Gaslighting
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Gaslighting

Juego mental y manipulación

Ilustración de portada: Behance / Owen Gent

Es simple. Una persona cercana dijo algo hiriente, a lo que responde que en realidad no lo hizo; repite varias veces esta respuesta e incluso la justifica de diferentes maneras hasta que, finalmente, la crees. Esa creencia está fuera de la realidad y, sin embargo, persistirá. De un momento a otro, se ha llegado al convencimiento o, mejor dicho, al gaslighting, una clase sutil de manipulación por medio de la cual se cambia el juego a favor del abusador. Las relaciones íntimas y amorosas adolecen, precisamente, de asimetrías que pueden desencadenar esta y otras expresiones de una deteriorada salud mental.

MOSTRAR Y OCULTAR

El gaslighting hace alusión a la iluminación por gas, un método antiguo y menos efectivo que los que se disponen ahora para iluminar un espacio. Es decir, el gaslighting se trata de mostrar y de ocultar. Así como se puede mentir velando una parte de la verdad, también se puede revelar parte de la realidad, tergiversarla de forma sutil y, agregando el componente emocional de una relación, obtener un juego a favor.

El nombre gaslighting proviene de la obra de teatro Gaslight (1938) de Patrick Hamilton, en la que el personaje principal, Manningham, intenta enloquecer a Paula, su nueva esposa. En esta historia, después llevada al cine, el procedimiento es literal: se ocultan espacios y objetos bajando la intensidad de la luz de una lámpara de gas. Así, el protagonista hará lo posible por esconder las joyas de su anterior esposa para evitar que Paula descubra su asesinato.

La ficción representa la realidad y, en esta ocasión, la palabra gaslight se traslada a los artículos científicos en materia de psicología para poner sobre la mesa un tipo de abuso bastante común.

En 1969, el estudio El fenómeno del gaslight, de la revista médica británica The Lancet, presentó tres casos en los que familiares y parejas reportaban alcoholismo o esquizofrenia en uno de sus miembros, sin que realmente los padecieran. La publicación acuñó el término que se empleó posteriormente para describir casos similares.

El artículo Psicosis impuesta (1987) de la British Journal of Psychiatry, expuso casos donde el abusador no sólo mentía, sino que saboteaba la mente del afectado haciéndole creer que estaba enfermo y que, por lo tanto, debía dudar de sí mismo. De cualquier forma, se trata de una metodología que consiste en ocultar información para sembrar la duda y deshabilitar al otro.

El nombre de esta forma de abuso viene de las lámparas de gas que no son capaces de iluminar un espacio completo. Foto: Behance / Natalia Virlan / Intervenido por José Díaz

Posteriormente, el término pasó de los casos clínicos a casos bastante más comunes para la población en general. En Gaslight: un síndrome marital (1988), se describe la faceta más repetida y actualmente conocida del fenómeno: la que niega una infidelidad.

La estrategia tiene que ver con reconducir los reclamos, devolverlos hacia quien hace ver la falta. Así, se niega la infidelidad y la culpa no es de quien la produce, sino de la persona que la hace notar, quien se convence de que sólo exagera o se imagina situaciones.

NEGACIÓN Y MEMORIA

El gaslighting es un grupo de comportamientos en los que se niega la realidad sistemáticamente, hasta lograr el convencimiento. Es un patrón de abuso que conduce a la víctima a dudar de su percepción, juicio o memoria, al mismo tiempo que se descalifican sus sentimientos y pensamientos. Lo que provoca es un doble mensaje que convenientemente desbalancea la situación: hace sentir culpa a quien evidencia una falta, mientras el manipulador se reivindica a sí mismo.

Otra vez con tus inseguridades”, “otra vez con lo mismo”, “ya vas a empezar”, podrían ser frases del ejecutor del gaslighting. La sensación negativa de estar generando una discusión innecesaria, la sistemática descalificación de las preocupaciones y, por último, la duda de sí mismo, genera el silencio buscado por parte de la víctima.

Detrás de ese silencio crece una confusión en que la ansiedad y los estados depresivos se pueden hacer evidentes. Más allá de eso, el gaslighting puede hacer que la persona dude, incluso, de su estado mental. La víctima tiene la sensación de que algo no está bien. Posee, en parte, la certeza de que está actuando adecuadamente, pero la incertidumbre se prolonga indefinidamente: “¿Estaré exagerando?”, “¿y si tiene razón?”.

Es por eso que el gaslighting adquiere, desde un principio, la connotación de una “psicosis inducida”; no precisamente porque genere un trastorno, sino porque, a su manera, incide en la mente de la persona para que dude de su propia estabilidad emocional.

Se trata de un juego, más que antiético e insano, peligroso. El costo puede ser el deterioro de la salud mental de la persona que sufre, sin lugar a dudas, un abuso.

En el gaslighting se forcejea con la memoria. El perpetrador no suele tener en cuenta los efectos de su abuso sutil, mucho menos de su impacto a nivel de la memoria, la cual puede moldearse para comprender el mundo, tanto pasado como presente. Si es alimentada con información falsa, en la que además se insiste, se le hará lugar y se le dará una explicación aparentemente lógica.

La víctima del gaslighting puede llegar a dudar de su cordura. Foto: behance/ Nermin Bahaa Eldin

A esto se le conoce como recuerdo falso. Es aquel que se implanta en la mente de alguien y que no corresponde con la realidad; pero que el cerebro, en su propósito de dar forma y sentido a lo que nos rodea, acomoda y hace embonar como si fuera cierto.

SOCIEDAD Y GASLIGHTING

El gaslight se ha llevado a la esfera jurídica, puesto que se convirtió en una parte oficial de la ley penal en torno a la violencia doméstica en 2015. En Reino Unido, más de 300 personas han sido acusadas legalmente de causar este mal, según Anna Mikhailova para The Telegraph (2018).

Tras partir de casos menos comunes, se ha tendido a generalizar el término gaslighting hasta el punto de llevarlo a ámbitos como la política. Lo que prueba que el concepto es sumamente poderoso y que puntualiza un tipo de manipulación específico.

El efecto gaslight (2018), libro escrito por Robin Stern, cofundadora y directora asociada del Centro de Inteligencia Emocional de Yale, considera que la manipulación psicológica domina el clima actual de “posverdad”, en el que no se conoce con exactitud la realidad.

La manera en que el género se involucra en el gaslighting es evidente. Aunque Stern ha sido cuidadosa al afirmar que el tipo de abuso es neutro y no tiene que ver con relaciones de género, los casos analizados por lo general involucran a un victimario masculino. Esto quiere decir que las relaciones de poder normativas están intrínsecamente relacionadas con el fenómeno.

No se trata, sin embargo, de una conducta puramente malvada, sino que hay aprendizajes sociales y configuraciones de género que permiten este tipo de abusos; estructuras que hacen creer que un tipo de persona es más impresionable o chantajeable que otro. También es cierto que no es completamente necesario que la víctima se encuentre vulnerable, del gaslighting se puede ser víctima en cualquier momento.

En Sociología del Gaslighting (2018), Paige Sweet, becaria postdoctoral en la iniciativa Inequidad en América de la Universidad de Harvard, no sólo expone en qué consiste el fenómeno a nivel individual, sino que ofrece una perspectiva amplia sobre su uso y su efecto en la sociedad, y aborda su aparición en la literatura y más representaciones. Lo cierto es que se trata de un término aparentemente novedoso, pero sus efectos se han marcado en nuestros comportamientos a lo largo de la historia. Es otro cajón más del comportamiento humano que insiste en ser abierto y señalado.

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