Se casaron y no fueron felices
Opinión

Se casaron y no fueron felices

Miscelánea


El amor nunca tiene razones. Y la falta de amor tampoco.
- Eugene O´Neill



Sólo con objeto de quitarle lo empalagoso al mes del amor, vayan para ustedes estos acercamientos a la segunda parte del cuento de hadas, esa que nunca cuentan los cuentos. La vida que se atora después de esas fastuosas bodas en las que el protagonista siempre es un príncipe azul. Déjenme que les cuente lo que ocurrió con el romance más glamoroso que registra el siglo XX.
El rey Eduardo VIII abdicó al trono de Inglaterra por el modesto amor de una mujer plebeya, americana y con dos divorcios a cuestas (algo así como una concentración de veneno para la puritana Casa Real) “Deben creerme cuando les digo que se me ha hecho imposible portar el pesado fardo de responsabilidades y asumir mis deberes de rey sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo", dijo el Rey y simplemente se fue. Al menos así fue como se presentó el hecho a la opinión pública, un delicioso bocadillo para las revistas del corazón que convirtieron la oscura historia en un cuento de hadas.
Frívolos, elegantes y derrochadores, la pareja se instaló en París donde, unidos hasta la muerte de Eduardo, vivieron una trágica decadencia de exilio y deterioro, de mutuos reproches y enfrentando el vacío y el rechazo de la “buena” sociedad a la que tanto aspiraba pertenecer la pobrecilla Wallis a quien se le atribuye aquello de que: “una mujer nunca es demasiado delgada ni demasiado rica”. Oscura historia dije, porque hoy se sabe que unidos ya como pareja y abiertamente pronazis, pasaron secretos de Estado a los alemanes; no es difícil que la renuncia a la corona no haya sido por tanto amor sino impuesta por su traición a Inglaterra.
Otro romance magníficamente edulcorado fue el de Elisabeth de Austria (la famosa Sissi) y su enamorado emperador Francisco José. Aristócratas y arzobispos marcharon a caballo envueltos en sedas color púrpura y con el pecho cubierto de joyas deslumbrantes. Pieles de leopardo, sombreros rematados con cuernos de búfalo y esmeraldas del tamaño de huevos de paloma engalanaron a los asistentes a la deslumbrante ceremonia, todo fulgor y pompa, como corresponde a una boda regia. Lo que no cuenta la historia es que Sissi, de dieciséis años, se pasó toda la ceremonia de los esponsales llorando a lágrima viva. Además, nadie le dijo a la pobre que su suegra (la poderosísima Sofia de Baviera) era una auténtica gorgona que mangoneaba sobre su hijo y sobre todo, desde la vida de la pareja hasta la de sus niños. Sus relaciones íntimas debieron terminar bastante pronto dado que Sissi, anoréxica como era, nunca fue una mujer muy sexualizada, esto se deduce de que la misma Sissi se hizo pasar por amiga de la amante de su esposo con objeto de que el emperador pudiera verla sin que resultara escandaloso. Incapacitada para imponerse y embriagada de autoconmiseración, Sissi se dedicó a vivir únicamente para sí misma. Se negaba a cumplir ningún compromiso oficial, galopaba todo el día, se mataba de hambre y jamás hizo nada ni mostró ningún interés por su pueblo. Errante, fugitiva (“tu solitario maridito”, firmaba el Emperador las cartas a su esposa) y extravagante, encontró la muerte de manera absurda cuando un tipo medio chiflado la apuñaló en un muelle cuando ésta se dirigía a abordar el vapor que unía a Ginebra con Montreaux, donde Sissi veraneaba.
Y seguimos con los cuentos de hadas. La Boda del Siglo XX fue la de Diana de Gales con su príncipe azul. A ella sí que la vimos, la vieron desde todos los rincones del mundo: ingenua, simplona, vestida como un enorme pastel cubierto de merengue, romántica y tontina. Diana comenzó a llorar desde antes de la boda cuando descubrió que su príncipe sostenía tórrido romance con una antigua amante. Imagino que en su obsesiva necesidad de amor, pero también con espíritu vengativo, se embarcó en aventuras amorosas que sólo aumentaron su frustración y al final le provocaron la muerte que todos conocemos. Así de miserable y triste suele ser la segunda parte de las historias de príncipes azules.


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