La feria de las flores
Opinión

La feria de las flores

Miscelánea

El día en que el Señor creó la esperanza fue probablemente el mismo día en el que creó la primavera.

Bernand Williams

Hágase Señor tu voluntad”, repito cada mañana y me someto, aunque preferiría que se hiciera la mía. Yo por ejemplo, nunca hubiera permitido que cayeran al mismo tiempo sobre nuestro pobre país dos terribles plagas. La perniciosa Morena que en sólo dos años ha causado irreparables daños en todos los ámbitos del país. El peor de todos, criminal diría yo, es su perversa estrategia de polarizar a la ciudadanía. La otra plaga es el maldito virus coronado, que si bien es menos dañino que Morena, ha causado ya la muerte de casi cincuenta mil mexicanos.

Menos mal que entre una y otra plaga, Dios nos sigue otorgando la alegría de la primavera. En un mundo donde ya nada es como estábamos acostumbrados, el hecho de que llegue festiva, coqueta y puntual, significa que al menos la naturaleza no nos ha traicionado y que los jardines, maltrechos como salen del invierno, amanecerán cualquier mañana, floridos y gozones.

Como ya he escrito aquí, siempre lo di todo por hecho. Take it for granted. Mis padres, el colegio, mis preciosos lápices de colores, y por supuesto la infaltable presencia de un maestro de carne y hueso; no de un holograma. La juventud con sus amores, el matrimonio y los hijos ante quienes nunca se me ocurrió abrir el pecho para decirles: aquí estoy para ustedes y los amo. Simplemente estaba ahí, los amaba y di por hecho que ellos lo sabían.

La Navidad era con los abuelos y el seis de enero con toda seguridad, llegaban los Santos Reyes. Los veranos eran amistosos y marítimos, y nunca pensé que el día llegaría, en que los abrazos y los besos fueran contaminantes. Para mal o para bien, todo lo que me ocurría era más o menos previsible. Sólo ahora que la vida me despoja de lo que antes daba por hecho; solo ahora que sin brújula para navegar en este mundo de ciencia ficción a donde el virus me paralizó, y donde la muerte acecha en todas partes, empiezo a reconocer que casi todo lo que me ocurría era un prodigio. Es obvio que mi optimismo tiene que ver con la llegada de la primavera, que con sus mañanas soleadas y luminosas, reanima mi alma y le devuelve la esperanza. Mis sonrisas salen a pasear, los besos pasan volando sobre mi cabeza, las hormonas se alborotan y abro los brazos al amor. En mi entusiasmo me estoy preguntando si (como estábamos acostumbrados) esta primavera volveremos a refrescarnos bajo la sombra de los cedros, sequoias y los ahuehuetes sagrados de nuestro Chapultepec. Si navegaremos de nuevo en las trajineras floridas de Xochimilco, y nuestros parques volverán a alegrarse con los juegos y las risas de los niños. ¿Disfrutaremos otra vez de un domingo en la Alameda? ¡Ojalá! Todo es posible en abril.

Como todos los años, en ese generoso útero que es la tierra, el dos de febrero deposite las semillas que como eficientes espermatozoides han de embarazarla. Como en la vida, unas semillas ni siquiera lograran vivir. Otras, enfermas y tristes como los niños con cáncer, apenas levantarán la cabeza, pero felizmente, la mayoría se cargará de hojas y ramas que tendré que apuntalar para que llegado el verano, no se desgajen con el peso de sus frutos. Jitomates, chiles manzanos, rábanos, cebollitas.

No es gran cosa porque mi huerto es doméstico y humilde, pero esta vez, bendeciré cada fruto y cada flor, porque si algo he aprendido con la pandemia, es que no debo dar nada por hecho, y que todo proceso de vida es un milagro. Para despedirme pacientísimo lector, lo dejo con este pensamiento de Gabriela Mistral: Doña Primavera de aliento fecundo, se ríe de todas las penas del mundo.

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