El desafío de la COVID persistente
Salud

El desafío de la COVID persistente

Lidiar con síntomas prolongados

Ilustración de portada: Behance / Jessie Young

La cuestión es sencilla de enunciar: aunque el virus ya no esté presente en sus cuerpos, muchos pacientes de la COVID-19 aún deben librar, durante meses, tal vez años, una batalla contra molestias y secuelas.

Está demostrado que la mayoría de las personas infectadas recuperan la salud. Sin embargo, algunos individuos siguen con síntomas hasta un semestre después de que dieron positivo a la prueba, especialmente cuando han padecido la versión aguda de la enfermedad; sin embargo, haber mostrado signos leves del mal no exime de sufrir la llamada COVID prolongada.

Las víctimas del coronavirus extendido se ubican en todos los rangos de edad. Niños, jóvenes y adultos sin condiciones médicas crónicas subyacentes lo padecen. De momento, se maneja que aparece en cerca del 10 por ciento de los contagiados.

Poco se sabe sobre la evolución clínica del mal más allá de las semanas posteriores a la infección, lo que implica que no se ha definido el mejor modo de atenuar sus consecuencias.

Se trata de un asunto que exige atención toda vez que las secuelas dolorosas y debilitantes representan, para los aquejados, escollos que les impiden retomar sus vidas con el bienestar deseado y, para el sistema sanitario, una carga fuera de programa que dificulta la misión de brindar asistencia a quien la necesita.

Es posible que muchos motivos de queja a largo plazo no sean consecuencias del virus. Sí está claro, en cambio, su impacto duradero y debilitante en las vidas de los afectados.

Hoy día, abundan sobrevivientes de coronavirus cuya salud física y mental deja mucho que desear. Sobre ellos se cierne el fantasma de una posible discapacidad que podría, por ejemplo, impedirles conservar sus empleos.

ORIGEN

Un estudio realizado en la cuna de la pandemia, Wuhan, China, descubrió que más de tres cuartas partes de unos 1 mil 700 individuos hospitalizados exhibieron algún síntoma vinculado con el coronavirus seis meses después del contagio.

En la segunda mitad del 2020, la Organización Mundial de la Salud comenzó a llamar la atención sobre el hecho de que cada vez más personas que no habían sido ingresadas a cama de hospital buscaban atención médica para contrarrestar algún malestar surgido meses después de haber dado positivo a la prueba.

Se estima que el 10 por ciento de los contagiados arrastra síntomas incluso meses después de haber dado positivos por COVID. Foto: Behance / John Gomes

Ya este año, en enero, la OMS emitió recomendaciones cuyo público objetivo eran los pacientes del mal prolongado. Una era que los enfermos enviados a casa se realizaran mediciones de oxígeno en la sangre con frecuencia. Además, la organización destacó la importancia de que las personas dadas de alta tuvieran fácil acceso a cuidados sanitarios con el fin de paliar los síntomas persistentes.

En febrero, el Instituto Nacional de Salud y Cuidados de Excelencia del Reino Unido y el Colegio Real de Médicos Generales (RCPG por sus siglas en inglés) elaboraron la primera guía médica para el manejo de pacientes con COVID-19 prolongada.

El contenido de este documento, predicen en las instituciones que lo redactaron, seguramente será modificado conforme surjan nuevas evidencias sobre el mejor modo de lidiar con las secuelas duraderas: las atenciones específicas y los ejercicios de rehabilitación que permitan al sobreviviente de COVID recuperar una calidad de vida adecuada.

SÍNTOMAS

La sintomatología persistente incluye fatiga crónica, dificultad para respirar, tos, congestión, dolor de pecho o de articulaciones. A veces se manifiesta como náuseas o diarrea, dolores de cabeza o musculares, palpitaciones rápidas o muy fuertes.

El coronavirus de largo aliento afecta algo más que el físico; a través de la llamada niebla mental de la COVID provoca dificultad para pensar, recordar o concentrarse, incluso adquiere la forma de la depresión.

También existen complicaciones de gravedad. Casos de afectación cardiovascular, con inflamación del músculo cardíaco; dificultad respiratoria, traducida como anomalía en la función pulmonar; problemas renales, como una lesión renal aguda; trastorno neurológico, con alteración de los sentidos del gusto y el olfato, o insomnio. Por fortuna, estos extremos de cuidado son poco frecuentes.

Los factores que llegan a combinarse con las molestias extendidas para empeorar la condición de una persona son: padecer obesidad y/o presión arterial alta, así como sufrir algún trastorno de la salud mental.

¿Qué implican los efectos duraderos del virus? No hay respuesta para ello, no todavía.

ANTECEDENTE

El coronavirus que apareció en 2003 dejó un precedente sobre efectos a largo plazo del síndrome respiratorio agudo grave (SARS).

La mayor parte de los casos de COVID persistente derivan de pacientes que tuvieron síntomas severos. Foto: Freepik

Al estudiar durante años a sobrevivientes de SARS se observó que había deterioro significativo tanto en su capacidad para hacer ejercicio como en su estado de salud luego de 24 meses.

Cuatro de cada diez infectados que se recuperaron presentaron síntomas de fatiga crónica de tres a cinco años después de haberse contagiado.

La Organización Mundial de la Salud tiene claro que el virus causa perjuicios de consideración meses y hasta años después de la infección.

Hablamos de escenarios como: poner en predicamentos al corazón a través de daño al músculo cardíaco o insuficiencia cardíaca; causar deterioro del tejido pulmonar; afectar el cerebro y el sistema nervioso, a ese respecto la pérdida del olfato habla de forma contundente, pero no es la única consecuencia; facilitar la irrupción de una embolia pulmonar, un ataque cardíaco o un derrame cerebral.

CERTEZAS

Comprender la COVID persistente tomará tiempo, se requiere mucha investigación orientada a responder cuestiones esenciales.

¿Por qué no desaparecen o bien por qué vuelven a aparecer síntomas? ¿Cuál es la evolución clínica de este mal? ¿Qué tan alta, o baja, es la probabilidad de una recuperación completa?

A esas cuestiones deben agregarse las dudas existentes sobre la inmunidad al coronavirus.

Se sabe que la mayoría de los infectados desarrolla una respuesta inmunitaria en las primeras semanas, pero se ignora qué tan fuerte o duradera es la protección, sobre todo pensando en un potencial recontagio.

Los conocimientos sobre la enfermedad están en constante actualización, es decir, se desconocen sus alcances.

De momento, el criterio médico maneja que los afectados por el coronavirus extendido, aunque muestren síntomas, no contagian a otras personas.

También se mantiene vigente la mejor forma de enfrentar esa consecuencia tan inesperada como persistente: la prevención, es decir, no contagiarse.

Usar la mascarilla, lavarse las manos con agua y jabón, aplicarse el gel antibacterial, guardar la sana distancia, evitar sitios concurridos, las mismas palabras del último año y fracción salvan de tomar la ruta de la COVID-19 y su prolongación.

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