de la humanidad, las de algunos de nosotros tormentas de recuerdos que te hablan de los que fuiste y ya no eres, de lo que pudiste haber sido y no quisiste, de lo que decidiste y hoy converge en tu presente.

Recordar es vivir”, frase hecha simplona y llena de nostalgia. Asumámoslo, recordar, a veces, también es enfrentarte a lo que te hizo llorar, a lo que hubiera querido que no pasara, a lo que en silencio reclamas a la vida. Aunque también hay que decir que recordar es un privilegio porque con todos esos pedazos maltrechos y difusos podemos contar nuestra historia.

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