Vicente Alfonso: interpretar las realidades
Entrevista

Vicente Alfonso: interpretar las realidades

Ilustración de portada: José Díaz

Todo sucede a la orilla de la carretera. En los bordes, el verde follaje se transforma en acentos grises construidos con concreto; se trata de Chilpancingo. Allí se vive la vida del sur, o por lo menos se intenta. Más allá de las delimitaciones del camino aguardan historias silenciadas, enmarañadas por el tiempo, algunas incluso heridas con fuego, cuyos huecos hacen difícil su reconstrucción.

A ese lugar llegó el escritor lagunero Vicente Alfonso en 2016. Su esposa, la también escritora Iliana Olmedo, había conseguido un empleo como profesora en la universidad local. Entonces salieron de Ciudad de México y tomaron la Carretera Federal 95D. Iban acompañados de algo de equipaje, libros y la inocencia marcada en el año de edad de su pequeña hija.

A través un enlace virtual, el escritor menciona que ignoraban la realidad del sitio, incluso pararon en un hotel barato del que tuvieron que irse después. Confiesa que, en sentido no turístico, una novela le sirvió de guía: Guerra en el paraíso (1995), del chihuahuense Carlos Montemayor, cuyo ejemplar presume tras la pantalla firmado con garabatos de su hija.

Pero describir Guerrero no es tarea sencilla para otro norteño que arribó a ese lugar por azares del destino. ¿Cómo adentrarse en caminos que conectan y a la vez aíslan? ¿Cuál fue la ruta que siguió Carlos Montemayor para escribir su novela? ¿Cómo ver el rostro ensangrentado de esa violencia? Y lo más importante: ¿por dónde empezar a contar? Son las preguntas que Vicente Alfonso se hace en A la orilla de la carretera (2021), su más reciente libro de crónicas publicado por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

El autor acude al índice de sus recuerdos y despliega imágenes, como si consultara mentalmente esa libreta de apuntes donde registró sus vivencias y trató de consignar sus propios asombros, dudas, perspectivas.

Así, la carretera se reconstruye como un río de asfalto que hiere el relieve guerrerense. Allí la familia del escritor se ve rebasada por un convoy de lujosos automóviles. Fue una especie de performance, después los vimos estacionados pasando el puente Mezcala. Es una imagen poco frecuente en cualquier lugar del mundo y más si estás consciente de que llegas a un estado con una inmensa diferencia de ingresos en todos los sentidos”.

El acontecimiento dictaba la bienvenida al segundo estado más desprovisto de México, el cual, según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), tiene una taza de pobreza del 66.5 por ciento. En contraparte, esa tierra también es líder continental y tercer lugar mundial en la producción de goma de opio.

Por eso su realidad va más allá de las estadísticas y el cronista no puede quedarse sólo con el paisaje. El viaje no ofrece un destino, el destino es la propia travesía. En los caminos desnudos de la sierra hay que saber escuchar. Vicente Alfonso lo aprendió a la mala después de leer a Montemayor, equivocarse en diversas ocasiones y vivir en carne propia los malentendidos de las montañas.

Escuchar, esa es la cuestión; abrir oído al coro de voces que exige registro de sus testimonios, como los de aquellas mujeres refugiadas en silencio. Contrastar las luces y sombras del lugar forja crónicas que no tienen destino fijo. Esa es una de las deudas que tengo: encontrar esas discusiones para las que me puedo prestar como un vehículo, para que ciertas voces sean escuchadas”.

Foto: Universidad Autónoma de Nuevo León

¿Qué cuestiones sobre Guerrero cargabas en tu equipaje y qué otras nacieron al llegar?

Éramos absolutamente novatos e ignorantes de qué era Chilpancingo. Yo había dado un taller en Acapulco, Iliana había ido de vacaciones varias veces, pero uno pasa y ya no ve más de lo que ve en la carretera. Afortunadamente, una persona que asistía a Iliana en cuestiones administrativas nos dio una especie de tour justo después de la experiencia del hotel. Necesitábamos saber dónde podíamos rentar una casa y cosas distintas. Por ejemplo, por lo menos en ese momento y supongo que ahora seguirá el problema, hay muchas colonias que no tienen agua potable. Tienen fosas sépticas y un sistema de tuberías sólo para la unidad de casas en donde llegas. Te das cuenta de que no está conectada ninguna red de agua potable, sino que acarrean pipas. Y no te estoy hablando de colonias de clase baja, sino de media, incluso media alta. Hay un grave problema de agua, uno llega y ve eso con mucha extrañeza. Después te das cuenta de que los hábitos colectivos se han organizado de manera diferente. Lo cuento en el libro: la misma recolección de basura es un problema. Uno pregunta a qué hora pasa la basura, qué as pasa... pasa el día que quiere, a la hora que puede. Hay una anécdota. Tienes que aprender a juntar tu basura y tenerla a la salida de tu casa. Cuando oyes que viene el carro, porque trae una grabación que justo grita “¡Basura, jefa!”, salía yo corriendo y actuando como si le estuviera haciendo la parada a un autobús. Entonces, un día andábamos en la calle, pasa un carrito y mi hija ya estaba aprendiendo a caminar. La nena sale corriendo y le hace al carrito: “¡Eh, eh, eh!. No entendía bien por qué, pero sabía que cuando oyera esa grabación había que salir corriendo con la mano arriba. Eso te da una idea de cómo te adaptas sobre la marcha.

Esta anécdota de tu hija es ejemplo de cómo ella aprendía la realidad guerrerense. En sintonía, ¿cómo empiezas a leer el sitio a partir de la frase que abre tu novela Huesos de San Lorenzo (2015): La realidad es una; sus lecturas, infinitas?

Esa es la pregunta del millón, porque no te das cuenta de cómo van operando esos pequeños cambios en ti. Ya visto en el espejo retrovisor, hay otro libro de Montemayor que me cimbró mucho porque justo creo que la experiencia es similar a la que tuve. Es un libro que se llama Encuentros en Oaxaca (1995), de los menos conocidos de Montemayor, pero a su vez uno de los más valiosos porque habla con absoluta franqueza de cómo llega a dar talleres a Oaxaca. Primero llega pensando que lleva el conocimiento y lo va a difundir en la sierra. De pronto, alguna conversación que tiene lo cimbra y se da cuenta: Si quiero conectar con el lugar, con la gente, tengo que entender la poesía, no como la entiendo yo, sino como la entienden ellos. Creo que llega y pregunta: “¿Quiénes son los poetas del pueblo?. Y le dicen: No, aquí no hay poetas. Se extraña y después lo invitan a una festividad, pero se da cuenta de que hay quienes componen canciones para las fiestas, quienes recuerdan las historias de los abuelos, etcétera. Dice: Todo eso son funciones de la poesía. Trovadores sí hay, cantores sí hay”. Algo parecido nos pasó a nosotros. Uno llega con ciertas herramientas usadas toda la vida y te das cuenta de que si no las cambias, no encajas. Como bien dices, en el caso de mi hija, ella llegó muy chica y de pronto no le costaba ningún trabajo, porque incluso estaba desarrollando sus primeras etapas del lenguaje, creció incorporando muchas cosas de ahí. Creo que, junto a muchos pequeños detalles, en realidad la gran experiencia viene de ahí, de entender que vivimos en un país y en un mundo absolutamente plural, donde las realidades son muy distintas según los contextos. Uno tiene que estar continuamente evaluando si lo que asume como realidad encaja en el nuevo contexto donde está.

Foto: Cortesía de Vicente Alfonso

En las crónicas vas de la realidad a los libros y luego generas conexiones. Hay menciones a obras de Gabriel García Márquez, Elena Poniatowska y, por supuesto, Carlos Montemayor. ¿Cómo generar estos lazos entre ficción y no ficción?

Yo vivo así. Eso uno no lo aprende como escritor, lo aprende como niño. Soy hijo de una mujer que fue juez durante muchos años. Me iba al juzgado con mi mamá cuando yo estaba de vacaciones. ¿Qué puede hacer un niño en un juzgado? Recuerdo que me sentaba en las escaleras. En el piso de abajo había una Librería de Cristal (creo que ahorita es una tienda de vestidos de novia). Iba, compraba libros para niños y me ponía a leer. A la otra semana me tocaba irme con mi papá, quien daba clases en una escuela rural. También compraba libros del desierto y veía sus ilustraciones. Por ejemplo, encontraba un frinosoma y luego lo buscaba en el desierto. O al revés, encontraba algo en el desierto y lo buscaba en los libros. Creo que así nació mi vocación de reportero y de escritor. Siempre procedo así. Hace 20 años hice un largo viaje por Sudamérica durante varios meses. Iba como músico, pero aproveché para reportear. Cuando fui a Machu Pichu, iba leyendo La casa verde, de Vargas Llosa. Siempre, siempre así. En Uruguay me leí seis o siete libros de Mario Benedetti. Mi forma favorita de dialogar con la realidad es decir: Alguien ya pasó por aquí antes, ¿qué me podría platicar?. Es como ir a echarte un café con un amigo y decirle: Oye, ¿qué me puedes platicar? Voy a entrar a tal carrera en la universidad, pásame tips. Pues uno puede acudir a esos maestros que son los libros y en ese sentido, sobre todo es ese gran diálogo que se estableció con la obra de Carlos Montemayor. Mi esposa fue su alumna en el Centro Mexicano de Escritores. Ella fue la primera que me dijo: lee Guerra en el paraíso. Después me tocó dar un taller en un centro cultural de Puebla. En el lugar tenían un ejemplar de Guerra en el paraíso y me lo regalaron. Lo empecé a leer con muchísimo interés. […] Es indescriptible lo que uno siente. Nosotros vivíamos en una montaña. Siempre me despierto de madrugada y me pongo a leer. Te pones a leer Guerra en el paraíso y luego sales por la mañana y ves las montañas cubiertas de niebla, las casitas, las últimas estrellas o las primeras luces, en un paisaje que es muy distinto al desierto donde creciste y dices: “¡Caray!”. Son cosas que dejan huella. Si uno se quedara sólo con el paisaje, creo que disfrutaría menos de la mitad de lo que disfruta uno dialogando con un libro que le lleve de la mano.

Hablando de Montemayor, tratas de acceder a él a partir de otras personas. Es una especie de filtro y a su vez él también es un filtro para acceder a Lucio Cabañas. ¿De qué manera el cronista puede trabajar este eco de voces?

Es curioso. Te digo, me despertaba en la madrugada y un amigo me preguntaba algunas cosas sobre Guerra en el paraíso. Me puse a rastrear en las notas que había tomado para seguir los pasos de Montemayor y me di cuenta de algo que parece obvio pero no lo es tanto: Montemayor trató de hacer una especie de Iliada de la sierra de Atoyac. Una de las herramientas importantes para los griegos, si uno lee a Sófocles o a Esquilo, es el coro. El coro está formado por una colectividad que nos va informando a veces. Si nos vamos a la etimología, informar es formar por dentro (eso nos decía Saúl Rosales cuando nos daba clase). Uno entiende que el mismo Montemayor fue escuchando este gran coro de voces. En una tragedia griega hay un personaje tratando de entender algo y si no escucha a los demás, está más perdido de lo que ya está. Por eso, la manera como menos vendería este libro sería diciendo: Yo soy un experto en Guerrero, léanme para entender todo, porque en realidad, como dices, me la paso preguntando, es mi función dentro del libro. Yo no digo: Yo estoy seguro de esto.

Foto: Cortesía de Vicente Alfonso

Me la paso yendo con gente que tiene las noticias de primera o de segunda mano, pero no hay otra manera de acceder a eso. De pronto esto genera malentendidos. Si uno se queda con su propia realidad, está perdido. Uno de los momentos de toda la investigación donde me sentí más tonto, fue cuando estaba en la población de El Paraíso. Estaba platicando con alguien y le dije: “¿Sabes qué? La descripción que haces de cómo llegaron los soldados a El Quemado, se parece muchísimo a la que hace Montemayor en la novela. ¿No me estarás echando el choro de que recuerdas eso, pero en realidad me estás diciendo lo que dice Montemayor?. Por la pura cara que me hizo esta persona me di cuenta de que era una reverenda estupidez lo que yo estaba diciendo. Me dijo: Mira, de esa vez que vinieron los soldados y nos tuvieron tres días parados en la cancha de basquetbol, amarrados, luego nos torturaron y se llevaron a muchos, quedaron 19 niños huérfanos. ¿Cómo se nos va a olvidar?. Entonces me dije a mí mismo: Claro, güey, no estás reconstruyendo una novela. Eso efectivamente pasó”.

En A la orilla de la carretera también aparecen caminos desnudos, de terracería, que incursionan en la sierra hacia localidades rurales. La desnudez implica sensibilidad, en este caso social. ¿Cómo la aborda el cronista?

Justo por eso el libro se llama A la orilla de la carretera y no en la carretera. Desde la introducción digo que me interesaba contar todo lo que pasa fuera de esa vía rápida. Desgraciadamente uno va en la carretera y cree que ve el paisaje, pero pasamos tan rápido que no vemos muchas cosas. Ahora en diciembre fui a Torreón, hace seis o siete años que no iba por carretera. Me fui con mi hija y con mi esposa y de pronto hacíamos alguna parada en el campo. Y te das cuenta de que si uno no se baja del coche, se pierde de mucho. Para responder directamente lo que preguntabas: mi intención era justo esa, lo que está pasando, las historias que hay, son las que están al borde, a la orilla, las que son marginales. No las grandes historias de carretera, porque todo mundo pasa por ahí. Mira, la primera vez que recuerdo haber tenido conciencia de Chilpancingo fue cuando fui a dar un taller a Acapulco (debió de ser como en 2015). Me fui en camión, desperté a la mitad del camino y vi casas. Dije: ¡Qué lugar tan raro! ¿Quién vivirá ahí?. De ese juicio tan somero, tan pobre, quizá es el karma del cronista: “¡Ah! ¿Quieres saber quién vive aquí? Pues ahí te vas a pasar dos años averiguando quién vive. Y curiosamente, en ese viaje por la sierra de Atoyac, llega un punto donde en Puerto del Gallo, en un retén civil, de la gente que controla esos territorios, nos dicen: “¿Quieren seguir?”. Íbamos a un lugar que se llama el cerro de Teotepec. “¿Hace cuatro años que no pasan civiles por este camino, pero si quieren pasar, pásenle”. Mi guía llevaba guía. Tuve la suerte de que nos invitaran a esos territorios con alguien que se mueve perfectamente ahí, porque tiene derecho de paso en esos lugares. Pasamos y era increíble ver vacas echadas en los caminos, como dices, totalmente desnudos, de tierra, cubiertos por plantas. Llegó un momento en que la camioneta en que íbamos no pudo seguir, nos tuvimos que bajar. Entonces seguimos a pie, llegamos a una mina, nos metimos, pero uno se da cuenta de que en realidad el camino no se acaba; el viaje es el camino, no teníamos un destino fijo. Creo que a veces pasa eso con las crónicas. El libro es una exploración, no prometo ningún destino.

El libro explora lo que ocurre más allá de los caminos principales del estado de Guerrero. Foto: Behance / Reno Nogaj

Ante la confusión en un relieve tan hostil, ¿qué papel juega la esperanza en tu libro?

Es un papel importante. Es una buena pregunta porque uno quiere creer también. En esta crónica justo quería eso, transmitir este estado de incertidumbre. Creo que lo que más desgasta es eso. Yo nunca he sido corresponsal de guerra, pero he leído libros de quienes lo han sido y en alguno decía que lo que desgasta es la espera. Los enfrentamientos suceden rápido pero desgasta la espera. Creo que ahí, en lugares que están marcados por cierta violencia, ocurre más o menos lo mismo. Y Torreón lo vivió hace una década. Si te avisaran: No te preocupes. Ya va a empezar la balacera de las tres, pues bueno, ya tienes una certeza para moverte, pero el asunto es que no la tienes. El peligro no avisa, los riesgos tampoco; son de naturaleza distinta. La única manera de generar antídotos contra ese estrés constante es empezar a fijarte también en cosas muy bonitas. Una de las cosas muy bonitas que había en Chilpancingo era un zoológico. La jirafa del zoológico, de tanto que íbamos a visitarla, ya reconocía a mi hija. Se acercaba a saludarla en cuanto la veía los sábados en la mañana. Eso es esperanza, que por cada cosa que pueda representar un riesgo, un problema o una violación de las leyes, tienes que buscar cosas bonitas. Y creo que nos ha pasado en la pandemia, lo hemos visto. De pronto estoy en contra de quienes conciben esto como la suspensión de la vida. Nuestras vidas no están en pausa, siguen ocurriendo. Nuestros hijos aprenden a leer. Estamos cumpliendo años, teniendo proyectos, realizando conversaciones. Nada más hemos tenido que modificar la vida, pero no es que la vida esté en pausa. Creo que ocurre lo mismo y lo vivieron quienes estaban en Torreón en 2008, y lo vivimos quienes estábamos en Chilpancingo hace tres o cuatro años. Tienes que buscar, tampoco es que vivas en el horror constante, porque no hay quien lo aguante.

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