Generación pos-COVID
Reportaje

Generación pos-COVID

La infancia criada en cuarentena

Mamá: Lo vas a amar.

Jack: ¿Qué?

Mamá: El mundo.

La habitación (2015, director: Lenny Abrahamson)

En el vecino país del norte, en el estado de Maine, hay un pequeño pueblo llamado Peru. Ahí, la soleada mañana del dos de junio del 2020, los estudiantes graduados de la escuela primaria Dirgio, acudieron por sus diplomas. El evento, debido a la pandemia de COVID-19, tuvo que llevarse a cabo en circunstancias especiales: los alumnos llegaron en autos adornados de los cuales no se pudieron bajar. Los maestros (con sus rostros cubiertos por tapabocas) se aproximaron a los vehículos para entregar los certificados y recibir material prestado que los estudiantes se habían llevado a sus casas. Los niños, al final, recibieron helado como premio. Este hecho, registrado por el diario local Sun Journal, se replicó en incontables escuelas alrededor del mundo. México, por supuesto, no fue la excepción.

Otras graduaciones atípicas se presentaron alrededor del globo. Algunas, incluso, fueron en verdad peculiares y creativas. En Japón, estudiantes de primaria y secundaria organizaron por iniciativa propia una ceremonia en Minecraft. Según reportó Business Insider, el evento social fue una réplica cuidadosa de las graduaciones en el mundo físico. Los estudiantes esperaron sentados su turno, un alumno dio un discurso, la repartición de diplomas fue ordenada, etcétera. Este caso de organización por parte de los niños pone en evidencia su capacidad de adaptarse a las circunstancias. Sin embargo, como el lector tal vez ya ha intuido, no todos los menores del mundo poseen las ventajas que un país como Japón puede ofrecer. Hay naciones en las que el acceso a Internet es deficiente o inexistente para importantes segmentos de la población. Otra cuestión que debe tomarse en cuenta es que, incluso en los países desarrollados, los infantes han dado señales de que su bienestar psicológico se ha visto minado por el confinamiento.

El terreno, como siempre, es desigual. Algunos niños sufrirán peores efectos que otros por el aislamiento. Pese a ello, tenemos entre las manos algo que pocas veces ocurre: un evento pernicioso que ha alterado la vida de los niños de forma casi universal. Los efectos del confinamiento, en mayor o menor medida, se podrán detectar en un niño que vive en Buenos Aires o en uno que habita en Estambul. Por primera vez en nuestra experiencia vital colectiva nos encaramos a una tragedia de tal magnitud que dará forma a una generación. La generación pos-COVID.

Las cuestiones biológicas relacionadas con la pandemia se han ido tratando y esclareciendo conforme el tiempo avanza. Entre más conocimientos se acumulan, más revelaciones tenemos. Y todavía falta mucho por saber. Lo mismo ocurre con el área mental. En el caso que nos atañe, más específicamente, con la salud mental de los más pequeños. Sin embargo, es imperante abordar el tema, analizarlo y socializar las conclusiones útiles que se vayan presentando. El lugar común reza que los niños son el futuro. Pero también son el presente. Es importante contar desde ya con el conocimiento que contribuya al mejoramiento de su situación.

Desde el inicio de la pandemia quedó claro que las personas de mayor edad son las más afectadas por el coronavirus. Como consecuencia lógica, la atención se ha volcado en este sector poblacional. Este enfoque, en sí, no es reprochable en lo absoluto. Pero hay que tomar en cuenta que los niños han sido relegados como un efecto colateral. En un comienzo se estimó que los problemas derivados del confinamiento serían corregidos con facilidad. En aquel entonces creíamos que la pandemia sería corta y podríamos amortiguar su impacto. Eso, ahora sabemos, no ha sido así. Más de un año se nos ha escapado. Ya contamos con datos sobre la estabilidad psicológica de los niños que deben ser atendidos. Más ahora que algunos países se enfrentan a la duda de cuándo volverán a un escenario lo más normal posible.

Foto: Canva

The New York Times ya reportaba el 13 de febrero que la universidad de Oxford había iniciado pruebas de su vacuna en niños entre 6 y 17 años. Mientras tanto, las farmacéuticas Pfizer y Moderna arrancaron con pruebas de sus vacunas en niños de doce años y mayores. En todos los casos se prevé que haya vacunas para menores hasta finales de año. Luego nos enfrentaríamos al reto de la distribución y aplicación de los medicamentos. Como ya hemos experimentado, esto varía drásticamente de un país a otro. México, por ejemplo, ha tenido dificultades significativas. En resumen, para algunos todavía no hay claridad de cuándo los niños serán inoculados. Ello, a su vez, representa un posible alargamiento del encierro. O, en dado caso, un vaivén entre el desconfinamiento y el reconfinamiento.

Atender las circunstancias de la infancia es imperante. Su bienestar ahora es clave para la configuración del mañana. Para esto, debemos considerar que enfrentamos los efectos de un encierro fuera de lo común. Uno obligado por un virus que amenaza la vida.

FIEBRE DE CABAÑA

Desde una etapa temprana de la pandemia hubo expertos que se avocaron a registrar y analizar el impacto del confinamiento en la infancia. El sitio The Cut, en su artículo Niños de la cuarentena narra la actividad del neruocientífico Philip Fisher. El especialista, que labora en la Universidad de Oregon, comenzó a enviar un cuestionario a padres de familia desde el 6 de abril del año pasado. Fisher preguntó a los padres sobre cómo estaba afectando el encierro a sus hijos. Los cuestionarios, además, incluían un espacio en blanco para que los padres realizaran observaciones libremente. Ahí dejaron comentarios trascendentes.

Algunos papás informaron que sus niños manifestaban regresiones y un nerviosismo en general. Ciertos menores comenzaron a mojar la cama de nuevo. Otros experimentaron pérdida de apetito. Unos más iban a la habitación de sus papás por las noches en busca de refugio. Para la llegada del verano, la llamada fiebre de cabaña ya era más aguda. La fiebre de cabaña es un término acuñado en Estado Unidos a comienzos del siglo XX. Se originó en las partes más frías del país cuando, en los largos inviernos, las personas debían pasar muchos días encerrados en sus cabañas. Se trata de un estado mental minado causado por meses de aislamiento, aburrimiento y soledad. Más allá de su nombre pintoresco, se trata, según los expertos, de una condición real.

Volviendo a los niños a los que Fisher les dio seguimiento, para la mitad del año, como ya se mencionó, su condición había decaído todavía más. Hasta el 79 por ciento de niños menores de cinco años se mostraban más confusos e irritables. Infantes de edades más avanzadas mostraron otros comportamientos atípicos. Algunos, por ejemplo, fueron cayendo en el retraimiento. También se incrementaron las peleas entre hermanos, así como su intensidad.

Fisher parte del supuesto de que los padres aman a sus hijos. Sin embargo, señala, los adultos también están siendo sometidos a circunstancias demandantes en exceso. Esto puede llevar a que el hartazgo orille a ciertos adultos a cometer intransigencias. Un niño podría, por ejemplo, recibir respuestas cortantes o crueles a sus preguntas sin ninguna razón por parte de sus padres. Comportamientos de esta índole, en la pandemia, podrían haberse incrementado. No parece mucho, pero Fisher explica que los niños son especialmente susceptibles al comportamiento errático de sus cuidadores. Después de todo, a una corta edad, sus cerebros continúan en desarrollo.

La fiebre de cabaña es un término usado para designar los malestares propios del encierro. Foto: Behance_Matt Schu

Muchos otros expertos coinciden en que la salud mental de los niños se ha visto corroída por el confinamiento. La UNICEF menciona lo siguiente en su sitio web: “Ante situaciones estresantes como las que vivimos por la pandemia de COVID-19, niñas y niños pueden tener distintas reacciones como dificultad para dormir, dolor de estómago o estar enojados o con miedo todo el tiempo”. Además, despliega una serie de recomendaciones sobre cómo ayudar los niños. Por cuestión de espacio, es imposible mencionarlas todas aquí, pero algunos puntos son destacables.

La UNICEF recomienda limitar el acceso a los dispositivos electrónicos y a las noticias para reducir el estrés. También señala que hay que acercarse a los menores, preguntarles cómo se sienten y escucharlos con atención. Estas indicaciones apuntan a algo crucial: los niños saben lo que ocurre. Están al tanto de la situación y su gravedad a pesar de que algunas personas prefieran ignorar este hecho. Los niños saben lo que está en juego. Saben de la posible pérdida que acecha.

Lo anterior quedó de manifiesto en el podcast Today in Focus del diario inglés The Guardian. En éste dedicaron un episodio a conversaciones con niños sobre sus experiencias durante la pandemia. La presentadora del programa, Anushka Asthana, se encargó de entrevistar a los niños: Aryan, Becca, Rory, los tres residentes del Reino Unido, una de las naciones más golpeadas por la pandemia en el viejo continente.

Aryan, el más pequeño, con ocho años, relata cómo han sido las cosas para él desde el comienzo. Su conocimiento del virus llegó a través de sus padres, pero en aquel entonces no se preocupó mucho al respecto, como la inmensa mayoría. Entonces empezaron a circular los rumores en la escuela sobre la nueva enfermedad. Después llegó el confinamiento. Aryan lo tomó con buena disposición al comienzo, pues pensó que sería como tener vacaciones. Conforme avanzó el tiempo su percepción se modificó drásticamente. Llegó el hartazgo por estar encerrado y estar imposibilitado para reunirse con sus amigos. Además, se dio cuenta de la amenaza ubicua que nos merodea.

Así como es importante reconocer que los niños son conscientes de la pandemia, también es fundamental aceptar que son susceptibles de padecer afectaciones psicológicas. Algo que para muchos ya era difícil de asimilar desde antes de la crisis sanitaria. Cuestiones como la depresión y el estrés postraumático todavía son considerados por un notable número de personas como padecimientos exclusivos de los adultos.

Error. La Universidad de Cambridge, por ejemplo, condujo un estudio que llevó a la detección de un incremento en los casos de depresión en los menores. Por supuesto, la depresión es multifactorial, pero el aislamiento terminó por empujar a algunos a esta condición. El doctor Duncan Astle, uno de los involucrados en el estudio, señala lo siguiente: “La infancia es un periodo en el que la salud mental puede ser particularmente vulnerable a la falta de interacción entre pares”. E incluso vaticina: “Una vez que los niños regresen a la escuela, su bienestar, socialización y disfrute serán cruciales. Tal vez los maestros requieran recursos y entrenamiento extras para apoyar a los niños con su estado de ánimo bajo. En otras palabras, los efectos de la soledad forzada serán duraderos. Lo mismo puede decirse con respecto al estrés postraumático.

Foto: Behance / Joseba Elorza (MiraRuido)

Su nombre correcto es trastorno de estrés postraumático (TEPT). El CDC informa al respecto: “Los niños que pasan por una situación de estrés intenso (como en casos de lesiones, muerte o posible muerte de un familiar o amigo cercano, o violencia) se verán afectados a largo plazo”. Tomemos en cuenta la ardua difusión que tiene la pandemia alrededor del mundo. A estas alturas, los niños han sido bombardeados con una cantidad ingente de información, ya sea que puedan o no digerirla. También es oportuno señalar que la inmensa mayoría ya ha tenido en casa a algún infectado o ha sabido de un contagio muy cercano.

El CDC agrega: “El niño podría sufrir este trauma en forma directa o podría ser testigo de algo que le suceda a otra persona. Cuando el niño presenta síntomas a largo plazo (que duran más de un mes) a causa de ese estrés, que lo hacen sentirse mal o interfieren con sus relaciones y actividades, puede que reciba el diagnóstico de trastorno por estrés postraumático (TEPT)”. Como se mencionó con antelación: es de esperarse que las secuelas sean duraderas. Existen otros padecimientos con un parentesco con el TEPT. El trastorno de estrés agudo, según el Child Mind Institute, es similar al TEPT con la diferencia de ser menos intenso y duradero. Por otro lado, el trastorno adaptativo es provocado por el estrés y consiste en una incapacidad para adaptarse a una situación después de un trauma.

El panorama se perfila desalentador a primera vista, pero el conocimiento, se sabe, es una herramienta para transformar la realidad. Entre más hemos explorado a la COVID-19, hemos estado mejor preparados para enfrentarlo. Lo mismo ocurre con los flagelos psicológicos que se desataron entre la población infantil. Entre más se sepa, mejor asistencia se podrá brindar a los infantes. Sobre todo si tomamos en cuenta que su bienestar está conformado por varias aristas. La educación es otra más.

Era un día normal de clases (normal en el nuevo contexto, por supuesto) para los estudiantes de la escuela primaria Raymond, de Brockton, Massachusetts. La maestra Elizabeth Doyle se dispuso a dar clases a través de Zoom. Sin embargo, fue incapaz de iniciar. Una de sus alumnas, Teresa, de nueve años, comenzó a gritarle que su alarma contra incendios estaba sonando. Elizabeth le preguntó a Teresa si veía humo. La niña respondió que no, pero podía olerlo. La maestra le inquirió a la niña si estaba sola. Respondió que sólo estaba con sus hermanas. Elizabeth le dijo a la niña que salieran de la casa de inmediato.

Afortunadamente, el desenlace de esta historia es feliz. Las niñas salieron de casa y la maestra llamó a los bomberos. El incendio había sido pequeño. En el sótano de la casa, una varita de incienso encendida se había caído sobre un cesto de ropa. El suceso ilustra algo que ya muchos saben por experiencia propia: la enseñanza a distancia ha estado lejos de ser ideal. Sin embargo, es una pieza clave de la nueva normalidad.

Resulta de particular interés lo que ocurre en América Latina, una región marcada por la desigualdad. La CEPAL señala lo siguiente: “Incluso antes de enfrentar la pandemia, la situación social en la región se estaba deteriorando, debido al aumento de los índices de pobreza y de pobreza extrema, la persistencia de las desigualdades y un creciente descontento social”.

Los límites en Latinoamérica en cuanto a conectividad digital han causado mayor desigualdad educativa. Foto: Behance / Laurent Duvoux

Y añade: “En el ámbito educativo, gran parte de las medidas que los países de la región han adoptado ante la crisis se relacionan con la suspensión de las clases presenciales en todos los niveles, lo que ha dado origen a tres campos de acción principales: el despliegue de modalidades de aprendizaje a distancia, mediante la utilización de una diversidad de formatos y plataformas (con o sin uso de tecnología); el apoyo y la movilización del personal y las comunidades educativas, y la atención a la salud y el bienestar integral de las y los estudiantes”.

En su artículo El desafío de educar en Latinoamérica durante la pandemia de coronavirus, El País recoge algunos escenarios disparejos de la región. Señala, por ejemplo, que en Nicaragua la situación es complicada, aunque no por lo que podría pensarse. El gobierno de Daniel Ortega ha negado la crisis generada por la pandemia, por lo que no se han suspendido las clases presenciales en las escuelas públicas. No se sabe cuál ha sido el costo de semejante situación. Se ignora cuántos profesores y niños han enfermado o muerto. Igualmente es difícil estimar cuántos más faltan.

En Colombia, las comunidades rurales lidian con poco acceso a los medios de comunicación. Un estudiante que vive en las montañas de Boyacá, por ejemplo, no tiene computadora ni acceso a Internet. Se comunica con su profesor por llamada telefónica. Sólo así se entera de los temas que debe estudiar y los trabajos que debe realizar. No sólo eso: tardó meses en encontrar un lugar en el que su celular, el único en su familia, pudiera agarrar señal.

Por supuesto, Colombia está lejos de ser el único país latinoamericano con problemas por la falta de tecnología. En Bolivia, padres de un poblado aymara, decidieron regresar a sus hijos a la escuela en el presente año a pesar de la pandemia y el frío. El gobierno ya había establecido que las clases serían por Internet, televisión y radio. Sin embargo, los pobladores carecen de los medio físicos o las señales son deficientes. Así que optaron por organizarse para enviar a sus hijos a la escuela en días específicos de la semana.

Aunque las escuelas públicas son las más afectadas, las privadas no han salido incólumes. En Brasil, las instituciones privadas han experimentado confusión y caos. De acuerdo con el medio France 24, lo colegios han sufrido por la situación económica. Algunos han cerrado y muchos otros están al borde de sufrir el mismo destino. Además, cada institución se ha tenido que implementar su propio plan y reglas. El gobierno, encabezado por Jair Bolsonaro, quien ha minimizado la pandemia, sigue sin lanzar una estrategia que guie al sector educativo.

En cuanto a México, ha padecido, en mayor o menor medida, las mismas vicisitudes que las otras naciones de la región. El país, recordemos, días después de que se encontrara el primer caso de COVID-19 en marzo, optó por adelantar las vacaciones de Semana Santa. Posteriormente quedó claro que más bien se trató de la suspensión de las clases presenciales. Después, en abril, la SEP implementó el programa Aprende en Casa. Luego, en agosto, aplicó Aprende en Casa II. ¿Cuál ha sido el impacto de esta estrategia? No se sabe con claridad. La SEP no ha publicado información sobre el éxito o fracaso del modelo educativo al que se ha recurrido. La opacidad ha sido un aspecto distintivo de la educación durante la pandemia en nuestro país. Igual que en otros ámbitos.

Foto: Notimex / Marco González

Resulta imposible, en un país que ya presentaba dificultades en cuanto a la enseñanza, suponer que no ha habido un impacto negativo considerable. Sobre la deserción escolar, el sitio alemán Statista menciona: “Se estimó que la deserción escolar superó los 2.5 millones de estudiantes desde el nivel preescolar a bachillerato entre abril y agosto de ese mismo año (2020). Esto representa un 10 por ciento del total de alumnos de nivel preescolar, primario, secundario y bachillerato. En el caso de la educación superior, el 8 por ciento de los estudiantes dejaron de asistir a las clases”.

Por otro lado, ¿cuánto ha costado la educación a distancia en México de la cual todavía no están claros sus resultados? Statista menciona al respecto: “El proyecto, constituido por programas de televisión y otros medios, tuvo un costo total de 450 millones de pesos mexicanos por el primer semestre del año escolar 2020/2021. El costo por cada alumno inscrito en una institución pública fue de 15 pesos”.

Acerca de la audiencia, el portal señala: “En septiembre de 2020, el 43.4 por ciento de la audiencia del programa durante los horarios destinados a estudiantes de nivel primario estaba compuesto por el grupo objetivo de niños y niñas de entre seis y once años de edad. En el caso de los horarios destinados al kinder, únicamente el 36.4 por ciento de la audiencia pertenecía al grupo objetivo de niños y niñas de entre cuatro y cinco años”.

Otros esfuerzos por determinar el nuevo terreno en que nos encontramos, coinciden en sus hallazgos desalentadores. Ahí está, por ejemplo, la encuesta realizada por la Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación (MEJORAEDU). Los resultados fueron expuestos por el portal Animal Político. Una de las conclusiones es la siguiente y se centra en los maestros: “El 51 por ciento de los docentes señalaron como obstáculo para el aprendizaje que ‘las actividades en línea y los programas de televisión y radio resultaban aburridos para sus estudiantes’; y 46 por ciento dijo que ‘los contenidos de televisión de Aprende en Casa I no fueron suficientes para que las y los estudiantes pudieran seguir aprendiendo’”.

Se menciona que los profesores intentaron sobrepasar las deficiencias presentadas por otros medios. Para ello recurrieron a herramientas como el teléfono (irónicamente otrora un objeto indeseado en la enseñanza), los blogs o YouTube. Sin embargo, las tácticas han sido insuficientes por ser esfuerzos solitarios que carecen del respaldo institucional. El gobierno mexicano desde temprano optó por una actitud triunfalista ante la pandemia. Por ende, resulta coherente que privilegie alimentar una imagen de éxito en lo que a educación se refiere.

Pese a todo, parece haber países en Latinoamérica que hicieron un buen trabajo a la hora de adaptarse a la pandemia. O, al menos, en la medida de lo posible. Uruguay, que en general ha tenido un buen manejo de la crisis, estaba preparado para atender a sus alumnos. Según reporta BBC Mundo, el país ha dedicado años a garantizar una buena conectividad y a que haya un acceso extendido a herramientas digitales. Desde hace una década implementa el Plan Ceibal, el cual ha consistido en la entrega de una laptop a cada estudiante en escuelas públicas.

Foto: Canva

También contaba ya con la plataforma CREA. Ésta es una especie de red social donde los profesores pueden dialogar con los alumnos, subir materiales, y enviar y calificar tareas. Por si lo anterior no fuera poco, también disponía de la plataformas Matific, dedicada a las matemáticas, y Biblioteca País, la cual tiene siete mil libros recreativos y materiales de estudio en formato de audio, texto e imágenes.

Es fundamental, qué duda cabe, que la población civil demande mejores acciones en materia educativa, así como la publicación de sus resultados. Pese a ello, el rumbo más bien parece enfilarse a un escenario en el que sólo sabremos el verdadero impacto de la pandemia en las escuelas en retrospectiva.

FORMAS DE LA VIOLENCIA

Como es bien sabido a estas alturas, los niños corren menos riesgo en caso de enfermar por COVID-19. Asimismo, la mortalidad entre los miembros de este sector es muy baja. Sin embargo, hay daños inevitables que se han presentado debido al caos desatado por la pandemia.

La crisis actual, de acuerdo a la UNICEF, podría anular décadas de progresos para frenar las muertes infantiles prevenibles. La institución afirma: “Pese a que el número de muertes de menores de cinco años disminuyó hasta los 5.2 millones en 2019, las interrupciones en los servicios de salud infantil y materna ocasionados por la pandemia de COVID-19 están poniendo en juego la vida de millones de niños”.

Mucho del esfuerzo sanitario se enfoca ahora a la pandemia. En otros casos, se ha optado por aplazar lo más posible ciertos servicios. Y todo esto sin mencionar los programas y apoyos que tuvieron que ser suspendidos. “La comunidad mundial ha avanzado tanto hacia la eliminación de las muertes infantiles prevenibles que no podemos permitir que la pandemia de COVID-19 nos frene”, afirmó Henrietta Fore, Directora Ejecutiva de UNICEF.

Si los problemas de salud fueran la única amenaza de los niños, ya sería ganancia, pero hay otros peligros que se han exacerbado. Debido al deterioro de la situación laboral de muchas familias, hay niños que han tenido que conseguir un trabajo. Este escenario es propicio para que sean explotados o sufran diferentes abusos. La OIT señaló el presente año que la pandemia podría orillar a 300 mil niños a entrar al sector laboral. Como ocurre con la salud, se corre el riesgo de que haya un retroceso de décadas de logros en cuanto al trabajo infantil. Sobre este tema, la UNICEF comenta algo importantísimo: “Cuando imaginamos el mundo después de la COVID, debemos asegurarnos de que los niños y sus familias disponen de las herramientas necesarias para afrontar tormentas similares en el futuro. Una educación de calidad, servicios de protección social y mejores oportunidades económicas pueden cambiar las cosas”.

Es decir, no sólo se trata de enfrentar la pandemia actual y sus secuelas, sino que hay que prepararse para las pandemias del futuro. Nuevas crisis que, como ya han advertido los científicos, definitivamente ocurrirán. Semejante previsión no debería ser ignorada, sino que debería alertarnos para lidiar, incluso, con otros males. El abuso sexual, por ejemplo, también ha tenido la oportunidad de aumentar contra los niños.

Con la crisis económica por la pandemia, aumentó el trabajo infantil. Foto: Archivo Siglo Nuevo/ Andrés Gallegos Frayre

Sobre este respecto, desde antes de la pandemia, el escenario ya era pésimo para nuestro país. De entre las naciones de la OCDE, México ya se encontraba en el primer lugar en abuso sexual infantil. Registraba 5.4 millones de casos al año. Debido a las trabas que ha impuesto el coronavirus, no existen todavía datos claros sobre cuánto han incrementado los delitos sexuales infantiles. Sin embargo, hay asociaciones que han hecho estimaciones que arrojan algo de luz. La Organización Aldeas Infantiles SOS México señala: “La situación se agudiza y se ha agudizado a partir del confinamiento preventivo durante la pandemia. Desde marzo y hasta noviembre de 2020 se han registrado más de 115 mil llamadas de emergencia de incidentes contra mujeres, niñas, niños, como abuso sexual, acoso sexual, violación, violencia de pareja o abuso sexual y violencia familiar”.

Si bien no es ningún consuelo, hay que mencionar que en otros países, incluso entre los más avanzados, ha subido la violencia sexual contra menores. Como muestra tenemos lo siguiente: la directora de Europol, Catherine de Bolle, informa que los abusos sexuales y la distribución de pornografía infantil han alcanzado cifras preocupantes en algunos países europeos. Señala que esto se debe, en buena medida, al incremento de la actividad de los victimarios y de las víctimas en Internet. Ahora los dos tipos de personas cuentan con más posibilidades de interactuar entre ellos.

La violencia en otras modalidades contra los infantes también ha gozado de un lamentable auge. En este sentido, la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM), dio a conocer que en 2020 se registraron casi siete millones de llamadas de emergencia por aumento de la violencia familiar a consecuencia de la nueva normalidad impuesta por el coronavirus.

El panorama también es preocupante en otras partes del mundo. La UNICEF indica que en 104 países las líneas de emergencia y los programas para atender situaciones de violencia se han visto mermados. Se estima que mil 800 millones de niños están desprotegidos actualmente, y no tienen una instancia a la cual recurrir en caso de ser violentados. Por otro lado, los servicios sociales se alteraron, sobre todo, en el sureste asiático, Europa del este y Asia central.

La agudización de la violencia contra los menores está impulsada por diversos factores. Uno a destacar es que muchos de los niños afectados son agredidos por personas cercanas, o que conocen, con las que ahora deben pasar más tiempo. La intención no es abrumar al lector, sino más bien alertar y concientizar al respecto.

EL VIAJE DE LA VIDA

Es imposible no tratar de indagar sobre cuál será el impacto de la pandemia y el aislamiento en los niños, cómo les afectará en futuro. Es demasiado temprano para que se nos proporcionen datos fiables acerca de esto. Sin embargo, los expertos pueden facilitar algunas consideraciones valiosas. El artículo del New York Times, Una infancia sin otros niños: una generación criada en cuarentena, registra varios señalamientos de especialistas. John Hagen, profesor emérito de psicología de la Universidad de Míchigan, afirma que en cuanto a los niños pequeños, la situación no es tan preocupante si hablamos de una crisis que dure meses y no años.

Foto: Behance/Javier Perez

Los niños, asegura, no tienen ahora contacto con otros sujetos de su edad, pero cuando se es pequeño, lo que más importa es la interacción con los padres. Ello resulta crucial para el desarrollo del cerebro y los primeros acercamientos al entorno. Sin embargo, también hay que señalar que la diversidad en la socialización es importante. No se aprende todo de interactuar sólo con los padres. Por ello, si la pandemia se prolongara y las opciones siguieran siendo reducidas, habría una afectación mayor. Pero aquí hay otros factores en juego. Por ejemplo, no en todas las casas vive solamente un hijo con sus padres. Puede haber hermanos, primos, abuelos, tíos, etcétera. La tecnología, también, ha permitido que nos mantengamos en contacto con personas a la distancia, pero el impacto de ésta en los menores y su capacidad de socializar es un tema de estudio que todavía está en pañales.

Vale la pena recordar que la humanidad ha pasado por toda clase de desastres de los cuales ha salido airosa. Y los niños, en particular, han mostrado ser más resilientes de lo que uno creería. Así lo expone el artículo Lecciones del coronavirus: somos más resilienetes de lo que creíamos publicado en Psychology Today. El concepto de resiliencia que maneja el texto es el siguiente: “Es el proceso o la capacidad de adaptación ante un reto o circunstancias amenazantes”. Ahora bien, un estudio de la Universidad de Stanford encontró que la resiliencia es una característica por default en los humanos. Al principio, ante la adversidad, somos invadidos por la ansiedad. Sin embargo, aunque no lo parezca, de inmediato comenzamos a adaptarnos.

Ahora bien, deben tomarse en cuenta ciertas cosas. Por ejemplo: la resiliencia es dinámica. Es decir, no se desarrolla a través de una ruta directa. Más bien tiene sus altas y bajas. Parece algo obvio, pero estos cambios sirven para calibrar nuestra adaptabilidad. Otra cosa a tomarse en cuenta es que la resiliencia se desarrolla mejor gracias a los lazos con otras personas. En el caso de los niños es importante que se cuente con una figura adulta sólida para que sirva como apoyo y guía.

Los niños, pues, son más resistentes de lo esperado. Necesitan, claro, atención y cuidado, pero el aplomo es parte de su naturaleza. Esto les permitirá seguir con sus vidas, confinados o no. Recordemos lo que dijo el escritor Claudio Magris: “La vida es un viaje. Antes de viajar a otros países cercanos y lejanos, antes de viajar en el espacio, se viaja a través de nuestra vida”.

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