Separados del mundo
Nuestro mundo

Separados del mundo

Nuestro Mundo

A trece meses de iniciada la pandemia, el término confinamiento se ha convertido en palabra de uso cotidiano. Nos sentimos, quizá más que nunca, alejados de los otros. Pero repasando mis notas de otras épocas he caído en la cuenta de que tal sensación de aislamiento muy humana, es, de alguna manera, su condición natural. “Nuestra cárcel es el mundo de la vista, dice Platón. Esa cárcel es, al mismo tiempo, el único puente entre nosotros y el mundo: los sentidos son los instrumentos que nos sirven para sostener una relación con lo que nos rodea. Nada externo llega a nosotros si no es a través de ellos. Pero la percepción no es una apropiación mecánica de lo que ocurre afuera, es una mezcla en la que participan estímulos del exterior, el pasado inmediato, la experiencia, los intereses e incluso los deseos. Simplificando, nuestra mente abstrae los estímulos de la realidad y los coloca dentro de nosotros como representaciones. Cada objeto se nos queda a manera de una fotografía que saldrá a relucir cuando la evoquemos dándole un nombre, y este proceso nos incluye a nosotros mismos: cada uno tiene una imagen de sí, pero esta imagen no corresponde completamente con la percepción que los demás tienen de él.

Engañado por sus sentidos, el niño cierra los ojos para esconderse, convencido de que mientras no los abra, nadie podrá verle. En una reacción parecida, muchos nos sorprendemos las primeras veces que escuchamos nuestra voz en una grabadora. Es cierto, se escucha diferente, pero así nos oyen los otros. Al hablar, cada quien recibe sus palabras a través de una caja de resonancia en la que no cabe nadie más: el propio cráneo. Algo similar ocurre con nuestra imagen: ubicados en nosotros, detrás de nuestros ojos, tenemos una perspectiva única del mundo. En Lo siniestro, Freud recuerda el efecto que nos produce la propia imagen cuando se nos presenta inesperadamente: Una vez estaba sentado, solo, en un compartimiento del coche dormitorio, cuando, al abrirse por una sacudida del tren la puerta del lavabo contiguo, vi entrar a un señor de cierta edad, envuelto en su bata y cubierto con su gorra de viaje. Supuse que se habría equivocado de puerta al abandonar el lavabo que daba a dos compartimientos, de modo que me levanté para informarlo de su error, pero me quedé atónito al reconocer que el invasor no era sino mi propia imagen reflejada en el espejo que llevaba la puerta de comunicación. Aún recuerdo que el personaje me había sido profundamente antipático.

Como Narciso cayendo al lago que le devuelve su imagen, vernos atrapados en un yo nos lanza al vértigo de sabernos separados del mundo: más allá del yo, está lo otro. Pero lo otro no se presenta como un orden sino como el caos, es decir como una lluvia de hechos sin causas ni consecuencias. Avasallado por estímulos que no siempre comprende, el hombre explica lo que le rodea con la existencia de los dioses, cuyo primer gran privilegio es ver sin ser vistos. (“¿Acaso el privilegio de Dios no consiste en conocer a todos los seres sin revelarse a sí mismo?pregunta Michael Tournier en Los Meteoros). Los dioses actúan casi siempre agazapados, a salvo de ser aprehendidos por los sentidos humanos, y su presencia se manifiesta en lo inmediato: la lluvia, el fuego, la muerte, la reproducción. Los dioses pueden ocultarse del hombre pero no ignorarlo: ya sea para recibir castigo o para verse beneficiado con sus favores, el hombre está siempre bajo la mirada de los dioses. Es perseguido por ellos. Y esa persecución determina todas sus acciones.

Como parte del mundo exterior, el hombre descubre a sus semejantes: pronto entiende que, al no poder entrar en la conciencia ajena, es el otro para los demás. El otro es semejante y distinto. Compartir sólo algunos rasgos nos permite distinguirnos, pero también incluirnos en una comunidad, formar un nosotros. La relación se resuelve en dos vertientes: o subordinamos todo a la propia voluntad o sacrificamos el yo en beneficio del nosotros. Existe un movimiento pendular entre tales posturas: en algunas circunstancias nos dedicamos estrictamente a nosotros mismos, en otras nos dedicamos a la comunidad, y entonces el nosotros se instala en nuestro centro del mundo. No obstante, por mucho que logremos integrarnos en un nosotros, el yo jamás desaparece: sentimientos y experiencias son intransferibles y quedan grabados en el yo como marcas distintivas.

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