Por sus pies los conoceréis
Opinión

Por sus pies los conoceréis

Miscelánea

Me parecen tus pies, cuando diviso

que la falda traspasan y bordean,

dos niños que traviesos juguetean

en el mismo dintel del Paraíso.

Avelardo López de Ayala

Es tu pie chiquitito… canturreaba mamá cuando por las mañanas me ataba las botitas. Seguramente deseaba para mí, unos pies pequeños y bien formados como exigen los ancestrales cánones de belleza. Es tan vieja como triste la obsesión de torturar los pies femeninos. En la antigua China, desde muy pequeña edad vendaban los pies a las niñas para que estas no sólo los tuvieran más pequeños, sino que también mediante un proceso dolorosísimo que tenía por objeto la seducción, adquiriesen lo que llamaban “pie de loto” y que consistía en una horrorosa deformación.

Para los chinos de aquella época, un pie femenino perfecto debía medir 9 centímetros de largo o menos, o sea que las patonas eran incasables. Imagino que mamá leyó algo de eso y le sirvió de inspiración. No me vendó los pies pero me obligó a calzar botitas (así decía) hasta la adolescencia en que me rebelé; aunque mis botitas nada tenían que ver con las bototas de minero que usan ahora las jóvenes y no tan jóvenes, porque está de moda lo feo, y porque reveldonas y feministas, quieren marcar la diferencia entre ellas y las mujeres Barbies que viven sometidas a los altísimos tacones como por ejemplo Melania Trump, quien en su momento fue muy criticada porque hasta para visitar a los damnificados del devastador huracán Harvey (Texas, agosto 2017) antes que prescindir de sus tacones, prefirió sumergir en lodazales los carísimos estiletes Louboutin que calzaba.

Tampoco doña Letizia Reina de España se baja de sus tacones, aunque su caso es más comprensible ya que ella es pequeña y su esposo el Rey Juan Carlos, mide casi dos metros. Imagino la tortura de esos pobres pies cuando han de mantenerse firmes varias horas en las ceremonias oficiales. Casi puedo sentir la tiranía que padecen los pies de las modelos cuando a grandes y precisos trancos atraviesan las pasarelas calzando zapatos que a simple vista lastiman. Pienso en las generaciones de mujeres que todavía son obligadas a usar zapatos de tacón para mantener la buena imagen de la empresa.

Mi Querubín podía arrojar a la basura unos zapatos recién comprados si le causaban la menor molestia. “Es más barato cambiar de zapatos que cambiar de pies”; argumentaba. Nadie me quita de la cabeza que la comodidad con que caminan los hombres por la vida, contra la impedimenta de los torturadores tacones femeninos, tuvo mucho que ver en el hecho de que ellos se hicieran de la ventaja social, económica, y política que durante siglos han explotado; haciendo recaer todos los derechos de su lado y todos los deberes del nuestro.

La historia del caminar por la vida esta escrita en nuestros pies: finos, cuidados, algunos pueden ser muy eróticos. Mirar los pies desnudos de una persona es penetrar un poco en su intimidad y hasta deducir su historia laboral. Los pies que han sido torturados en trabajos rudos, son tristes, callosos, tienen juanetes, dedos torcidos y uñas moradas. Nunca he visto los pies de un notario pero los imagino descoloridos y suaves como nalga de princesa. Menos mal que ante la socialización del calzado deportivo que generalizamos con el nombre de tenis, y que asegura un caminar feliz; paso a pasito las mujeres empezamos a recuperar algunos derechos.

Sean como sean los pies y lo que cada uno decida calzar, al final está la felicidad de llegar a casa y aventar los zapatos. Ahora que para mí, la felicidad absoluta consiste en retozar descalza y mucho mejor si es en la arena de una playa. A pesar de que el calzado es parte inherente a nuestra civilización, no se puede negar que algo en la vida se pierde cuando cada día es más difícil poner los pies en la tierra.

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