Soltar el control
Nuestro mundo

Soltar el control

Nuestro Mundo

Tres principios del Tao son en este momento luz en mi vida, más cuando percibes que la existencia es un suspiro, ¡qué ganas de haberlo entendido antes! Sin embargo, para todo hay un tiempo, para nacer, para amar, para morir, y ese tiempo es perfecto.

Suelo tener necesidad de leer cuando se manifiesta mi incapacidad para entender algo, aunque eso no es garantía de nada, porque leo y no comprendo. A veces porque no me da la inteligencia, pero las más porque no quiero entender, luego con ello, aclaro el tema de los bloqueos, las justificaciones y las explicaciones.

El Tao es el camino para muchos orientales, para nosotros como pueblo conquistado por los españoles, el camino, la verdad y la vida es Jesús, y nuestros principios religiosos emanados del catolicismo; sin embargo, sin ganas de hacer mescolanzas, hay atajos para llegar a donde mismo. El orden innombrable está dado por el cambio constante de las diferentes formas de existencia en el Universo. Aceptar que todo tiene un opuesto es sólo cuestión de observar a la naturaleza misma, hay frío y calor, hay selva y desierto, hay vida y muerte, hay llanto y risa, hay esperanza y desilusión, así vamos en la existencia tratando de equilibrar esos contrastes que no terminamos de aceptar porque en el estado de plenitud idealizado solo tiene cabida lo que calificamos como positivo, pero es precisamente lo que atormenta, sabemos en el fondo el otro lado de la vida siempre se manifestará y luchamos porque no sea así.

El desapego, que no la pobreza, es el ejercicio que desarrolla el musculo de la libertad, cuando somos capaces de entender que lo que llamamos “mío” es una ilusión de la mente porque nada nos pertenece o, mejor dicho, lo que consideramos pertenencia es eventual, ocurre la explosión liberadora de toda esa energía guardada para controlar. “Mi casa” puede serlo mientras pague la hipoteca, la renta o la habite y es solo un momento. “Mis hijos” lo son hasta que deciden cortar el lazo para tejer otro. “Mi trabajo” es en tanto dura mi contrato o me dan las gracias por la labor realizada y me sustituyen. Todo lo que es “mío” lo es hasta que un día deja de serlo, y cuando morimos si pudiéramos despertar del sueño eterno veríamos como todo se hace polvo, como todo se diluye. Las joyas que guardamos por tanto tiempo sin usarlas las heredamos y para quien las recibe el aprecio es cuantitativo, la silla Luis XV que estuvo en la familia por cuatro generaciones es un mueble viejo del que hay que deshacerse. Las cosas también entran a la esfera de lo impermanente.

El apego es el control el que nos esclaviza y vamos de aquí para allá haciendo cuentas como el hombre de negocios de El Principito, el que contaba estrellas y por contarlas creía que las poseía, aunque no sabía para que, tal vez solo para validar su propia imagen. Así a las preguntas del pequeño principito, sus respuestas concluían diciendo que él era un hombre serio. Apego a nada y a todo, control de nada y de todo.

Tengo la impresión, por lo menos, desde mi experiencia de vida, que el control nos da la sensación de dominio. Nuestros pequeños reinos están revestidos de una capa de oropel que se cae con facilidad: el ser humano realizado cuasi perfecto, la pareja eternamente enamorada, la familia ejemplar y feliz, los negocios inmaculados, la conducta intachable desde todas las esferas. No digo que no haya ejemplos tan deseables como los descritos, lo que digo es que en ocasiones también hay necesidad de sostener esas imágenes a costa de lo que sea.

Los tres principios del Tao que pretendo recordar día a día son: causa y efecto, la no acción y la unidad unitaria del Tao. Mis acciones tendrán consecuencias y los efectos trascenderán a mi persona tanto si son positivos como si son negativos. Prefiero guardar silencio cuando no se que decir y hacer. Me entiendo como parte de un todo que incluye a cada uno de los seres que existen en el Universo

Lo que lees ahora, es la reflexión derivada de un mensaje de WhatsApp, ignoro quien lo escribió, pero donde quiera que esté le agradezco de corazón, ese mensaje se titula “Y tuve que aceptar”, me cimbró porque puede ver con claridad que el desapego es aceptación, que soltar el control es amar la vida como es y que el suspiro dura más que la existencia.

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