El día que me exorcizaron
Nuestro mundo

El día que me exorcizaron

Nuestro Mundo

Quería escribir una historia. Pero este acto, esta práctica, escribir, me provoca tensión. Es incómodo. Además resulta un fastidio. Es algo exasperante. Decidí entonces hacerlo en pausas. De a poco. ¿Qué es lo que me molesta? Recordar, quizá. En la remembranza sólo encuentro desventura. Mira las palabras. Deprimen. Son corrosivas. Apenas logro escribir un par de renglones y se ha engendrado en mí una obsesión. Parar. ¿Para qué escribir? Peor, ¿pará qué exhibirme? El aparador se muestra como uno de los males de nuestro tiempo. Publicar no es un antídoto, sino el veneno. Heme aquí. Intoxicado.

Hace años compré un caset y cuando lo escuché supe que la música sería mi NEXIVM. Un culto que se alimenta de mis oídos. ¿Qué causa más daño: la melomanía o el fanatismo religioso? Pues yo soy un hombre apasionado. Igual que Padre. Ambos padecimos esa enfermedad antes de reconciliarnos. Él era un ferviente seguidor de la moral católica. Y a mí me gustaba escuchar a Depeche Mode. Mi fanatismo estaba en el nivel tres de cinco. Siempre he sido víctima de las armonías. Un molusco enlamado de ritmo. ¿Y el asunto? Allá voy.

Madre y Padre pertenecían a una comunidad católica denominada Movimiento Familiar Cristiano, alias MFC (yo los apodaba Macabras Familias en Comunidad). Y yo recién había comenzado la secundaria. Mi pubertad estaba pendiente del disparo de salida. Me urgía vivir. El asunto es que ellos estaban cegados por su religiosidad. Seguían los preceptos católicos con apego. Y sus compañeros de grupo eran peores. Hubo una pareja que causaría un impacto en sus vidas. Parecían hongos. Como esa infección en pies y uñas. Pie de creyente. Muy molestos y exagerados. Eran un problema. Ese matrimonio eran Comadre y Compadre. Ambos iguales. Uno para el otro. Tenían dos hijas y dos hijos. Uno de ellos, Leobardo, se convirtió en mi compañero de fechorías. En algún momento supo de mi fervor por la banda inglesa Depeche Mode. Yo había comprado un casete. Black Celebration. Una bella obsidiana. Oscura y brillosa. Ese material hizo estragos en el cerebro adoctrinado de Leobardo. Me exhibió ante sus familiares como quien acusa a un satánico. Esperé a mis inquisidores con miedo.

Estamos aquí reunidos para celebrar el día del Señor, anunció Compadre. Era domingo. Detestaba ese día. Pues nos enteramos de algo tremendo e impactante que ha causado un dolor profundo en mis Compadritos aquí presentes. Y sin duda en nuestra familia también, prosiguió. Entonces era yo el culpable. Y mi amor por la música de Depeche Mode era mi lado siniestro. Yo sé que, para derrotar al demonio, hay que confrontarlo en familia y acompañados de nuestro Padre. Para eso tendremos que orar, anunciaba Compadre. Chamaquito, haznos favor de traer aquí ese casete que compraste. Me sentí fatal, como un chanchito condenado a las brasas. Esa música es infernal, espetó Padre. Respondí que no incrédulo. Están locos, están enfermos de fanatismo. Qué ignorantes pinches mochos. Entonces Madre me tomó de la mano. Chamaquito Fulanito, dijo angustiada, por favor, hazle caso a tu papá. Les di la espalda y le pinté dedo a Leobardo. Eres un culero mentiroso, susurré. Se quedó impávido. Con cara de imbécil.

Esa noche rezaron. Reunieron a ambas familias. Partieron pan y bebieron vino como una representación litúrgica. Lanzaron alabanzas a su dios. Cantaron. Chinguen a su madre, pinche locos, pensaba yo. La rabia hervía en mi sangre. Era un caldero donde permanecían Compadre y Comadre sumergidos. Les di el caset. Qué horror, Comadre. Black Celebration significa celebración negra. Compadre tomó la cinta. La jaló. Me dijo: no tienes vergüenza, cómo le haces esto a mis compadritos. Sentí coraje. Para liberar a Chamaquito, tenemos que derrotar al maligno y rezar como nuestro Padre Santo nos enseñó. No puedo, sentencié. No hay nada de malo en escuchar esta música. Es un grupo de música electrónica, alegué. Nada fue suficiente. Al final lograron acusarme. Lista la hoguera para mi exorcismo, me abandoné al señorito de las tinieblas. Compadre quemó la cinta. Ardió como alma en leña verde. Y, por último, le roció agua que bendijo minutos atrás. Permanecí en silencio. Han pasado casi treinta años de aquella noche. De vez en cuando recuerdo ese evento. Desde entonces Black Celebration es uno de mis álbumes favoritos. Depeche Mode es mi pastor, música nunca me faltará.

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