Sabe...nadie supo...
Opinión

Sabe...nadie supo...

Miscelánea

¡Ay!, dejen de prohibir tanto porque ya no alcanzo

a desobedecerlo todo.

Mi abuela, que no fue una pelanduzca, nunca me dijo: “callate chachalaca”, pero me llamaba taravilla. “El que habla mucho yerra mucho y pierde el respeto de quienes escuchan. Habla menos y oye más”, aconsejaba mi abuela y ahí lo dejo para quien quiera oír. Queda claro que yo nunca hice caso y aquí me tienen, habla y habla y yerra y yerra. Ya se que a nadie le importa ni cambia nada lo que yo diga, pero me desahogo y me bajan un poco los niveles de ira cuando en mis cavilaciones pregunto: ¿De qué tamaño será el secreto o los secretos que el generalote le sabe a Malo?, como para que, activando todos los instrumentos diplomáticos, jurídicos y a la orden de ¡ya!, ordenara su rescate.

Detenido en USA el 18 de noviembre del 2020, y devuelto a México donde en menos de dos meses, con la eficiencia y la transparencia a la que nos tienen acostumbrados, Cienfuegos fue juzgado y exonerado; imagino que con la urgencia que el caso requería. “El regreso del General Cienfuegos no significa impunidad”, “Le fabricaron delitos”, aseguró Malo, quien como tantas otras cosas, ignora también que nuestros vecinos se toman muy en serio la verdad. Se avizoran problemas con ellos. Y como ya es costumbre, nadie sabe, nadie supo. Ante los abusos de poder que desgraciadamente se han vuelto costumbre, siento la urgente necesidad de gritar que yo: no pueblo, ni horda, ni masa, ni tigre, ni mascota a la que hay que alimentar; solamente ciudadana, me siento burlada y ofendida con las oscuras maniobras de la 4T.

Pero como el tema apesta, mejor jalo la cadena y cuento aquí algo más divertido, por ejemplo, que me alcanzó el maldito virus y pasé la temporada navideña infectada y temblando de fiebre. Y como los males nunca llegan solos, Alicia, la fiel empleada doméstica que me acompaña hace más de veinte años, se contagió también y se fue a temblar a su casa. O sea, que me quedé sola con mi virus. “Una cuidadora”, resolvieron mis hijos y me trajeron a Gaby, una mujer que aún desde mi cama y sintiéndome pésimo, percibí sucia, el pantalón mantecoso y la sonrisa del Guasón estampada en el cubrebocas. Antes de instalarse, Gaby pidió a mis hijos la contraseña de Internet, y se aseguró de que la tele de su cuarto recibiera la señal de Netflix. Dejándome con tan eficiente cuidadora, mis hijos se fueron tranquilos y Gaby se metió en su cama, donde durmió hasta que ya muy tarde por la tarde, yo temblorosa y afiebrada la fui a despertar.

Oiga señora, ¿la enferma es usted o yo?, le pregunté mirando con asco la charola con los restos de alimentos que se había preparado para comer en la cama y frente a la tele.

Lleve esa charola a la cocina, lave los platos y me prepara un té, por favor– le pedí.

Mire señora, yo no vine aquí a hacer limpieza, mi trabajo consiste solamente en acompañarla y ese es mi único compromiso; me explicó el Guasón.

Haciendo acopio de mis últimas energías le ordené: en ese caso, váyase a dormir y mañana a las ocho la espero bañada y con este tapabocas, dije entregándole uno blanco y nuevo. A las ocho treinta de la mañana del día siguiente, toqué en su cuarto para despertarla y despedirla. Son mil 500 pesos por veinticuatro horas de atención; me informó. Yo no se lo dije pero le hubiera pagado el doble para que se largara cuanto antes.

Las siguientes tres semanas, enfermota, fueron muy desagradables pero lo que más me deprimió, fue el obligado confinamiento, la soledad en la que permanecí hasta la segunda semana de enero, en que mediante tomografías, análisis de sangre y algunos miles de pesos, los doctores me informaron que; aún siendo México el cuarto país con más muertos por COVID-19 y yo población de alto riesgo; sobreviví. Pan y luz para usted pacientísimo lector.

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