Morir en soledad
Reportaje

Morir en soledad

Dosis letal de abandono

Ilustración de portada: José Díaz y Alejandra Morales

Una generación de japoneses se enfrenta a un problema que parece no tener precedentes: la muerte en soledad. Defunciones que ocurren sin que los vecinos u otras personas se percaten hasta tiempo después. En Nueva York, la historia se repite. Una vecina se alarmó por el olor fétido del apartamento donde una persona vivía sola. Había sido abandonado hasta el momento de su fallecimiento sin que alguien se diera cuenta del suceso durante por lo menos cinco días.

Un 10 por ciento de los casos que llegan a la morgue de Queens en esa ciudad, no son identificados con rapidez, puesto que no se encuentran personas que los reconozcan. En esos casos el proceso se complica y alarga, implicando más trabajo para los encargados.

Algunos, resultado de un prolongado y absoluto abandono, dejan propiedades sin un futuro dueño. No hay despedida. Como si no dejaran huella, nadie llora por ellos ni vela sus cuerpos; se convierten en una cifra, en uno de los tantos resultados de un mundo indiferente.

AISLAMIENTO SOCIAL

El desorden en la casa de la señora R puede verse desde la entrada. Su cochera, sólo delimitada por una reja baja, blanca y oxidada, exhibe un piso lleno de suciedad de sus cinco perros, que corren, juegan entre ellos y ladran sin parar ante la llegada de cualquier persona.

Las visitas en esa casa no son algo constante; pero cuando hay alguien esperando a la puerta, la señora saca una tina con agua que tira al suelo en un gesto agresivo para apartar las heces de las suelas de sus invitados inesperados.

Dentro, más suciedad de los perros que entran con completa libertad a cualquier espacio. Las manchas se agolpan una sobre otra y se suman a la suciedad de tres gatos. El olor es intenso, y los aparatos electrodomésticos, algunos posiblemente inutilizables, llenan el espacio. Los refrigeradores están también sucios y llenos de comida descompuesta.

Este caso, que posiblemente sea el de una persona que acumula compulsivamente, es también el de alguien que seguramente ha perdido la motivación de cuidar de sí mismo y de su propio espacio. Para una persona que sufre una soledad intensa, este tipo de condición pasará inadvertida a los demás y será complicado que obtenga ayuda.

Para definir de manera clara, las muertes solitarias son aquellos casos en los que las personas mueren sin compañía en sus hogares, sin acudir a hospitales y sin que su defunción sea descubierta durante un tiempo.

Sin embargo, en el caso de Japón, país donde se ha analizado el problema de manera extensiva, estos casos se han presentado incluso con personas que vivían con su familia y que fallecieron sin que su círculo social se haya dado cuenta de la muerte durante horas o días, según el artículo Muerte solitaria en las vidas separadas bajo el mismo techo (2014) del periódico Sankei Shimbun.

Muchas veces es difícil encontrar alguien que reclame los cuerpos de los fallecidos en soledad. Foto: thenewslens.com

En estos casos, la falta de comunicación entre familiares juega un papel fundamental y pone sobre la mesa la variante de la soledad emocional, aquella que se percibe aún estando rodeados de gente.

Los factores de riesgo identificados en las estadísticas de muerte solitaria mediante la medicina forense (2005), de la Clínica de Inspección Metropolitana de Tokio, son el aislamiento, la falta de comunicación con los vecinos y la edad avanzada.

Además de lo anterior, la baja actividad física, las enfermedades no transmisibles, la enfermedad psiquiátrica, la baja comunicación con los vecinos, el bajo nivel económico y la falta de presencia de familiares fueron enumerados como factores de riesgo de muerte solitaria.

Cabe señalar que también existe una incidencia mayor en hombres que en mujeres. De hecho, en una comunidad tan aparentemente diferente a la japonesa como es la de Valencia, España, se ha encontrado que un 23 por ciento de las personas de más de 64 años de edad, viven solas, de las cuales la mayoría corresponde a hombres sin discapacidades físicas. Lo anterior según la Revista española de salud pública (2021).

Antes de la crisis sanitaria por COVID-19, la soledad era ya una condición inseparable de la vida de cualquier persona. De hecho, un tema espiritual y motivacional recurrente es el de lidiar con la soledad y buscar el lado productivo de la misma. Pero cuando se sobrepasa toda posibilidad, cuando se han roto todos los lazos y el contacto humano es poco menos que posible, aparecen grandes dificultades.

Como ser social, el humano busca una relación con los demás y la pertenencia a un grupo. Llamarse a uno mismo un lector, un seguidor de algún tipo de música o de cualquier actividad, o identificarse con un tipo de ideología política, implica no solamente que se nos distinga por ello, sino que pertenecemos a un grupo.

Parte de la identidad y la autopercepción dependen de la manera en que el individuo se relaciona con otros. No significa que una persona únicamente se pueda definir a partir de otros, pero ¿qué clase de idea de sí mismo puede tener alguien que ha perdido todo vínculo con los demás?

UN MUNDO EN CRISIS

Diez tramos de autopista elevada cayeron, vías férreas quedaron inutilizadas, y edificios fueron arrancados de sus cimientos. El 17 de enero de 1995 a las 5:47 a. m., hora local, la ciudad de Kobe en Japón, fue sacudida sin previo aviso durante tan sólo 20 segundos. El terremoto alcanzó una magnitud de 6,9 en la escala de magnitud de momento, con un daño mayor al ocurrido en Los Ángeles en 1994.

Las situaciones de crisis inesperadas y generalizadas, como lo es un desastre natural o la pandemia, hacen aparecer riesgos que ya se tenían anteriormente y que no se habían atendido; los maximizan y los dejan al descubierto.

Imagen tras el terremoto del 17 de enero de 1995 en Kobe, Japón. Foto: picshag.com

En el Análisis de la muerte solitaria (2017) de la Revista de Medicina prehospitalaria y de desastres, publicada por la Universidad de Cambridge, se apuntó al factor de riesgo que supone la soledad. Durante el gran terremoto de Hanshin-Awaji, el abandono y la inatención hacia las personas se vio reflejado como una de las problemáticas importantes en el perfil de las víctimas.

Haciendo uso de los obituarios de un periódico local, se analizó la edad, sexo, situación familiar, situación de vida, laboral y de salud para identificar la soledad de los afectados. 94 de ellos se trataron de muertes solitarias, 72 hombres y 22 mujeres. Las edades rondaban entre los 60 y los 50 años, y en 40 casos la persona estuvo el último año viviendo en un refugio.

Uno de los datos más impactantes es que, casi en su totalidad, los casos eran de personas que estaban viviendo solas; 93 de los 94 casos analizados. 80 de ellos sufrían problemas de salud y 90 estaban en situación de desempleo.

¿Qué es realmente lo que une a estas personas? Eran socialmente vulnerables y reunían una serie de problemas que los mantenían en esta situación, pero no hay una explicación satisfactoria sobre por qué no fue posible hacer frente a esas dificultades. Es decir, queda todavía la cuestión: ¿por qué fueron abandonados por las demás personas y por los organismos que tendrían que intervenir en este respecto?

La investigación Muertes solitarias en la metrópoli de Tokio y estatus de fuerza laboral (2020), de la Journal of Nippon Medical School, tendió una línea entre la utilidad laboral que tienen las personas solitarias y el contexto puntual de la gran urbe. En el estudio se analizaron los datos de 3 mil 972 muertes solitarias, entre ellas 2 mil 785 hombres y mil 187 mujeres, descubriendo que la tasa de desempleo en estos casos era de un 79.3 por ciento en hombres y de un 89.5 por ciento en mujeres.

El problema suele ser minimizado. En Encarando el riesgo de la muerte solitaria (2010) publicado en la Gentrocy Journal, se señaló que la falta de comunicación con los vecinos o con los servicios sociales y médicos, no suele ser vista como un indicativo de problemas de salud mental, sino que se considera poco más que auto-negligencia. Si la persona decide no tener cuidados hacia sí misma, la idea que los demás suelen tener es de no intervenir en algo que, en el fondo, no les corresponde.

El utilitarismo se define como un concepto, acuñado por el economista británico John Stuart Mill, que señala al ser humano como un actor que se rige por el principio de la mayor felicidad y con miras a causar el mayor beneficio posible en la mayor cantidad de individuos de su entorno.

Técnicamente, las personas aisladas están imposibilitadas para ejercer un papel social de interacción, y la naturaleza misma del trastorno que sufren hace ver el problema como invisible. El capacitismo es una forma de discriminación centrada en las capacidades de las personas; arraigado en la cultura, es la base de la cual surge la creencia de que una vida más plena es una mayormente productiva. Una dinámica a la que escapan las personas aisladas y por la que, en cierta medida, son olvidadas.

Foto: Behance / Angelica Ko

Estos ideales son seguidos en las sociedades actuales y su lado más oscuro puede mostrarse cuando los individuos, por una u otra razón, no generan este bienestar buscado. Aquellos que se ven aquejados por situaciones desfavorables de salud física o mental, y que no interactúan tanto como es lo esperado. Es decir, se alejan de esta normalidad en la que no son útiles en este sentido, y dejan de interesar a la sociedad.

LA SALUD MENTAL EN JUEGO

Definida como el sentimiento de estar excluido, la soledad se trata de una experiencia universal, inherente a la necesidad de pertenecer a algo fuera de uno mismo: un objetivo en común, por ejemplo.

Según la psiquiatra Paula Karnick, la soledad es un problema que ha sido ignorado por considerarse de poca seriedad. Sin embargo puede haber de raíz otros problemas psicológicos que la acompañan, como la inestabilidad emocional, las adicciones o la depresión; todos factores que hacen más problemática a la soledad.

Esta puede ser una condición difícil de admitir o vergonzosa, porque finalmente habla de las capacidad de relacionarse con la que se nace. Establecer vínculos es tan importante para el ser humano, que muchos de los aspectos que enriquecen su vida tienen que ver con establecer objetivos en común con alguien más.

Si se trata del trabajo, aparece la necesidad de mantener una buena relación con los compañeros. Las amistades numerosas pueden ser signo de que la persona es confiable y agradable, y de que es exitosa en el aspecto de las relaciones interpersonales. Lo anterior, junto con el éxito amoroso o el mantener una pareja estable, se convierten en el deseo e idealización de gran parte de la población.

La razón por la que está en tan alta estima la compañía se encuentra en múltiples factores. Algunos culturales y aprendidos a lo largo de la formación de todo individuo, se convierten en valores fundamentales para ser juzgados ante los ojos de los demás.

En el fondo existe una razón evolutiva. Es más probable que una persona sobreviva en su entorno si tiene ayuda y puede realizar trabajo en equipo; esta es la configuración con la que el ser humano ha sobrevivido, y por la que le son tan importantes las relaciones sociales. Por ello, estar aislado emocional o físicamente, trae, por su parte, una sensación de vacío, sinsentido y desprotección. La soledad, como el dolor, busca advertir de un peligro latente.

El impacto de estar solos durante mucho tiempo tiene impactos significativos, desde efectos físicos como el deterioro cardiovascular y del sistema inmunológico, hasta consecuencias en la cognición y la salud mental en general.

La soledad prolongada afecta las funciones cognitivas. Foto: Behance / Maggie Chiang

Contrario a la creencia de que las personas geniales y altamente creativas deben pasar gran parte de su vida aislados o sin tiempo para interactuar, se ha encontrado que la soledad altera bastante los procesos cognitivos, entre ellos la memoria, la concentración, la retención y el aprendizaje.

Incluso un factor tan sorpresivo como es el coeficiente intelectual, se ve alterado. En el estudio Apoyo social y envejecimiento exitoso (2007), publicado en el Journal of Individual Differences, se examinó la capacidad mental de 500 personas cuando tenían la edad de 11 años y se comparó con su evolución a la edad de 79 años.

Entre todas las variantes analizadas, el aumento de la soledad (por medio de factores como las redes sociales y de apoyo), se vio implicado directamente con la disminución de un 2 por ciento del coeficiente intelectual. Hay que tomar en cuenta que se trata de casos comunes de ancianos, y no de aquellos que se encuentran en un estado de soledad más marcado.

El deterioro del rendimiento cognitivo es sólo uno de los resultados de esta condición. De acuerdo con el artículo citado anteriormente, ascendiendo en peligrosidad, se encuentra el riesgo de demencia, Alzheimer y, si ya se presenta depresión, el aumento en sus síntomas.

Las expresiones más preocupantes de este fenómeno se encuentran en la relación de la soledad con los trastornos de personalidad y la psicosis, según el artículo Alienación percibida en individuos con esquizofrenia de tipo residual (1995) contenido de la revista Issues Ment Health Nurs.

El suicidio, la última y más grave consecuencia, está vinculado también a la soledad, de acuerdo con el artículo Reducir el suicidio: un imperativo nacional (2005) de la National Academy Press.

Japón nombró a principios del año 2021 a su primer Ministro de la Soledad. De nombre Tetsushi Sakamoto, es el encargado de prevenir el suicidio en el país, debido a que los casos aumentaron durante la pandemia, por primera vez en 11 años.

La muerte solitaria llama la atención por sus múltiples aristas y peligros. Se ha ganado el nombre japonés kodokushi, para quedar en un lugar distinguido dentro de las preocupaciones en torno a la salud a nivel mundial.

DETRÁS DEL SÍNDROME DE DIÓGENES

Es natural asociar la tristeza con la soledad. Cuando no encontramos compañía aparece esta emoción, y cuando la soledad se manifiesta de manera continua y cotidiana, puede aparecer un viejo mal: la depresión.

El aislamiento social está íntimamente relacionado con la depresión. Foto: Behance / Karolis Strautniekas2

Entre ambas, la relación es recíproca. En el estudio El aislamiento social percibido me entristece (2010) de la revista científica Psychology and aging, se descubrió que la soledad, si se presenta por más de un año, puede indicar el aumento de los síntomas de depresión.

La soledad aumenta dolencias como el estrés percibido ante situaciones difíciles, el miedo a la evaluación negativa de otras personas, y reacciones naturales como la ansiedad o la ira. Además, disminuye el optimismo y la autoestima.

La depresión se caracteriza, según el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5) por reunir cinco o más de los siguientes síntomas: estado de ánimo deprimido o desesperanzado, disminución importante del interés o el placer por todas o casi todas las actividades, pérdida importante de peso sin hacer dieta o aumento de peso, insomnio o hipersomnia, agitación o retraso psicomotor (del movimiento corporal), fatiga o pérdida de energía, sentimiento de inutilidad o culpabilidad excesiva, disminución de la capacidad para pensar o concentrarse. Todo lo anterior, presentándose la mayor parte del día y casi todos los días de la semana.

Lo interesante es que los síntomas mencionados, junto con la falta de motivación y de cuidado personal, están íntimamente relacionados con la soledad o con la soledad experimentada de manera extrema. Pero además, se suma a la ecuación un nuevo indicador: los casos de muerte solitaria que se han mencionado en medios masivos suelen estar relacionados con el Síndrome de Diógenes o de acumulación compulsiva.

Se trata de un trastorno del comportamiento caracterizado por la alteración de la conducta, que desemboca en autonegligencia. Presentado en adultos mayores, en promedio de 79 años de edad, se acompaña de la falta de higiene tanto personal como en su hogar, de un aislamiento social y de la acumulación de objetos o animales.

El nombre proviene del filósofo griego Diógenes, el cínico, que decidió alejarse de su sociedad. En un símil con la actitud de este sabio, las personas afectadas por el síndrome suelen negarse a recibir ayuda. La muerte solitaria está fuertemente relacionada con este trastorno.

Las relaciones sociales son una forma de medirnos a nosotros mismos que, sin duda, es básica para la autopercepción. Este espejo en el que nos vemos ayuda a acompañar nuestras actividades y a mantener una comunicación emocional que nos retroalimenta, algo esencial para la salud mental. La conexión social da cierto sentido a nuestra vida y se convierte en una base para la construcción del yo.

La importancia de las relaciones interpersonales es tal, que uno de los factores infaltables a investigar en las historias clínicas desde la psicología y la psiquiatría, son las redes de apoyo. Para que una persona pueda salir adelante ante cualquier trastorno o dificultad de esta naturaleza, es de suma importancia tomar en cuenta si tiene personas cercanas que lo apoyen activamente.

El síndrome de Diógenes se da en personas solitarias y con depresión severa. Foto: Pixabay / Geralt

UN PROBLEMA ESTRUCTURAL

El señor D, de alrededor de 70 años de edad, había acumulado una suma de objetos bastante importante durante su vida. Aunque su casa no mostraba un deterioro o suciedad importantes debido a que algunos amigos lo visitaban cada semana, la falta de atención al espacio hacía que se acumulara pelo de su perro. Este tipo de factores hacen que las personas con Síndrome de Diógenes, o cercanos a contraerlo, puedan correr riesgo de sufrir enfermedades respiratorias y alergias.

La familia del hombre apareció tras su muerte, únicamente para hacerse de los objetos que había acumulado, en una imagen poco agradable que deja ver las actitudes oportunistas a las que puede llegar toda persona.

Las sociedades actuales se caracterizan por un individualismo exacerbado. El sistema económico hace el ritmo de vida mucho más intenso y, conforme pasan los años, las dificultades económicas y sociales vuelven a las personas cada vez más vueltas hacia sí mismas. La enajenación y el egoísmo pueden ser males que actúan para desmejora del individuo actual, pero también le da forma a problemas como la soledad y la muerte solitaria.

Los avances tecnológicos son parte del paradigma actual, y la pandemia por COVID-19 acentuó su utilización cotidiana. La gran dificultad está en la exclusión de aquellos que no tienen acceso a estas tecnologías, pero también a la gran tendencia a alejarse del contacto físico.

Cada vez es más común elegir la comodidad que supone la utilización de la comunicación por Internet y el prescindir del encuentro frente a frente, lo que resalta los trastornos relacionados con la depresión y el aislamiento.

La búsqueda de compañía contiene problemáticas interesantes para el mundo actual. Suele ser malentendida y traer consigo problemas para la salud mental cuando se presenta de forma irreflexiva y sin el objetivo de construir vínculos de calidad. El verdadero propósito de quien busca compañía en estos casos, es alejarse de una sensación difícil de digerir, un vacío emocional o simple aburrimiento, y obtener a cambio un placer que aparezca rápidamente.

Japón es sólo un campo a donde se puede dirigir la mirada. Las condiciones que presenta hacen posible analizar un problema extrapolable a otros países. Se puede encontrar allí una situación preocupante y extrema, las consecuencias a las que se llegaría si no se atiende el problema de la muerte solitaria.

Ese país tiene se enfrenta a la responsabilidad de atender a una población de ancianos que crece de manera rápida y a una fuerza laboral en disminución. Ninguna otra nación enfrenta la magnitud de tal circunstancia de salud social y, por lo tanto, es posible que Japón tenga que responder a ella antes que el mundo occidental, que no se ve tan alejado de una realidad parecida.

Foto: Behance / Daria Bidzińska

La muerte solitaria es un fenómeno del mundo presente, un mundo indiferente e individualista. Es la conjunción de varias condiciones de nuestra actualidad. Pero también es signo del fracaso del estado de bienestar, en el que los gobiernos han sido sobrepasados o se ven poco interesados en suplir las necesidades básicas de su población. Es también síntoma del rezago de la salud mental, que es vista erróneamente como un objetivo poco esencial para la vida social.

Detrás de todo se asoma la última consecuencia de una descomposición del tejido social: la falta de interés y la dificultad de empatizar con quienes se han visto, por cualquier razón, excluidos de una comunidad. No hay tiempo o motivación suficientes para salir de la vida ajetreada de las grandes urbes y mirar hacia los problemas de otros; pero tampoco hay suficiente espacio para ello en una actualidad tan centrada en el placer, tan acostumbrada a evadir lo displacentero y obtener la siguiente satisfacción rápida.

Los síntomas se presentan en las personas solitarias y en aquellas que poco a poco se ven desplazadas de la dinámica y de la vida social, pero son síntomas de un problema estructural y multifactorial, lo que implica que están también en el entorno y en nosotros mismos.

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